
Stefano Zanini dirige al Silence-Lotto tras 17 años como profesional sobre la bicicleta.
a veces, el subconsciente traiciona a Stefano Zanini (Varese, 1969). Se siente ciclista. "Muchas veces estoy dando explicaciones a los corredores antes de una etapa y de repente, me doy cuenta de que estoy hablando como si yo fuese ciclista, como si tuviese que dar pedales. Entonces, me digo que no, que los que van en bici son ellos y yo les sigo en la machina (el coche)". Le cuesta asimilarlo. Le delatan sus palabras. Las escupe con dificultad, a trompicones. Brotan como los ciclistas en una crono. Una a una. Y en medio, nada. Un silencio que envuelve de gestos. Mímica. Ahora, ha extendido las palmas de sus manos y las mueve de arriba abajo. Simula una balanza. "Me siento mitad ciclista y mitad director. Al 50%", explica el varesino, un armario empotrado. Mandíbula y nariz de boxeador. Manos de pelotari. De manista. Una roca moldeada en la escuela del ciclismo. 17 años de profesional. Una vida. En diciembre de 2007 le puso fin para pasar a ser director del Silence-Lotto, el equipo del que colgó su último dorsal profesional y con el que ahora disputa la Vuelta al País Vasco. En la machina , claro.
Soñó siempre el italiano con una carrera deportiva digna, de la que se pudiera sentir orgulloso. Edificó su anhelo sobre dos pilares: esfuerzo y dedicación. Y alimentó éstos con un capricho: la París-Roubaix, la clásica de las clásicas. Para ello, para llegar bien al infierno del norte, el italiano tenía que pasar, inexorablemente, por la Vuelta al País Vasco. "Era la mejor carrera para preparar Roubaix. Prefería estar aquí que en Bélgica, en la Gante-Wevelgem", explica el italiano en la improvisada tertulia montada en el porche del hotel Artea-Errota de Zamudio. Sobre una mesa de metal esparce sus recuerdos. Retales de una vida. 17 años. Suelta una carcajada y luego medita en alto. "17 años de profesional… Son tantos años… Creo que he tenido mucha fortuna de haber podido ser durante tanto tiempo ciclista". Otro silencio. Su gesto simula al de El Pensador de Roden. Busca algo. Una palabra, un adjetivo que defina su pasado. La encuentra al poco. "Constancia", dice. "Siempre he tenido claro que el trabajo, la seriedad, es lo que ha aportado la diferencia a mis resultados, a mis victorias", explica el corredor que disputó cinco Vueltas al País Vasco y ganó otras tantas etapas. Efectividad. 100%. Tres de ellas en Gasteiz, donde la carrera descansó ayer. "Es una meta bonita para mí. Lo recuerdo con cariño porque, además, siempre ha sido una etapa importante en la Vuelta". En la capital alavesa, Zanini se cargaba de moral. Victorias redentoras. Al día siguiente nunca tomaba la salida. Tomaba un vuelo para París, donde soñaba con un velódromo y una piedra que le esperaban a 260 kilómetros, en Roubaix. Nunca ganó aquella carrera. Sólo pudo ser cuarto en 1996 y quinto en 2000, aunque sí ganó, entre otras, la Amstel.
Una decisión difícil Una decisión difícil "¿Cuándo dije basta? Fue complicado", trata de explicar Zanini cómo tomó la decisión de colgar los pedales. Simula otra vez la balanza. Pros y contras. "El ciclismo era mi vida y eso me frenaba a la hora de decidirme, pero, por otro lado, tenía claro que quería dejarlo con la sensación de ser todavía un buen corredor. Me aterraba la idea de seguir un año más arrastrado, sufriendo". Empate. La balanza en medio, equilibrada. Hasta que llegó la propuesta de su equipo, del Silence-Lotto. Querían que fuese director deportivo. La balanza se desequilibró. "Fue lo que me empujó, lo que me ayudó a tomar la decisión definitiva. Para mí es muy importante esta oportunidad porque significa que han valorado mi trabajo en la escuadra, no sólo mis resultados, sino mi actitud, mi persona, mi forma de trabajar, mi experiencia… Es gratificante. Sólo espero que todo salga bien, que esta etapa como director deportivo sea positiva", significa con un tono serio que se evapora cuando sobre la mesa se posa una cuestión: la familia. Ríe. "¿Que cómo se lo toma mi mujer? En eso también he sido afortunado. Estoy tranquilo porque ella lo entiende, sabe que ésta es mi pasión, mi trabajo. Que siga vinculado al ciclismo no quiere decir que no valore a mi familia, que no la aprecie. Mira, la familia es uno de los pilares del ciclista. Es importante tener un hogar, una mujer y unos hijos que te aporten tranquilidad después de pasar tanto tiempo fuera de casa, con la maleta a cuestas. Para rendir al cien por cien, la vida de un ciclista tiene que ser equilibrada", sostiene. Filosofía. Su credo. Predica con el ejemplo. Zanini tiene dos hijos, Luca, de 14 años, y Marco, de 9. Ambos andan en bici, claro. Pero el mayor practica también el baloncesto. "Es bueno, muy bueno", advierte el italiano.
sólo sobre la bicicleta Los ciclistas son claustrofóbicos. Les da pánico estar encerrados. Zanini ni siquiera se planteó trabajar en otra cosa, montar un negocio. "Ni lo pensé. Sólo concibo la vida con el ciclismo, no pienso en otra cosa. No sé si eso es bueno o malo, pero es así", dice. Luego, trata de explicar las diferencias entre ser ciclista y director. "Es otro punto de vista dentro del mismo mundo, otra función". No le convence la explicación. Ahora no llena el vacío que gestos. "Es muy diferente. El ciclista está… Molto coccolato", dispara finalmente tirando de italiano y aparcando un castellano ramplón, torpe, a la vez que cruza las manos y simula que mece a un bebé. Los ciclistas están mimados, viene a decir. "Yo ya no estoy coccolato. Es normal. La vida es así, pero estoy contento con lo que hago. Todo es nuevo ahora. Tengo mucho que aprender". Entre otras cosas, a comunicarse. El idioma es un límite para Zanini. Sólo habla italiano y francés. Le falta el inglés. La lengua que impera ahora en el Silence-Lotto. Un australiano es su líder. Cadel Evans. El gran favorito para ganar el Tour. Un giro, 180º, en los objetivos del equipo, antes, un referente en las clásicas. "Seguimos teniendo a gente como Leif Hoste, Van Aevermaet o McEwen, pero está claro que nuestra apuesta es el Tour. Es lógico después de que Evans fuese segundo el año pasado", explica. Para eso han fichado a Popovych. Un lebrel de piernas poderosas para el australiano. "Popo será clave en el organigrama del Tour, pero no será el único. Funcionamos como un equipo, como un bloque. Sólo así pueden llegar los resultados". Son las palabras de un maestro. De un ciclista.
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