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Velits, un sueño en la frontera

El campeón del mundo sub'23 en Stuttgart es quinto en la general de la Vuelta al País Vasco en su primera temporada en el Pro Tour con el maillot del Milram, equipo en el que milita también su hermano gemelo, Martin

Peter Velits posa antes de la salida de la segunda etapa de la Vuelta al País Vasco, en Legazpi. Foto: zigor alkorta

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vlatislav Velits había soñado siempre con ser ciclista profesional. A sus oídos llegaban, como pequeñas píldoras, como imágenes difuminadas, pequeñas historias teñidas de épica que hablaban de un tal Eddy Merckx, de sus duelos con Ocaña en el Tour. Eran los años 70. Camino de los 80. Pero los sueños de Velits chocaban contra un muro. Un telón. De acero. El mismo que había llenado de alambradas la frontera con el fin de que el comunismo viviese en una burbuja. Sin contagios. Sin fugas.

Velits se tuvo que conformar, la base sobre la que se cimienta el comunismo, con ser profesional en el límite que marcaba el alambre de espino. En ese pasillo. Fronterizo. Corrió en casa, pruebas nacionales. Nada más. Se retiró sin cruzar esa frontera. Límite de un sueño. Se adaptó. Lo dio otra forma y transformó esa espina clavada, esa pasión frustrada, en una profesión.

Se recluyó en su ciudad natal, Puchov, un enclave industrial a pie de los Cárpatos. Desde la ventana de su taller de bicicletas Vlatislav vio palidecer el comunismo. Y extinguirse al tiempo que caía el telón de acero tras la pacífica Revolución de Terciopelo de 1989. También brindó por la independencia de Eslovaquia en enero de 1993.

Para entonces, Peter y Martin (Puchov, 1985), sus dos hijos gemelos, rondaban ya los ocho años. El taller de su padre era para ellos un parque de atracciones. "Mi hermano y yo somos ciclistas porque en mi familia había mucha tradición. Lo mamamos desde niños", explica Peter Velits, campeón mundial sub'23 en Stuttgart y profesional con el Milram, donde milita también su gemelo. Una proyección del sueño de Vlatislav.

en todas las escapadas Peter y Martin comenzaron a practicar el ciclismo con catorce años. "Nos empujaron a ello nuestro padre y nuestro tío, Tibor, que también había sido ciclista aunque sin llegar muy lejos. Sólo así se entiende que seamos ciclistas, porque el ciclismo no es un deporte muy conocido en mi país. Allí lo más importante es el fútbol y el hockey sobre hielo", rememora Peter.

Su boca pinta ya una sonrisa por la que se descuelga, en un perfecto inglés, su pasado. "Salíamos a entrenar con ellos y eran como nuestros preparadores", apunta divertido. Vlatislav y Tibor guiaron a los gemelos en las categorías inferiores, en cadetes, juveniles y el primer año de aficionados, que ambos cubrieron en el Dukla Trencin Team eslovaco. Fue entonces cuando les conoció Barry Austin. Le llamó la atención un imposible. El apellido Velits retumbando en radio vuelta en todas y cada una de las escapadas durante las pruebas que fue a ver. No puede ser, se decía Austin maravillado de las cualidades del desconocido Velits. "Estaba impresionado con aquello, hasta que me di cuenta de que en realidad había dos Velits".

Le dio igual. Se había prendado de ese apellido y se llevó a los gemelos al Konica Minolta sudafricano con el que Peter ganó, entre otras cosas, una etapa del Giro del Capo y la Vuelta a Navarra. "Nuestra experiencia en Sudáfrica fue muy buena, aunque empezamos con dudas, ya que no sabíamos lo que podíamos esperar. Mucha gente nos decía que estábamos locos por marcharnos a correr allí, pero ahora se ha visto que la apuesta fue acertada", explica el corredor. Arriesgar fue clave. "Si no lo hubiésemos hecho, no habríamos fichado por el Wiessenhof ni estaríamos ahora en el Milram", apostilla.

Un sueño: el cauberg Peter es campeón del mundo, sub'23, pero su maillot no lo refleja. El arco iris no abraza sus bíceps, aunque lo tiene tatuado en sus piernas. "No llevo el arco iris de campeón del mundo en las mangas del maillot porque sólo soy campeón sub'23. Por ejemplo, Gerald Ciolek, que ganó el título un año antes que yo, tampoco lo llevaba, por lo que en el equipo decidimos que en mi caso tampoco era necesario lucirlo. No es que no quiera llevarlo o que no me apetezca, sino que los últimos campeones de mi categoría tampoco lo han hecho, por lo que sería algo estúpido que yo lo llevara. ¿Astarloa? Él sí, el sí es un auténtico campeón del mundo". Pero su arco iris es real. Lo cazó en Stuttgart. Al vuelo. En un sprint que culminaba un trabajo espartano. De orfebre. "Me gusta entrenarme duro porque disfruto sobre la bicicleta. Sobre ella me siento libre". Antes del Mundial, Peter y Martin abandonaron su residencia habitual en Bélgica, en Tongeren, y viajaron al Cauberg, el muro que alberga la meta de la Amstel Gold Race, con Thomas Schedewie, entrenador también de Andreas Klöden. "Nos dijeron que era un sitio idóneo para preparar el Mundial, que era muy parecido al repecho final". Acertaron.

En octubre, Peter se convertía en el primer campeón del mundo que daba el ciclismo eslovaco (antes, sólo Milan Dvorscik se había acercado con una plata en la prueba aficionada del Mundial de Sicilia, en 1994). "Para mí es un auténtico honor". La hazaña tuvo eco en Eslovaquia, donde se difundió a bombo y platillo. "Los periódicos y las televisiones se hicieron eco de la noticia y mucha gente me felicitó. ¿Si ahora soy famoso allí? No, sólo un poquito más que antes", dice. El arco iris le abrió las puertas del Pro Tour. A él y a su hermano. Antes del Mundial manejaba alguna oferta, pero decidió esperar. "No quería separarme de Martin. Un gemelo siempre es algo especial. Nos llevamos muy bien y nos conocemos profundamente. Por ejemplo, yendo en el pelotón yo sé perfectamente las sensaciones que tiene, si va bien, si está pasando apuros... Nos entendemos muy bien sobre la bicicleta y también cuando no estamos montados en ella. ¿Si estuvo él celoso de mi victoria en el Mundial? ¡Qué va! Me ayudó muchísimo. En la última vuelta había un grupo escapado y él tiró a muerte en mi favor para darle caza", explica.

Su voz se apaga. Luego, reflexiona. Vuelve a sonreír. Frase lapidaria: "Antes de las carreras siempre tenemos un objetivo: que el primero en la clasificación sea un Velits". El sueño de Vlatislav. Peter tiene uno, terrenal: ganar la Amstel Gold Race, en el Cauberg.

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LAS FRASES
"Me gusta entrenar, disfruto sobre la bicicleta porque sobre ella me siento libre"
"Antes de las carreras Martin y yo siempre tenemos un objetivo: que gane un Velits"
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