
Alberto Contador realiza un expresivo gesto tras ganar en Legazpi por delante de Ezequiel Mosquera y con ocho segundos sobre el pelotón, que aparece al fondo.Foto: Javier Etxezarreta/efe
Legazpi. Legazpi es tierra de hierro. De forjas y ferrones. De hombres del hierro. O de hierro, como Alberto Contador, primer líder de la Vuelta al País Vasco. El madrileño maniobró con maestría en la ferrería de la primera etapa, en la que los hornos de Deskarga fundieron las opciones de hombres como Luis León Sánchez, Schumacher, Popovych, Efimkin, Barredo o Garate. El resto de aspirantes a la general estuvo delante, pero su hornada llegó 8 segundos más tarde que la del último vencedor del Tour de Francia.
Durante los 137 kilómetros de trayecto por el valle del hierro, Astana se dedicó a alimentar de carbón la fundición. Se trataba de mantener vivo el ritmo de la carrera, las llamas en las que calentar a los rivales antes de ser sometidos al yunque de Contador. En esa labor también recibieron la colaboración del Silence-Lotto de Cadel Evans y del Lampre de Damiano Cunego, pero las últimas paladas de mineral las vertieron al horno Rubiera, Noval, Paulinho y Navarro, éste ya en Deskarga.
Para entonces, había caído ya la escapada de una jornada que nació en Legazpi soleada, aunque fresca -16 grados-, y finalizó con tan sólo 6 grados de temperatura y tras varios chaparrones por el camino. Mientras los equipos se presentaban en medio de una muchedumbre, se anunciaba una fuga de un hombre de Euskaltel-Euskadi y otro del Karpin-Galicia, que justificó su invitación.
El naranja fue Egoi Martínez, y el gallego , el donostiarra Iban Mayoz. Primero arrancó el navarro, cuando tan sólo se llevaban recorridos 11 kilómetros, y luego lo hizo el guipuzcoano junto con Mickael Buffaz, quien se descolgó en el primer paso por Deskarga.
En este alto descabalgó también Juanma Garate, a quien una bronquitis y un punto de alergia le desencajó del molde de los hombres fuertes: "Iba ahogado, sin poder respirar ni sufrir". Su compañero Carlos Barredo no lo pasó mucho mejor, y acusó la paliza de la víspera en la Vuelta a Flandes, en la que terminó en el grupo de Ballan (4º).
A Astana no le preocupaba el intento de Egoi Martínez e Iban Mayoz, pero su martilleo constante fue dando forma al hierro con el que Contador marcó un amarillo que más de uno piensa que no cambiará de espaldas hasta Orio. Falta una eternidad, muchas horas a pie de horno, y los ferrones de Johan Bruyneel deberán emplearse a destajo.
Según reza la historia, Legazpi fue también cuna de gentiles , denominación que recibían los primeros pobladores del valle que no eran cristianos. Contador, en cambio, es creyente en sí mismo. "Siempre que me he caído, he tratado de levantarme y golpear más fuerte". Así lo hizo cuando en 2004, se le detectó un cavernoma en el cerebro, del que como único recuerdo guarda una gran cicatriz en su cráneo.
Al de Pinto apenas le hizo falta mucho hierro para forjar una celda en la que condenó a sus rivales en Deskarga. Apenas necesitó de un par de alambres, los que forman sus piernas, para demarrar en busca de un Ezequiel Mosquera que había arrancado a dos kilómetros largos de la cima, en busca de un halo de gloria para el Karpin-Galicia.
El madrileño enlazó con el gallego en la misma cresta, con apenas diez segundos sobre el grupo perseguidor, que encabezó Cunego. Contador iba desbocado, y soltó a Mosquera en un pequeño repecho, apenas un badén, a dos kilómetros de Legazpi. El hueco entonces rozaba los 20 segundos, que en la meta fueron 8 sobre el grupo de los fuertes, que lideró Herrero.
Con todo lo que falta por delante, ocho segundos no pueden ser considerados decisivos, por mucho que su beneficiario se llame Contador. Cerca suyo están Cunego, Rebellin, Herrero, Riccò, Gesink, Evans, Vila, Dekker, Anton, Astarloza, Purito , Marchante o Velits -un nombre para el futuro-. La carrera no está noqueada, pero el de Pinto sometió a sus rivales a una cuenta de protección que llegó a ese puñado de tiempo que en el País Vasco es media vida.
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