
Mertxe Matxinbarrena posa a la puerta de su consulta.Foto: gorka estrada
donostia.¿Cuál es la función de una educadora de la Diabetes?
Desde coger de la mano a los enfermos y darles la primera palmadita después del diagnóstico, hasta enseñarles a seguir un tratamiento y no ser dependientes, sino autosuficientes. Me viene un paciente que debuta y se va de aquí con el teléfono de la consulta y con mi móvil, porque eso les da seguridad.
¿Cómo reacciona la gente cuando se le diagnostica esta insuficiencia?
Es bastante shock . Tiene mucho que ver con cómo es cada uno o con la edad de debut del diabético, porque a la gente joven se le cae el mundo encima. Luego ya van cogiéndole el ritmo, puesto que un diabético puede hacer una vida perfectamente normal, aunque cuidándose. El otro día vino una chica joven y aquí la tuvimos, llorando. Normal, déjale que llore, es su derecho. Hoy la he llamado y está mucho mejor, pero es una situación que requiere tiempo.
¿Cómo les ayuda usted?
Mi trabajo, más que nada, es estar ahí. Primero, a la demanda del problema puntual. Luego, ya les vas enseñando cómo es el tratamiento y les acompañas en el proceso, les controlas la insulina y les apoyas.
¿Los pacientes se adaptan bien al tratamiento?
Aquí vienen pacientes que ya están diagnosticados y que están malcriados o mal aprendidos, como digo yo. Vivimos en una sociedad en la que parece que todo se cura y, por eso, muchas veces el diabético viene a que lo curen. Además, como la diabetes no duele... No duele pero hace año. La educadora está para enseñarle que el 50% del tratamiento depende de él y para descontaminar ideas falsas, como que no importa que no hagan nada, que con comer productos para diabéticos todo está solucionado... El tratamiento es mucho más.
¿En qué consiste?
La base está en una alimentación equilibrada, el ejercicio y la medicación -pastillas, insulina o ambas-. Pero todo eso hay que hacerlo sobre la base de la educación, porque si no, no hay nada que hacer. Hay que explicarle a la persona qué es lo que tiene y por qué tiene que hacer ese tratamiento que, sobre todo, implica cambios de costumbres y del tipo de vida. Eso no se consigue de la noche a la mañana, das dos pasitos para adelante y uno para atrás.
¿Los debutantes tienen los mismos problemas?
Para los debutantes, el miedo a lo desconocido es brutal. Cuando a alguien le dicen que tiene diabetes, lo primero que piensa es que va a tener que pincharse. Y se pregunta, ¿voy a poder salir, voy a poder comer, voy a poder trabajar normal...? Todo se puede, lo que pasa es que hay que aprender a seguir el tratamiento. Una vez que la enfermedad está compensada, el diabético no tiene casi nada prohibido, lo que pasa es que tiene que controlarse.
¿Lo más duro es aprender a pincharse?
El problema es que la insulina tiene la misma mala fama que antes, pero ahora es muy diferente. Las jeringas de cristal había que herbirlas y las agujas enormes entraban tipo torero. Ahora, la insulina se suministra en unos bolígrafos con agujas pequeñas que se pueden llevar en el bolso.
¿Cómo se lo toman los niños?
El papel más importante en el caso de los niños es el de los padres, también como educadores. A veces, el propio niño es el que mejor reacciona. Sí, se da cuenta de que es diferente a los otros, le puede costar más pincharse, pero aprende a vivir con ello. Para los padres, en cambio, es un palo enorme.
¿Qué es lo que más le cuesta a una persona con esta enfermedad?
Ajustar el tratamiento a su vida diaria es lo que más les cuesta. Tienes que explicarle cómo hay que hacer la dieta y hasta los pecaditos que puede cometer. A veces tienes que decirles, "mira, a mí no me importa que te pases una parada de autobús, porque tienes opción de bajarte en la siguiente y volver para atrás andando, pero como te pases un montón de pueblos, el regreso va a ser mucho más complicado". La labor de una educadora es estar ahí para, cuando se han pasado, simplemente volver a estar con ellos, animarles, poner otros objetivos, otras ideas...
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