
Una de las aulas del segundo piso habilitada como vivienda.
¿Puedo hacer un retrato de tu casa?", pregunta el fotógrafo. "No entiendo por qué. No, no estoy interesado", responde desconfiado Ovidio, bajo una visera que esconde su mirada perdida. El viejo instituto de Martutene, esa inmensa mole de cemento y desperdicios, ha vuelto a ser ocupado por una treintena de rumanos desde hace dos semanas. El Gobierno Vasco tiene previsto dar a conocer en breve qué uso contempla para el viejo edificio. El desalojo vendrá después, pero Ovidio, de vida errante, único guardián ayer de este apartado mundo marginal, parece ajeno a todo lo que pueda deparar el futuro.
Su mujer a esa hora mendigaba en Donostia. El joven, que tiene tres hijos, de 6, 4 y 2 años, insiste en no aceptar dinero alguno por dejarse fotografiar, como si se sintiera incómodo en el epicentro de un mundo sórdido. "No he venido a robar, ni a andar entre basura. Yo sólo quiero trabajar, pero me resulta imposible porque ni siquiera tengo el padrón", acierta a decir en un renqueante castellano.
El chico mantiene contacto con Cáritas y una mediadora del Ayuntamiento de Donostia. "No todos andamos por ahí, como se dice, sin buscar ayuda en las asociaciones", agrega con un destello de ira en su mirada que se apaga poco después.
Qué duda cabe. Ovidio conserva su dignidad, una disposición de ánimo fácilmente quebrantable si se echa un vistazo a buena parte de los habitáculos que circundan su morada. Su habitación está ubicada en la segunda planta del instituto, a la que se accede dejando atrás un sinfín de inmundicias. Sus compatriotas han marchado al Boulevard donostiarra, a aprovechar la soleada mañana, que parece un regalo caído del cielo para unos cuerpos que son duros pero también tienen sus costurones y acaban maltrechos por el azote de las bajas temperaturas. "Sí, pasamos frío", sonríe tímidamente mientras señala una vieja caldera inservible en medio de una habitación de techo demasiado alto como para llegar a entrar en calor.
la zona más aseada
Entre hedor y desperdicios
Las familias que llegaron hace dos semanas se han asentado en el ala este del inmueble, próxima al apeadero del tren que tanto utilizan para acercarse a Donostia con el carro en la mano y sacar unos euros de la venta de chatarra. Cerca de este lugar hay también una toma de agua que, al menos, permite lavar la ropa. Ayer también había tallas de niño colgadas de unas cuerdas, además de algún que otro triciclo. "Sí, aquí habrá unos cinco o seis pequeños, aunque con el resto de las familias no mantenemos mucha relación", confiesa Ovidio.
Aunque quizá sea mucho decir, vive en la zona más aseada del edificio, lejos de la porquería acumulada en las habitaciones de la entrada principal del instituto, donde el hedor de un sinfín de excrementos y orina resulta insoportable.
Cuando se produjo la primera ocupación del inmueble, el año pasado, muchos rumanos jóvenes construyeron sus habitaciones justo en ese mismo lugar, convertido ahora en ciénaga. Eran tres habitáculos por gela , espacios más o menos adecentados, convertidos ahora, meses después, en pequeños vertederos donde se agolpa la ropa sucia, restos de patatas fritas, vidrios rotos, ketchup y hasta una carátula de la película en VHS de El Graduado , con un jovencísimo Dustin Hoffman que parece sorprendido entre tanta porquería.
El responsable de Inserción Social del Ayuntamiento de Donostia, Iñigo Estomba, reconocía esta semana que el nuevo asentamiento de rumanos jamás se debería haber producido, que era fruto de "un error administrativo" en el que se incluía. El Departamento de Educación también viene a entonar el mea culpa , por el tedioso proceso administrativo que ha precedido la toma de soluciones.
A Ovidio le inquieren qué hará cuando salga de Martutene, y no tiene respuesta. "Ya veremos", responde esquivo, incómodo por tanta pregunta para la que no tiene respuesta. En la planta inferior hay cinco habitaciones con el candado echado. Por el quicio de la puerta se ve una cama recién hecha con una muñeca sentada, como si esperara a alguien.
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