
Tribuna Abierta
el 22 de junio del año 2006 se aprobó en las Juntas Generales de Gipuzkoa por parte de sus representantes la voluntad de que la nueva sede de las mismas, que ahora ocupamos en Miramón, tuviera en un lugar de honor colocada una intervención artística en memoria de las víctimas del terrorismo y la violencia, mostrando así su deseo inequívoco de que la sede nueva de esta institución parlamentaria naciera con memoria. Es por ello que podría empezar definiendo el objetivo del monumento a las víctimas del terrorismo y la violencia que el Parlamento Foral de Gipuzkoa va a colocar esta semana así: perpetuar la memoria y la dignidad de las víctimas pero también con el objetivo de reafirmar la apuesta inequívoca de la sociedad guipuzcoana por la paz.
Porque debo decir en alto que queremos recordar. Y queremos hacerlo cada día y cada instante, porque quienes han padecido el terrorismo se lo merecen. La sociedad avanza hacia el futuro y lo hace con ganas de obtener, de una vez por todas, la ansiada paz y la convivencia democrática. Y mientras avanzamos debemos recordarles porque -a pesar de que seamos personas diferentes y aún estando separados en el debate político- debe unirnos la memoria, el reconocimiento, la dignidad y la justicia que las víctimas del terrorismo merecen.
Un futuro de paz y de normalización no puede asentarse sobre el olvido, sino más al contrario, debe fundamentarse en la memoria de lo que en este país ha venido ocurriendo como consecuencia de la existencia de la violencia, porque las víctimas del terrorismo son la expresión de lo que ha supuesto dicha violencia, en términos de agresión directa al sistema de libertades y al derecho de ciudadanía que lo sustenta. Pero aún diré más, también porque no resulta imaginable abordar un futuro de paz donde la memoria de las víctimas, el reconocimiento al dolor por ellas padecido, sus reivindicaciones y su participación en el debate político no estén presentes.
La construcción de una memoria pública sobre todas las víctimas del terrorismo y de la violencia -como la propia democracia- es una tarea incesante de diálogo y reconocimiento no exenta de disensos y conflictos. La iniciativa del Parlamento foral guipuzcoano, como institución representativa de la ciudadanía de este territorio histórico, en relación a ese anhelo común de reconocimiento por parte de la sociedad a todas las víctimas, constituye una nueva oportunidad para que nuevas razones y acciones converjan en la reparación del mal padecido. La creación artística puede dialogar con el pasado y es, asimismo, una mirada al presente y al futuro para favorecer un reconocimiento permanente desde la voluntad de sensibilidades plurales.
Ya no debemos mostrarnos más como un país sin alma y no podemos mirar más hacia otro lado. Es el momento de homenajear - aunque nunca sea suficiente - a las víctimas del terrorismo. Debemos buscar su dolor, su soledad y su angustia. Debemos acompañarles en su tragedia aunque no compensa, pero alivia. Las víctimas no pueden seguir siendo un estorbo.
Las víctimas deben dejar de ser y parecer simplemente una consecuencia de una acción fatídica, cobarde e inhumana. Las víctimas no son objetos sino que las víctimas lo fueron por oponerse a los objetivos políticos de los terroristas. Las víctimas no fueron elegidas al azar y, por tanto, no son objetos del terror sino que fueron seleccionadas con premeditación y alevosía por sus ideas o por sus compromisos vitales democráticos. Es por todo ello que su reconocimiento debe ser el punto de partida para la búsqueda de la paz dado que son el pilar de la consecución de uno de nuestros sueños: la ansiada paz.
Debemos pensar en sus familias. En familias como la de Isaías Carrasco, la última sinrazón de ETA. No debemos de dejar de pensar en Marian o en Sandra, que desde la fortaleza de su pensamiento democrático, hunden su dolor en lo más profundo de sus entrañas. Debemos tener muy presente ese clamor sereno, silencioso y digno que a las víctimas les hace repetir una y otra vez que ellas siguen ahí. Un clamor que, en determinados momentos, se vuelve torbellino cuando se sienten utilizadas o marginadas. Un clamor que, cual huracán de sentimientos, exige de una vez por todas no tenerlas en el pozo del olvido. Porque los primeros días, incluso semanas, todos estamos ahí: confortando, aliviando, susurrando ánimos y manifestando cariño. Pero pasa un mes, dos meses, años, y la soledad inunda el corazón y el alma. Y lo que es más terrible, se les pone a un lado como representación incómoda de una situación odiada. No podemos pasar más por ahí. Deben ser nuestro apoyo y nosotros el suyo. Deben ver en la sociedad una suave mano que les alivia y una firme mano que les sustenta. Porque ellas tienen dentro de sí la única verdad. El dolor más auténtico y el sufrimiento más terrible. Debemos contar con ellas. Debemos contar con la inocencia de un niño que perdió a su padre en la más tierna infancia y que jamás logrará su sueño de ir con él al fútbol. Debemos contar con la impotencia de una mujer que ya no volverá a pasear con su marido los domingos por la tarde. Debemos contar con el desgarro interno de una madre que ya no volverá a acariciar el pelo de su hijo. Debemos contar con todos aquellos que perdieron sus sueños, sus ilusiones, sus posibilidades, pero nunca sus ideas y principios. No puede haber mejor representación de la sociedad civil que la de aquellos que siguieron adelante, que lucharon contra la adversidad y que EN SILENCIO nos dieron una lección de saber estar. Sus lecciones deben pasar de generación en generación. Es por ello que debemos hacer partícipes a nuestros hijos e hijas de la historia de las víctimas y de su memoria. Tenemos el deber moral de contarles lo que ocurrió así como de trasmitirles una educación en valores y en el reconocimiento del dolor ajeno. Será uno de los pasos más importantes para una futura sociedad más justa, más comprometida y más humana.
Las víctimas son nuestra asignatura pendiente y debemos aprobarla aunque sea en septiembre y con un aprobado justo. Están ahí para recordarnos lo que ocurrió y ocurre, para recordarnos el largo camino que nos falta hasta lograr la paz. Están ahí para animarnos en esa ardua tarea. Son la voz de nuestra conciencia. Son nuestra MEMORIA y DIGNIDAD.
* Presidenta del Parlamento de Gipuzkoa
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