Diario de Noticias de Gipuzkoa

Editorial

Morir con dignidad

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difícil será determinar si la cantidad de barbitúricos tres veces superior a lo que se considera una dosis mortal se la administró a sí misma la francesa Chantal Sébire
, o fue una mano ajena la que le hizo ingerir esa cantidad de somníferos. El caso es que dos días después de que se conociera la negativa del tribunal de Dijon a su petición de que se le practicara la eutanasia activa, la mujer víctima de un impresionante e incurable tumor que le desfiguraba el rostro dejaba de existir. Descansaba en paz, que era lo que pretendía. Para ella, la vida ya no valía nada y sólo le aportaba dolor y sufrimiento. Para ella, la muerte era una liberación. La propia existencia había dejado de ser para Chantal Sébire una oportunidad y, por ello, el desenlace que pretendía era un deseo sereno y tenaz que los tribunales le negaron. Son ya demasiados casos, demasiadas realidades extremas, que merecen plantear de forma valiente y respetuosa un debate sobre la eutanasia o, mejor, sobre el derecho a morir dignamente. No se puede seguir ocultando un asunto de tal gravedad a base de blandir palabras huecas o argumentos vacíos de contenido. La Asociación Derecho a Morir Dignamente defiende "el derecho de todos los enfermos terminales e irreversibles a recibir una asistencia médica y psicosocial adecuada a su situación (cuidados paliativos), respetando su voluntad de morir con ayuda médica (suicidios y eutanasia activa) cuando a pesar de las medidas paliativas padece un sufrimiento insoportable". Ni siquiera merece la pena contraponer este derecho a la ocurrencia del arzobispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián, apelando a que "Jesús murió sin cuidados paliativos y murió dignamente". Baste con recordar que murió de la forma más indigna, por una sentencia de muerte. Nada ni nadie debe estar por encima de la propia voluntad de decidir, desde la lucidez, si uno quiere seguir aferrado a la agonía y al suplicio, o si prefiere poner fin al sufrimiento propio -y con frecuencia también de sus seres más queridos- sin que caiga sobre su decisión el peso de la ley. Si nadie decide nacer, cada uno debiera tener libertad para decidir si quiere morir con tranquilidad y en paz. Chantal Sébire, por fin, ha muerto, pero quizá no con la muerte que ella deseaba, en paz y rodeada de los suyos.
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