
LAS pólizas de seguro son contratos bilaterales por los cuales una de las partes, el asegurador, se compromete a proporcionar prestaciones o indemnizaciones, en determinadas circunstancias, al asegurado, a cambio de una cantidad económica que llamamos prima. Es cierto que a medida que las nuevas tecnologías van apareciendo en nuestra sociedad afloran nuevos riesgos, y las aseguradoras van incorporando nuevas coberturas para compensarlos.
Pero padecemos otros riesgos, algunos muy antiguos, para los que todavía el mundo asegurador no ha encontrado cobertura y a corto plazo dudo que la encuentre, sería algo así como una póliza imposible , en la que se pudieran contratar coberturas contra la xenofobia que padecen algunos emigrantes; contra la violencia que sufren muchas mujeres por hombres cobardes incapaces de superar sus propios traumas; contra la ineficacia de algunos políticos que se olvidan por quiénes y para qué fueron elegidos y que hacen de su cargo un campo abonado en su propio beneficio; contra los defraudadores de la hacienda pública, como si ellos fueran los listos y los que pagan los tontos; contra determinadas personas, que sin escrúpulos no dudan en recurrir a la explotación infantil, a la prostitución obligada o al uso clandestino de trabajadores aprovechándose de las desgracias ajenas; contra la intolerancia de quienes quieren imponer sus ideas, incluso por la fuerza, llegando a matar, con absoluto desprecio a los que no piensan como ellos; contra los hacedores de guerras que, con su megalomanía, pretenden obtener unos supuestos beneficios, sin importarles las consecuencias de su decisión; contra los que callamos y otorgamos, mientras los problemas los tengan los demás; contra los que todavía arremeten contra personas por el mero hecho de tener una condición sexual diferente, sin que les importe lo que han sufrido por tener que ocultar esa diferencia.
Podríamos escribir un libro con otros ejemplos de riesgos cuyas coberturas no pueden contratarse en una póliza de seguro, lo contrario a lo que ocurría con aquellas bulas que nos eximían del ayuno o la abstinencia en Cuaresma.
Si tuviéramos que crear una póliza para estos riesgos, el asegurador debería ser la propia sociedad, inculcando a los que formamos parte de ella una cultura de respeto, tolerancia y cooperación hacia el prójimo; admitiendo que no todos podemos acceder a todos los recursos, incluso a los básicos, por el simple hecho de no haber nacido en el lugar adecuado y en el momento oportuno. La prima de seguro sería elevada, el riesgo de perder nuestra propia libertad, pero merecería la pena. De todos nosotros depende que esa póliza de seguro deje de ser una utopía, para convertirse en una posibilidad real.
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