
Un profesor imparte clase a un grupo de alumnos en un centro escolar de la Comunidad Autónoma Vasca.
ENRebelión en las aulas , Sidney Poitier enseñaba a un grupo de escolares díscolos de los barrios bajos de Londres otra forma de ver la vida. Con un método poco habitual, el joven profesor cambiaba el sistema de valores de sus alumnos y les hacía entender que el mundo podía ser distinto al que conocían y que su esfuerzo podía cambiar el negro futuro que todos ellos esperaban y que se les hacía imposible de evitar. Educación para la convivencia y para la paz es una asignatura que también busca ese fin, el de educar en esos valores y formar a niños y jóvenes para potenciar la capacidad de afrontar los conflictos desde una perspectiva no violenta y vivir conscientemente los valores de igualdad, respeto, justicia, libertad y solidaridad.
"Dar clases de Educación para la paz no es como dar clase de matemáticas. Es mucho más complicado, porque es algo que toca a la humanidad, a la moralidad, al sistema de valores. Es algo muy difícil de abordar, en general, y muy difícil de enseñar". La reflexión es de Brandon Hamber, un experto internacional en resolución de conflictos. Después de haber participado en el proceso de las Comisiones para la Verdad y la Reconciliación realizado con las víctimas del conflicto de Sudáfrica, este psicólogo clínico trabaja en INCORE, un centro de resolución de conflictos de la ONU en la Universidad de Ulster, en Irlanda del Norte. Lleva siete años allí, codo con codo con las víctimas del enfrentamiento entre unionistas y republicanos, entre protestantes y católicos. Y ha recalado en Euskadi de la mano del Gobierno Vasco para transmitir su experiencia en este campo a los profesores que se encargan de impartir la asignatura de Educación para la paz en los centros escolares de la CAV.
con dos dimensiones Hamber considera la decisión de implantar esa asignatura muy acertada y asegura que detrás de ella existen dos dimensiones, una preventiva y otra de capacitación de las nuevas generaciones para que puedan tener una participación activa en un futuro dentro de un posible proceso de paz.
"Hay que tener en cuenta que los contextos cambian y no hay que mirar tanto el contenido de las clases de Educación para la paz, sino que hay que entender que lo importante son los valores que se están enseñando, por ejemplo, el respeto, la multiculturalidad, la diversidad... Los jóvenes tienen que aprender bien esos valores para que luego se puedan aplicar a diferentes asuntos", explica Hamber. Porque en esos contextos cambiantes hoy impera el conflicto político y mañana pueden hacerlo otros problemas como la inmigración, el racismo, "o quizás otra cosa que ahora no podemos imaginar". Ésa es la dimensión preventiva de esta iniciativa, la aplicación de los valores a diferentes contextos. "En ese sentido, sí es algo preventivo y, además, es algo que tiene en cuenta una visión a largo plazo".
Ese mismo empleo de los valores es también una manera de capacitar a los alumnos para que en el futuro puedan tomar parte activa en todos y cada uno de los pasos que componen los complejos procesos de paz, desde la negociación hasta la reconciliación.
Hamber muestra también su convencimiento de que al abordar la impartición de esta asignatura es necesario centrarse no en los contenidos específicos, sino en buscar la formación de un espíritu crítico en el alumnado.
"Mirando a Irlanda del Norte, por ejemplo, es imposible que las personas se acuerden completamente de lo que hay que enseñar, porque hay muchas versiones de la historia reciente. Por eso, en lugar de centrarse en los contenidos específicos, hay que orientar el trabajo a que podemos enseñar a los jóvenes a tener las habilidades de criticar, de ver las cosas con una mirada crítica, para que ellos puedan formar sus propias ideas y juzgar por sí mismos lo que está ocurriendo. Ese pensamiento crítico es lo más importante de toda la educación para la paz. Es mucho más importante que un mensaje determinado o que te digan: ésta es la versión que tienes que aprender. Se trata del cómo miramos la versión que se nos presenta. Y esto es una habilidad, una capacidad, que es muy, muy útil, no sólo en situaciones políticas, sino en todos los campos de la vida", subraya.
Otra de las cuestiones en las que pone el acento es en la necesidad de entender que esa enseñanza lleva su tiempo, que se desarrolla a largo plazo. "Es algo constante, que está en continua evolución, no es un plan perfecto que podamos presentar mañana", indica. Y pone un ejemplo de ello: "En Japón y en Alemania aún debaten cómo enseñar la historia con respecto a la II Guerra Mundial. Es algo muy complejo y una de las lecciones que podemos aprender de la historia y del contexto internacional".
compartir experiencias Esas valoraciones han formado parte, como sus conocimientos de otros conflictos en el contexto internacional, del diálogo con los profesores. Con ellos ha mantenido también un vivo debate sobre cómo abordar ese tema en las clases. Parece que ésa es una preocupación que comparten el experto y los educadores. Y sobre la que no es fácil decidirse. Hamber comparte su punto de vista, pero la decisión debe ser de los educadores. "Yo lo único que puedo hacer es explicar que hay unas experiencias internacionales y las cuento, pero son los profesores quienes deben decidir qué hacen con esa información, si es útil o no, porque puede que no sea útil. Tienen que ser ellos quienes decidan cómo la desarrollan. Su responsabilidad es saber cómo la aplican a su situación", indica Hamber.
Este psicólogo clínico aclara que al compartir su experiencia no quiere decirle a nadie cómo debe actuar, ni quiere que se vean otros ejemplos como la mejor pauta a seguir. No. Porque es consciente -y así lo subraya- de que ninguna situación es igual a otra, ningún contexto es idéntico a otro. Y de que, aunque se pueden extrapolar algunos factores, cada pueblo sumido en un conflicto debe realizar su propio camino a la paz, sin injerencias.
De sus vivencias en Sudáfrica e Irlanda del Norte, Hamber extrae algunos de esos factores comunes: "Esos dos países tuvieron que tomar la decisión de optar por la paz o no y asumir que si aceptaban la ruta a la paz ello iba a traer negociaciones, que iba a haber que ceder de un lado y del otro y que se iban a generar situaciones sociales difíciles y las tendrían que afrontar. Y tuvieron que darse cuenta de que era un proceso a largo plazo, porque construir esa situación de paz necesita su tiempo. Otra similitud era una sensación de miedo acerca de lo que iba a suponer esa opción por la paz, ese proceso. Si tener un proceso de paz iba a suponer que iban a tener que ceder en cuanto a sus valores, su concepción de justicia. Y ello crea sensación de inestabilidad, pero también de que existe un reto que hay que afrontar. Por último, ambos países tuvieron que abordar el tema de las víctimas y buscar maneras de responder a sus necesidades".
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