
LAS derrotas sufridas ante Numancia y Sporting, y las manifestaciones del presidente nada más terminar el partido, en caliente, ponen en entredicho el trabajo realizado por el entrenador txuri-urdin. En éste afán de querer buscar culpables con nombres y apellidos, la figura de José Ramón Eizmendi parece ser el lado más débil de esta Real Sociedad. Ni Numancia ni Sporting han demostrado ser superiores a la Real, pero los duelos de las alturas han terminado con un balance de dos derrotas y cero goles a favor. El equipo txuri-urdin pierde el tercer puesto y ya son más los rivales que pujan por la tercera plaza. Las conclusiones de las dos últimas jornadas parecen ser suficientes para dudar del de Ikaztegieta, pero uno se pregunta si verdaderamente se le está juzgando por su trabajo, o porque al parecer responde a un perfil que para algunos no está a la altura de lo que este equipo merece o necesita como entrenador.
Eizmendi afronta su primera experiencia en un banquillo de elite, con toda la presión que ello conlleva, y asume el reto de ascender de categoría a un club que en los últimos 40 años nada ha sabido de la Segunda División. Llevar un grupo tan amplio de jugadores profesionales que no entiende de suplentes no debe ser nada fácil. Muchas de las situaciones que le está tocando manejar le son novedosas, como por ejemplo, el trato con la prensa. Es una parcela en la que -ya sea porque verdaderamente no le interesa, o porque prefiere cerrarse en sí mismo- se le nota incómodo, circunstancia que le hace más débil de cara al exterior, porque su mensaje no cala en el aficionado. Es evidente que no es Valdano en lo que a su verbo fácil hace referencia. Su único discurso es el trabajo diario y debería ser suficiente, pero en el fútbol tan mediatizado como el que nos ocupa, aunque resulte triste, casi tan importante como los resultados es el saber venderse.
Eizmendi tiene lagunas, pero apenas se le reconoce nada. Cuando gana, lo hace por la calidad de los jugadores, pero cuando pierde, por no leer debidamente los partidos y por no acertar en los cambios. Cuando juega Fran Mérida lo hace por la famosa cláusula, pero si el equipo pierde como contra el Sporting, más de uno se pregunta cómo es posible que no jugara.
Y a todo ello, hay que sumar el capote -por llamarlo de alguna manera- que su presidente, el mismo que le puso en el cargo tras ganar en Córdoba, le echó el pasado sábado nada más terminar el partido criticando el planteamiento. Se entiende la rabieta del momento, y menos mal que ha terminado rectificando, aunque el presidente del club no debería criticar, al menos en público, el trabajo de su entrenador, porque lo único que consigue es ponerle en el centro de la diana con el consiguiente estado de nerviosismo que ello genera en el propio protagonista.
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