
Varios jóvenes se concentran en el taller de fontanería del CIP Donostia, en el barrio de Bidebieta.Foto: n.g.
Donostia. No son centros al uso. Al entrar en ellos, uno se encuentra con que los alumnos van uniformados. No con trajes elegantes, precisamente, sino con buzos azules de mecánico, con delantal de cocinero o pantalones blancos de pintor. Algunos de ellos van de un lado para otro con baldes de pintura, otros se concentran en preparar una buena tortilla de patatas y un grupo más atiende las explicaciones del monitor en el taller. Un ejemplo del ambiente que se vive todos los días en los Centros de Iniciación Profesional (CIP), los grandes desconocidos de la red educativa, a pesar de que hoy día en toda la Comunidad Autónoma Vasco (CAV) forman a unos 2.000 alumnos.
Aunque los propios trabajadores de estas escuelas reconozcan que son el "cajón desastre" y el "vagón de cola" del sistema de enseñanza, lo cierto es que vienen cumpliendo una función social relevante. Se encargan de ofrecer un oficio a un colectivo de jóvenes especialmente vulnerable. Aquellos que, aunque tienen entre 16 y 21 años, se han desenganchado de los estudios sin conseguir el graduado escolar. Cuando se cumplen 20 años desde que se regularon de forma oficial, en los últimos tiempos los CIP han ampliado su servicio a un grupo cada vez más numeroso: los menores inmigrantes no acompañados.
"Me aventuraría a decir que nueve de cada diez chavales que llegan sin sus padres desde el extranjero a Euskadi están en alguno de estos programas", estima Pedro Millán, profesor del CIP Donostia del barrio de Bidebieta. Al tratarse de personas que apenas conocen el castellano -mucho menos el euskera- y que vienen con el objetivo de empezar a trabajar, la enseñanza reglada los dirige a la Iniciación Profesional. Incluso si no tienen 16 años, se introducen en lo que se conoce como formación complementaria: oficialmente están matriculados en un colegio, pero en realidad es en los CIP donde se forman.
De hecho, los responsables de los centros intentan arropar a estos jóvenes para que su integración sea más rápida y eficaz. Por ejemplo, en clase se sientan con algún otro menor de su misma nacionalidad que lleva más tiempo, para que pueda explicarle los contenidos que se imparten.
En la CAV existen en la actualidad en torno a 73 CIP, entre organismos públicos, privados y otro tipo de entidades, que atienden a las necesidades educativas de 2.000 estudiantes. El CIP Donostia, por ejemplo, uno de los 23 centros de este tipo que existen en Gipuzkoa, ofrece cuatro programas: carpintería metálica, cocina, reparación de equipos informáticos y fontanería. Este periódico ha visitado sus aulas para conocer más de cerca esta realidad.
"referente" Cuando terminan los dos años de formación, los alumnos salen al mercado laboral con un certificado que acredita el conocimiento de un oficio. "Nos hemos convertido en referentes para los jóvenes que no encuentran salida en la Enseñanza Secundaria, para los empresarios, para los orientadores, para las familias y para el entorno en el que estamos", comenta Millán.
El abanico de estudiantes es muy amplio. Según indica Millán, algunos no quieren estudiar por una u otra razón, mientras que otros han sido "expulsados" de la escuela. "Nadie ha creído en ellos y cada chaval aquí es un proyecto", reflexiona Mikel Gaztelumendi, monitor de cocina en el centro donostiarra. Según constata en su labor diaria, los alumnos llegan "bloqueados" al CIP. Se sienten "inútiles" y, para solucionarlo y para que adquieran "hábitos y actitudes" que se les van a exigir en el trabajo, aprender un oficio es "clave". "Todo esto requiere estar con ellos, animarlos y sacar lo bueno que llevan dentro", explica.
Después de pasar por las clases de Gaztelumendi, estos jóvenes se insertan en el ámbito laboral de la hostelería, incluso en restaurantes donostiarras de renombre. El monitor asegura que el trabajo de los profesores es "muy vocacional y personalizado". "Debes motivar al alumno. Si quieres que arranquen y salgan adelante, es necesario estar encima e implicarte. Hay que creer en ellos", recalca.
problemas Sin embargo, nadie esconde que se trata de alumnos que, en bastantes casos, presentan un perfil problemático al principio. Algunos potencialmente incluso corren el riesgo de ser víctimas de la exclusión social. Pedro Millán reconoce que hay "conflictos, igual que en el resto de centros educativos". "Es curioso, pero hay chavales que llegan aquí con una historia dura, pero de puertas adentro no crean ningún problema. Aquí también hay exigencias de puntualidad y asistencia, por ejemplo, pero se les trata como a adultos, porque dentro de poco van a empezar a trabajar", explica Pedro Millán.
Para conseguir esa implicación de los alumnos, los CIP combinan la formación teórica con la práctica. De hecho, la mayoría del tiempo trabajan en el taller con los monitores. Según detalla Millán, sólo uno de cada diez estudiantes no consigue sacar el certificado de Iniciación Profesional. En cambio, cerca del 20% de los alumnos consigue el graduado escolar y, si quiere, puede volver a la enseñanza reglada.
Pero lo que realmente les importa es el taller. Sobre todo cuando las empresas están necesitadas de mano de obra cualificada: "Vienen por el taller y se van enganchando por eso, sobre todo al ver que los de segundo curso salen con trabajo del centro", indica Millán. Incluso son los empresarios quienes se acercan al CIP en busca de trabajadores, porque, según indica, "aunque existe la idea contraria, sin graduado escolar también se puede trabajar".
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