
Tribuna Abierta
iNVITADOS o no a esta fiesta, lo cierto es que asistimos a la representación de un mundo ferozmente cambiante, incluso no son pocos los que vaticinan un vuelco del ciclo histórico para este comienzo de milenio, en el que el pedestal de las culturas hegemónicas parece agrietarse ante la llegada de corrientes humanas que arrastran consigo creencias, costumbres y religiones de muy distinto cariz.
Pero, a poco que nos detengamos en ello, la realidad transita por otros derroteros. Partamos de que una cultura entraña componentes emocionales, cognitivos y comportamentales que conforman los llamados agentes de socialización, interiorizados a través de la familia, la escuela, los medios de comunicación, las modas, el ocio... y que facilitan la manera de interpretar nuestra realidad inmediata, de forma que si esos valores son válidos en un momento determinado, se salvaguardan y heredan, y si no, con el paso del tiempo, se modifican o erradican.
Es decir, la funcionalidad es la que explica la vigencia en la que aparentemente se acomodan, y no su lógica. Ahora bien, esta ecuación podría verse alterada ante la magnitud de los actuales flujos migratorios, bajo la indeterminada etiqueta que solemos llamar como multiculturalidad, y que para muchos resulta un desafío en el núcleo más firme de nuestros propios modos de vida, si podemos decirlo así.
Sin embargo, si hay una verdadera amenaza en los actuales procesos de globalización, al menos cuando se abordan en clave de diversidad, ésa es la homogeneización y la uniformización cultural, paralela al ciclo de una economía supeditada al totalitarismo neoliberal. Mucho se habla de la salvaguarda de las lenguas -como si ellas fueran por sí solas los ángeles custodios de la idiosincrasia-, pero la interculturalidad es un concepto que puede vaciarse de significado antes de aplicarse con algún rigor.
Si el proceso de globalización sigue su ritmo actual, será difícil interculturalizar nada, sencillamente porque no hablaremos ya de culturas, sino de una unidad de destino en lo universal. Y es que este dilema planetario presenta una curiosa paradoja: por un lado, la constatación de la diversidad cultural -ensalzada por muchos y denostada por otros-, y por otro lado, los fenómenos de globalización económicos y sociales -ignorados por casi todos- que, entre otras consecuencias, aceleran los procesos de homogeneización de la diversidad en todo el mundo, aunque éstos circulen por ahí expresados en diferentes lenguas y contextos.
Este hecho, pese al folclorismo y a la trivialización que muchas veces preside el discurso de la multiculturalidad, puede apreciarse en nuestro entorno más cercano. De manera que si comparamos el modo de vida y los valores de un grupo de jóvenes de clase media urbana de España, Francia o Reino Unido, con los de Ecuador, Marruecos o Rumanía, comprobaremos que no hay tantas diferencias entre ellos. Valoran por igual y con idéntica pasión las mismas marcas de pantalones, zapatillas, camisetas... (aunque difiera su poder adquisitivo a la hora de obtenerlos), se excitan con la misma música, desean los mismos vídeojuegos, adoran las mismas películas, saborean las mismas hamburguesas...
En definitiva, pelean por hacerse un hueco en el mismo esquema social, reducido cada vez más a una inmensa masa anónima e indiferenciada.
Hace unos años, me contaba una amiga, brigadista en Cuba, e insuflada entonces de la típica intrepidez revolucionaria al uso occidental, que cuando aterrizó en la isla creía que aquellos aguerridos muchachos de sonrisa perpetua le iban a relatar con emoción las andanzas del Che o a cantar con voz melosa alguna tonada rebelde de José Martí.
Decepcionada, decía que lo que realmente les obsesionaba -al menos en La Habana- era poder adquirir como sea prendas y objetos de marca Levi's, Nike o Prada. Es difícil no encontrar algún pilar de nuestra sociedad, plural y diversa, donde este fenómeno escape a nuestra percepción. En los centros educativos, la uniformidad cultural también es ostensible, no sólo en la indumentaria de estudiantes y profesores, sino en la estética de aulas y pasillos, decorados con las inefables figuritas de Disney, o amenizados con la puntual celebración de Halloween -aunque luego se cuestione allí mismo la idoneidad de organizar un belén en Navidad, enarbolando el respeto hacia las minorías religiosas-, así como el venerable Papá Noel de barba blanca y casulla roja instaurado por Coca Cola, la primavera del Corte Inglés o el Día del Padre, según Zara.
En definitiva, modos que apuntan a la dimensión comercial y hedonista que propala el capitalismo, excitados por un deseo que la maquinaria publicitaria sabe instrumentalizar, para acabar en una serie de exigencia sociales y hábitos de comportamiento que se transforman en auténticos universales asumidos por la colectividad. Incluso en el carnaval, que poco o nada tiene que ver con la evocación irreverente y transgresora de antaño, los disfraces han llegado a convertirse en una pasarela en la que predominan las figuras de Spiderman, de Homer Simpson o de algún personaje catapultado por la fuerza centrípeta de la pequeña pantalla. No olvidemos que la televisión e Internet son los principales garantes que, de forma activa o pasiva, y en tanto no cuestionen los mensajes subyacentes de sus contenidos, contribuyen a expandir esa cultura dominante, supeditada al negocio de la evasión y el consumo, incluso a veces orquestada bajo fines pretendidamente ecologistas o humanitarios.
No nos engañemos. Para la mayor parte de la población inmigrante, los usos culturales y las modas de las sociedades de acogida tienen el inconfundible sello del prestigio y el éxito. Por tanto, la supuesta sensibilidad y respeto hacia el mantenimiento de sus costumbres originarias, más que un anhelo por parte de ellos, suele quedar en un empeño propiciado por nosotros mismos.
Los jóvenes inmigrantes, a partir del despertar adolescente, pueden llegar a enfrentarse a una situación frustrante entre dos sistemas de valores contradictorios: uno, asociado al éxito y la integración; el otro, asociado al fracaso y la marginalidad, de manera que -sobre todo a partir de la segunda generación- no resulta extraño que estos jóvenes, sin un sedimento sociocultural propio, rechacen los símbolos y valores de sus familias -que para ellos vienen a representar la cultura de la supervivencia y la precariedad- y proclamen ostentosamente su adhesión a un culto prêt-a-porter que, paradójicamente, con el señuelo de la superación individual, de hacerse uno mismo, del yoísmo que impone nuestra sociedad, acaben, como miles de jóvenes, homogeneizados por el mismo patrón cultural.
* Psicoanalista
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