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E L titular de la crónica de hoy suena a película, pero lo cierto es que el pasado sábado cayó un aguacero realmente importante. La mañana salió soleada pero la cosa empeoró notablemente a lo largo del día. Por la mañana, la sede de la Orquesta Sinfónica de Euskadi registró bastante movimiento. Mientras la formación seguía de gira en tierras castellanas, y llovía en el exterior, muchos donostiarras decidimos acercarnos para disfrutar con el recital que allí ofreció la mezzosoprano errenteriarra Ainhoa Soraluze junto al pianista donostiarra Pedro José Rodríguez . En la platea pude ver unos cuantos rostros conocidos que siguieron con atención el trabajo de la cantante que se prodiga más en tierras italianas que en éstas.
A la entrada pude saludar al compositor Álvaro Fernández , que llegó con ganas tras haber contado con ella en la banda sonora que él mismo compuso para la película Los años de todos los demonios . Precisamente se sentó al lado de la madre de la cantante, Agurne Soraluze, quien a su vez se hizo cargo de la nieta Jone . Su padre, Davide Diamantini, dejó por unas horas su trabajo en la Universidad milanesa de la Bicocca y asesoró a Ainhoa entre bambalinas. Cayó también por allí el melómano y Medalla al Mérito Ciudadano Carlos Benito , así como las tías de Ainhoa, Begoña y Guru-tze Soraluze -muchos les conocerán porque se trata de una numerosa familia de Gabiria, concretamente la familia del restaurante Korta, del caseríoa Zuazola Azpikoa- con sus respectivos maridos Joxan Puy y Gotzon Bulnes . Tuve ocasión a la salida de intercambiar tambien saludos con el matrimonio formado por Jose Mari Martín y Charo Humada -prima del chef-, que son los padres del actor donostiarra afincado en Madrid Ángel Negro . También saludé al tenor irunés Ángel Pazos que acudió en compañía de José Luis Barrios , presidente de la Asociación Lírica Luis Mariano de Irún, además de ex orfeonistas como Pedro Martínez o María Visi Coto .
Y, como les decía, a la salida cayeron chuzos de punta, pero no fueron motivo para borrar la sonrisa de la cantante al sentirse arropada por los suyos. Así que sin que faltasen la gabardina y el paraguas, la cosa continuó ya en otro plan más informal en la comida que le habían organizado en la sidrería Astarbe, en el caserío Mandiola de Astigarraga. Allí, ya a ritmo de chuletón y buena sidra, imperó el buen ambiente, el relax y lo que sonaron no fueron arias de Rossini sino el sonido del txotx y las canciones de toda la vida que entonaron los de la mesa de al lado. A la salida, seguía lloviendo y los mencionados se hicieron fotos bajo un enorme arco iris, inmortalizando así la intensa jornada.
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