
Colaboración
Desde hace unos años se puede observar cómo los procesos electorales realizadas en el Estado dejan patente dos datos que habrían que analizar con tranquilidad pero con seriedad dentro de los think-thanks de los partidos nacionalistas ( que ahora los creadores de pensamiento de Madrid llaman nacionalismo periférico).
Una de estas tendencias es el lento (y últimamente no tan lento) declive de los resultados en los procesos electorales por parte de estos partidos y la otra es el mantenimiento del tipo de dichos partido en los medios rurales, dando lugar a lo que podría venir a llamarse como ruralización del nacionalismo, siendo este proceso una repetición de la evolución de otra ideología que ha dominado nuestro país durante un par de siglos como es el carlismo
Este movimiento no supo adaptarse a tiempo a los cambios sociales, ideológicos y culturales que se daban en Europa en los siglos XIX y XX, pasando de ser hegemónicos en el territorio nacional a ceder terreno en los grandes núcleos urbanos (que ya quedaron irremisiblemente fuera de su control con la Guerras Carlistas), para posteriormente con la industrialización a ser testimóniales en los núcleos urbanos y mantener su fuerza en los núcleos rurales en a que sus vecinos estaban ya fuera de influencias perniciosas o extrangerizantes.
El surgimiento del Aranismo fue un acicate para la renovación de la ideología defensora de nuestros Derechos Históricos pasando de una defensa foral por motivaciones religiosa a una por motivaciones étnicas tan en boga en la Europa romántica de finales del XIX y principios del siglo XX. De esta forma la defensa foral era básicamente aranista en núcleos urbanos y cogía impulso en medios rurales y mientras el carlismo se mantenía en núcleos rurales y en ciudades de tipo medio de raigambre tradicionalista.
El ingente trabajo intelectual de gente de ideología nacionalista pero implicada socialmente con los acontecimiento y las ideologías que bullían en aquellas épocas en Occidente hicieron que el nacionalismo de cariz básicamente etnicista fuese transformado en un nacionalismo cultural y que pudiese homologar a las corrientes ideológicas de la época cómo son la socialdemocracia, el liberalismo o la democracia cristiana, dando la espalda a tiempo a una ideología basada en la etnia que sembró el terror y la destrucción en toda Europa.
Este nacionalismo de cariz cultural e integrador de las ornadas migratorias que llegaban a nuestras tierras (y de las cuales yo soy hijo) fue ejemplo de actuación política y de resistencia cultural contra los intentos de exterminio de la misma por una cruel y sanguinaria dictadura, para los diferentes pueblos sin Estado de Europa.
Con la consolidación de la democracia y la restauración de una parte mínima de nuestro autogobierno se ha dado la paradoja de que en vez de avanzar hacia la restauración plena de nuestra soberanía hemos comenzado un lento pero progresivo declive de apoyo popular que nos ha llevado a ser minoritarios en los grandes núcleos urbanos y a perder el control de los núcleos urbanos de tipo medio y pasar ya a ser sólo mayoritarios en núcleos rurales y en pequeñas ciudades donde curiosamente también resistió durante un tiempo el carlismo.
Por eso es preciso llevar a cabo una revisión de raíz de nuestros postulados ideológicos (de los partidos nacionalistas de uno y otro signo)y llevar a cabo nuestra enésima renovación doctrinal para volver a ser así el motor que portara a nuestro pueblo a ser el Estado que maravilló a Shakespeare y a toda Europa en aquella época.
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