Editorial
La Euskadi social
L presidente del PNV,
Iñigo Urkullu
, realizó el pasado sábado un notable ejercicio de liderazgo político en su partido. El candidato de consenso, la figura en torno a la que pactaron pivotar las dos almas jeltzales, dio un paso al frente con una propuesta que persigue resituar al partido tras unos malos resultados electorales y el latente debate interno que abocó al fracaso la etapa de
Josu Jon Imaz . Antes de acomodar su propuesta en el carril político, la puso en común con
Ibarretxe en un intento de compatibilizarla con la hoja de ruta del lehendakari, pero de puertas afuera Urkullu acaba de tensar las riendas tras unos meses de tanteo del terreno y encamina a la formación nacionalista hacia un escenario menos politizado, en su acepción más negativa, por el estridente debate sobre el modelo estatutario y, por tanto, más socializado por los problemas reales de los ciudadanos. La construcción nacional seguirá siendo una referencia indispensable, aunque todo apunta a que ese discurso bajará en intensidad. Es palpable a pie de calle que los más jóvenes, los votantes del futuro, tienen un gran desapego por la vertiente más doctrinaria de la política. El análisis tiene muchos elementos de juicio. Las personas que acceden al sistema democrático a través del derecho de sufragio ya no están marcadas por el recorte de derechos de la dictadura. Ni tan siquiera están condicionadas por la dualidad entre izquierda y derecha, cuya frontera se ha diluido en menos de dos décadas hasta propiciar un escenario en el que los esfuerzos de los partidos se dirigen a buscar votos en el difuso y volátil centro político, en definitiva, en la indefinición ideológica. Para los jóvenes y para otros muchos votantes el marco político está en un segundo plano. En primera línea están elementos como la vivienda, el empleo, el frenazo económico o el controvertido fenómeno de la inmigración. Urkullu está decidido a posicionar al PNV en esa órbita sin olvidarse en ningún caso del ideario del partido. La polarización ha tenido gran parte de la culpa en el retroceso de los jeltzales, de EA, de EB o IU y en el avance de la marca Zapatero en Euskadi y el Estado. Una realidad que los socialistas vascos asumen al rechazar una traslación mimética del dictado de las urnas a unos comicios autonómicos y que nadie debe olvidar porque los políticos también tienen la obligación de perfilar un nuevo marco de convivencia.