Diario de Noticias de Gipuzkoa

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Difícil digestión

por Joseba Balerdi

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no podía ser de otra forma: Zapatero obtuvo ayer de su partido la luz verde necesaria para tejer los pactos, acuerdos y complicidades que le permitan una legislatura cómoda. Ni tan siquiera tendrá que ofrecer grandes explicaciones a Montilla y López, aunque ZP es agradecido y no olvidará una de las principales lecciones del 9-M: sin Cataluña y Euskadi, ahora mismo probablemente no sería ni líder de la oposición. La otra cara de esa moneda, el doloroso hecho de que España haya despreciado olímpicamente los cuatro años en que ZP cree haberse dejado la piel para gobernar, permanece como una espina clavada en el corazón presidencial.

Respecto a Euskadi, sin embargo, los resultados electorales no impiden a ZP continuar con el guión diseñado a mediados de 2006: ahora toca ofrecer al PNV un nuevo Estatuto de autonomía, con el lazo añadido de que es, además, la tabla de salvación a la que los jelkides deberían aferrarse si no quieren verse arrastrados por el "tsunami" rosa. Y aunque el propio interesado diga desde Bruselas que no hay nada de eso, lo que en realidad quiere decir es que está aguardando a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre Cataluña para calibrar con exactitud qué puede ofrecer a los vascos.

Al PNV el nuevo escenario le coge con el paso cambiado: ni en sus peores sueños los burukides jelkides preveían quedarse con dos senadores y quedar por detrás de los socialistas en todos los territorios. Y, en sólo seis días, han decidido ponerse las pilas, hasta el punto de que están dispuestos, también en un tiempo récord, a reformular el partido y ponerse a pensar la Euskadi de 2020. No lo han dicho con estas palabras, pero creen que la sociedad vasca les ha tomado la delantera y están convencidos de que el grueso de la sociedad se les despistó en algún cruce del camino: al parecer en el de 2001, precisamente cuando más difícil parecía que nadie se despistara, porque la masa de votantes era entonces más grande que nunca -604.000 votos para la coalición PNV-EA-.

La intención de ponerse las pilas, sin embargo, no oculta que los resultados electorales han vuelto a poner sobre la mesa del batzoki las viejas disputas familiares, que pueden resumirse en dos posturas antagónicas: mientras algunos sostienen que el partido ha mantenido un rumbo errático durante los últimos cuatro años, impulsando una transversalidad que nadie terminaba de definir, al tiempo que iba diluyendo sus señas de identidad nacionalista, otros creen que la sociedad vasca está cansada de debates identitarios y que sus preocupaciones van por otros derroteros a los que el partido no presta atención.

Ciertamente, ambas posturas cuentan con argumentos de peso para ser defendidas, y seguramente ninguna de ellas sirve por sí sola para explicar la importante sangría de votos. Es fácil que los electores se despisten cuando el partido parece apoyar un día al lehendakari y su plan para lograr un acuerdo político con España, y al día siguiente es incapaz de mandar callar a quienes ponen ese mismo plan a parir; es fácil que se despisten también los muchos ciudadanos que hacen malabares para llegar a fin de mes, y tienen que oír a la consejera de Economía pintar un país de color de rosa, mientras los diputados generales se empeñan en reducir los impuestos sólo a los empresarios; y más que fácil, parece tirado despistarse cuando se explica que es lo mismo Zapatero que Rajoy, dos meses después de haberle salvado los presupuestos del Estado al PSOE.

Del proceso para "reformular" el partido que ayer abrió la Asamblea Nacional del PNV depende en gran medida el futuro electoral de esa formación. Pero el hecho de abrir el debate no entraña ninguna garantía de éxito. El PNV ha vuelto al "suelo" electoral de tiempos de Ardanza y buena parte de su electorado ha decidido castigarlo quedándose en casa mientras una pequeña porción trataba de conjurar a Rajoy votando a ZP. O lo que es lo mismo, ha decidido mandarle el aviso de que si no corrige el rumbo, el castigo puede ser aún mayor. Es el mismo mensaje que ha enviado el resto del electorado que defiende el derecho de Euskadi a decidir su futuro, incluido el que opta por la izquierda abertzale.

Mientras procede a "reformular" el partido, el PNV va a tener que hacer frente a importantes retos que darán la medida de en qué va a consistir ese cambio. En menos de un mes se constituye el Parlamento español y se nombra primer ministro a Zapatero. En tres meses el lehendakari debe ir al Parlamento Vasco a explicar si hay acuerdo o si opta por una consulta. Y quedan 222 días para el 25 de octubre. Todo un reto para poder recuperar a los electores perdidos, pero también un evidente riesgo de agravar el despiste.

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