
Y tiro porque me toca
N qué medida nos concierne el que el presidente Bush haya vetado una ley que pretendía impedir el ahogo como método de interrogatorio? Pues en una muy directa, me temo. En la de que por contagio se instauren en el mundo occidental en todos aquellos países que ejercen el vasallaje efectivo con los EEUU, en forma de dejaciones sistemáticas de soberanía, como son el permitir que tribunales extranjeros juzguen a delincuentes que gozan de pasaporte americano y delinquen en países que no son el suyo, el permitir cárceles secretas, secuestros y la práctica sistemática y legalizada de la tortura, además de infracciones de las leyes y normas de navegación aérea en forma de vuelos cuyo contenido delictivo los iguala a los viajes de los traficantes de drogas. Los Estados Unidos gozan de impunidad en la práctica del crimen de estado y no de estado fuera de sus fronteras. Los EEUU institucionalizan en la práctica la tortura como se demuestran con los casos de Guantánamo y Abu Grabi y Europa apenas pestañea. Tal vez porque ve esa medida con alivio, y un paso más a dar carta de naturaleza legal a lo que es práctica tan habitual como oculta en las sentinas de países por encima de toda sospecha, e intocables política y económicamente, y en los que las condenas injustas basadas en pruebas fabricadas son habituales. Una práctica, la de la tortura, al servicio de un bien generalizado, la seguridad, más colectiva que individual, cuya amenaza produce un conflicto moral cifrado de manera grosera en si se admite o no el tormento para evitar males mayores, algo que ni siquiera se debate abiertamente. Con negar la existencia de la tortura basta. Con acallar las voces que la denuncian, el problema se disuelve. Basta con tener el apoyo de algunos medios de comunicación o cuando menos su silencio cómplice. No en vano, estamos a un paso de admitir que la tortura nos protege de males mayores, de otorgar un beneplácito primero silencioso, y luego entusiasta y ruidoso, publicado en el Boletín Oficial del Estado con todos los sacramentos. Tal vez no mañana mismo, pero si pasado mañana, o al otro. Pocos escritores han denunciado la práctica de la tortura. Se me ocurren tres nombres recientes, el del uruguayo Eduardo Galeano, el del argentino Ernesto Sábato y el del chileno Ariel Dorfman, autor de un artículo sobre la tortura (El País, 29.9.2006) que me parece definitivo. Para Dorfman se trata no tanto de perseguir a los torturadores, que por supuesto, sino de denunciar la cultura que promueve la tortura, en todas sus formas, claro, sin exclusión alguna. Aquí no caben distingos.
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