
Yolanda Duarte se abraza a su hijo Joaquín, tras el que el puede apreciarse una fotografía de su padre el día que contrajo matrimonio.
"ama , ¿y el aita?". Diez años después de la tragedia, la pregunta de Joaquín sigue sin respuesta. El chaval cumplirá en julio 14 años, pero la herida sigue abierta. En su colegio, San Luis Ikastetxea del barrio donostiarra de Bidebieta, la mayor parte de los compañeros ha hecho las maletas para pasar las vacaciones de Semana Santa junto a sus aitas. Él sólo puede añorar al suyo y honrar su memoria allá donde vaya.
A su padre, Joaquín como él, lo engulleron las aguas del Golfo de Bizkaia el 20 de diciembre de 1998, cuando un temporal manejó a su antojo el pesquero Marero , con base en Pasaia. Los ocho tripulantes del palangrero perdieron la vida en el naufragio.
Ésta, sin duda, ha sido una semana de sentimientos encontrados, días de graves desperfectos en el litoral cantábrico, con un oleaje de inusuales proporciones que ha arrasado con todo lo que ha encontrado a su paso. Afortunadamente, no ha sido más que eso: daños materiales. Tarde o temprano, el Paseo Nuevo devolverá su encanto, como hará La Perla y tantos otros establecimientos afectados.
Pero no todos pueden decir lo mismo. "A nosotros nadie nos devolverá a Joaquín", se duele Yolanda Duarte, la viuda del marinero pasaitarra, el mismo que conoció en fiestas de San Pedro y del que se acabó enamorando perdidamente. "Como siempre estaba fuera, lo nuestro era una luna de miel constante", relata con ternura. Hasta que un día no volvió. Inevitablemente, la mujer ha revivido la tragedia de ese mar que le arrebató a quien más quería.
'maro' y 'marero'
Perverso juego de palabras
Quiera o no, las imágenes del Maro , el buque que la semana pasada embarrancaba en Jaizkibel y que el oleaje ha manejado a su antojo hasta partirlo en tres, le ha devuelto, como siempre acaba haciendo el mar, fantasmas del pasado: "Si ha partido así el Maro, lo que no haría con el Marero ", se dice la viuda, en lo que parece un perverso juego de palabras.
Una década después de la tragedia, la familia sigue sin saber nada, salvo que el barco faenaba en aguas francesas, a unas 90 millas al norte del puerto de Pasaia. Ahí se pierde la pista. "Debían haber regresado el 23 de diciembre, pero el 20 ya nada supimos. No sé, alguna ola los tragaría...".
El drama familiar, como si fuera una mancha de aceite en medio del mar, se fue extendiendo conforme pasaban las horas. "Mi marido nunca apareció, pero casi lo prefiero así porque en el barco también iban tres hermanos. Siempre he dicho lo mismo, o aparecen todos, o ninguno. Ahora prefiero pensar que allí donde sea, estarán los tres juntos", reflexiona con una entereza admirable.
Eran hombres de mar, e insultantemente jóvenes para perder la vida. Tanto Juantxo, el mayor, como Alberto, el pequeño de la saga, y Joaquín, su marido, que sólo tenía 29 años. Ésa era la edad de Enrique Dos Santos, uno de los dos cuerpos que apareció, enganchado en las redes del pesquero de Ondarroa Alba do Mar, y enterrado después en el cementerio de Pasaia.
"Lo pasé fatal. Esperaba a mi marido para el día de Navidad y mira lo que encontré. Recuerdo que estaba en el trabajo escuchando la radio con la esperanza de que me tocara la lotería... la verdad es que me acabó tocando el gordo ", ironiza la mujer, que por aquel entonces acababa de cumplir 24 años.
La pesadilla es inimaginable, pero se puede hacer un esfuerzo. Cualquiera puede ponerse en el pellejo, imaginar que aguarda a su marido para pasar las Navidades y, sin saber cómo ni por qué, días después se encuentra rodeada del efímero abrazo de políticos y un trajín mediático que jamás se asimila. La propia ministra de Pesca de entonces, Loyola de Palacio, acudió a expresar su apoyo y solidaridad.
"Estaba todo el día en una nube. Ni siquiera me tenía en pie, y me pasaba las horas tomando pastillas. Me negaba a aceptar aquel desenlace, y por eso iba todos los días a la cofradía, con la esperanza de que hubiera nuevas noticias", recuerda la donostiarra.
La búsqueda concluyó para la segunda semana, aunque los familiares se opusieron, y al menos lograron que el rastreo continuara unos días más. Finalmente se les dio por desaparecidos y, de alguna manera, a eso se aferra Duarte diez años después, a que no ha visto el cadáver de su marido. "Me queda esa sensación, sé que no va a estar en una isla, pero el hecho de no haberlo tocado, no haberlo tenido al lado para poderle llorar me deja una sensación similar a un nudo en la garganta".
Por eso, cada vez que el mar hace de las suyas, como esta semana, la esposa del marinero revive sus propios fantasmas. "Siempre me acuerdo, lo hago aunque no quiera, pero basta que ocurran desgracias como las de estos días para que todavía me acuerde más. Nunca le quiero dar vueltas, no quiero pensar, pero siempre me digo lo mismo: ¡Madre mía lo que tuvieron que pasar allá, en alta mar!".
mantener vivo el recuerdo
Rehacer la vida
Después de la tragedia, Yolanda se marchó a casa de sus padres. Ella vive en la calle Azkuene, a diez minutos de la calle Oiartzun, donde residen sus padres y tiene lugar la entrevista. En realidad, sólo volvió a su casa cuando su madre le forzó, casi a empujones, como reconoce ella entre sonrisas. "Me costó mucho volver, hasta que un día se plantó mi madre y me lo dijo claramente: Bueno Yoli, ya es hora de que rehagas tu vida".
El hogar de Yolanda está tal y como lo dejó su marido la última vez que salió para embarcarse en el Marero . No se ha desprendido de nada; conserva todas sus ropas, retratos y todo tipo de recuerdos. "Sé que no va a volver y, de hecho, mi madre me sugiere que tire la ropa, pero no quiero olvidar. El niño ya no es tan niño, va creciendo, y me gustaría que viera lo que fue su padre", explica Duarte, que reconoce que se ha aferrado mucho al chaval. "Si no fuera por él... no sé, porque una llega a pensar burradas".
Se hermana Mónica, quien le dijo al pequeño Joaquín que su padre ya no regresaría jamás -su madre no fue capaz-, bromeaba ayer con Yolanda.
De las ocho viudas que dejó el Marero, le insiste con cierta mala baba, "todas han tenido novios a lo largo de estos años salvo tú". Yolanda sonríe tímidamente y por el momento prefiere aferrarse al recuerdo.
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