Valores y transición
Hace unas semanas tuve que coger un taxi porque se me escapó el autobús que tenía que llevarme al trabajo. Comencé a charlar con el taxista, que había sintonizado la emisora episcopal. En un momento del viaje me confiesa que "los ecologistas dicen una cosa y otra, pero Franco hizo muchas cosas bien". Considero inútil explicar a ese sujeto nada más. No hace falta decir a quién vota este chófer. Días después hablo con gente que, me consta, votan al PSOE y todo son parabienes para la democracia española y ataques y condenas para el comunismo, los nacionalismos, Hugo Chávez y Cuba. Ninguna crítica al neoliberalismo, ni al capitalismo. Intento explicar la situación política española desde el marxismo y me miran con cara de aburrimiento. Temiendo ser un pesado, me callo.
Es la democracia española en la cual se valora más conocer la letra del éxito de Rodolfo Chiquilicuatre que las enseñanzas del materialismo dialéctico. Es el Estado con más población fascista de Europa. Y una socialdemocracia que llegó al poder de la mano de Washington y de la financiación procedente de Alemania. Ahora hay quien está alarmado ante la bipolarización. Pero de un árbol envenenado no puede salir más que un fruto podrido. A la derecha franquista nadie le pidió cuentas de nada en la transición . Y el PSOE hace mucho que abandonó el marxismo y las posiciones de izquierda. Hace un siglo que Sabino Arana nos dejó avisados a los nacionalistas vascos: "El español, o no sabe una palabra de religión o es fanático".
Traducido al presente: o es del PSOE, en su mayoría laicista y anticatólico o es fundamentalista como los votantes del PP. Eso es en esencia el Estado español: una cárcel de pueblos y una mazmorra para el pensamiento independiente.
Como bien señala uno de los pocos analistas lúcidos españoles, el profesor Gonzalo Puente Ojea refiriéndose a lo que se debió hacer en la transición y no se hizo: "Devolver la soberanía política al pueblo y su ejercicio directo mediante las instituciones universalmente consagradas por la unánime doctrina jurídica y por la práctica general.
Restaurar la legalidad republicana de 1931, para nombrar un Gobierno provisional de juristas y políticos de prestigio e indubitables convicciones democráticas, encargado de preparar y convocar una consulta popular vinculante con una pregunta sobre la opción República o Monarquía, así como legalizar y garantizar la legitimidad de los partidos políticos con el fin de poder asegurar su competencia democrática antes de iniciar la campaña conducente a la expresión de la ciudadanía en la subsiguiente consulta plebiscitaria sobre la forma de gobierno. También la apertura de todos los medios de comunicación públicos para todas las organizaciones sociales y políticas que previamente aceptaran dicha consulta".
Nada de eso se hizo. Y pueden los dos grandes partidos seguir echando la porquería debajo de la alfombra, que más tarde o más temprano tendrán que afrontar los problemas políticos que no resolvieron, entre ellos el problema entre el centralismo y la periferia: el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de Euskal Herria y Catalunya, sin el cual no se puede considerar como realmente democrático al sistema político español.