Editorial
Diluido tándem del 11-M
el tándem que durante los últimos cuatro años han venido formando en la cúpula del Partido Popular
Ángel Acebes
y
Eduardo Zaplana , que pasaron de ser
ministros fuertes de
Aznar a lugartenientes y casi guardianes vigilantes de
Mariano Rajoy , ha sido mucho más que un mero equipo de dirección del grupo parlamentario de la oposición. Este tándem simbolizaba la furibunda derechización desatada por un partido que empezó por no encajar una derrota electoral ganada a pulso gracias a la mentira, siguió alimentando durante toda la legislatura la infamia de la conspiración de los
agujeros negros del 11-M, pasó por la propaganda de eco goebbelsiano sobre la
entrega a ETA y la
ruptura de España y terminó volviendo a caer derrotado ante
Zapatero . Los resultados del 9-M han hecho tambalear el liderazgo de Rajoy en el PP, aunque él mismo ha optado por no apearse. Eso sí, desde el mismo momento que despejó esta primera incógnita comenzaron las especulaciones acerca de que las cabezas del paradigmático tándem -la hipoteca de la herencia de Aznar- serían las primeras en rodar para abrir una nueva etapa. Zaplana ha preferido no esperar a que su presidente le diga que no cuenta con él -Rajoy se ha apresurado a elogiar su figura y agradecerle los servicios prestados a modo de despedida- y su efigie pasó ayer la primera de la
troika popular que adquiere el tono gris del pasado al avanzar su renuncia a su puesto en el búnker del partido
. Tras la pugna personal soterrada en el PP se esconde en realidad un debate sobre su futuro estratégico, en el que ya han asomado algunas voces como la de
Antonio Basagoiti , al que rápidamente ha tenido que salir a eclipsar la propia
María San Gil . La derecha se debate entre la conclusión de que hace falta aún más presión en un segundo asalto al poder perdido o emprender un sincero viaje al centro para ensanchar su espacio. Quizás algunos dirigentes como el concejal bilbaíno se han percatado de que la política de
más madera hunde al PP en Euskadi y Cataluña, precisamente los agujeros donde los socialistas les barren y que le impiden el salto electoral. Y quizás Zaplana haya sido el primero en resignarse a ese diagnóstico.