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¡Mamá, me aburro!

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¿merece la pena hablar acerca de una película tan desarmantemente sincera como 10.000 ? Seguramente no, salvo que se tome como síntoma acerca de la perversidad del negocio cinematográfico. ¿Se han preguntado por qué algunos insisten tanto en esa dimensión económica del mundo del cine? Vayamos poco a poco.

La gravedad de la cuestión que nos ocupa es que a fuerza de repetir que el cine debe ser negocio, ya hemos llegado al mismo origen del término. Lo que -estarán de acuerdo conmigo- es una insensatez. Porque convertir el cine en negocio es proclamar la negación del ocio, o sea su muerte. Ésa y no otra es la etimología del término. Y la paradoja de 10.000 es que, para proclamar lo que ya dijo Godard hace 40 años, Emmerich recurre a una fábula situada en el origen del mundo. Ésa es su mejor idea. Bueno, la única idea. Por lo demás, regreso al saber enciclopédico. Los latinos llamaban otium -o sea, ocio-, al tiempo dedicado a las artes. Así, el otium litteratum era el tiempo libre que dedicaban a las letras. ¿Cuál es el otium cinematográfico de 10.000 ? Ninguno. 10.000 son 109 minutos robados al cine, huérfanos de cine, negadores de cine. No hay ni un solo segundo, ni un solo fotograma en las entrañas de ese celuloide digno de recibir ese nombre.

10.000 sublima el negocio cinematográfico. Obtiene recaudaciones millonarias y nada dedica al cine. Por eso, probablemente, es tan aburrida, tan previsible, tan mediocre. Por eso está interpretada por actores que desaparecerán, no como lágrimas en la lluvia, sino como legañas bajo la ducha en un amanecer resacoso. ¿Quién se acordará de Steven Strait haciendo del primer gran héroe de la humanidad? Ni siquiera Emmerich, el hombre que convirtió a Godzilla, la más bellá metáfora del horror nuclear, en pirotecnia digital.

La suya es la más anodina de las aventuras de la historia del cine. Aquí no hay nada. Algunos efectos especiales de segunda y muchos planos aéreos formulados por (y robados de) cineastas con corazón de niño como Peter Jackson o por narradores con pasión y confusión como Mel Gibson. Lo demás, da risa o pena, depende del humor y/o el talante de cada uno.

Dirección: Roland Emmerich. Guión: Roland Emmerich y Harald Kloser. Intérpretes: Steven Strait, Camilla Belle, Cliff Curtis, Joel Virgel , Ben Badra y Nathanael Baring. Nacionalidad: EE.UU. 2008. Duración: 109 minutos.

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