
Las olas rompen contra el edificio de La Perla, durante el temporal del pasado martes en la bahía donostiarra de La Concha.
E L espectáculo del fuerte oleaje resulta algo habitual a lo largo del litoral cantábrico. Tanto que muchos de nosotros hemos convertido esta manifestación natural en un espectáculo o, incluso, en un juego -no exento de riesgos- cuyo objetivo es escapar de la escena sin resultar alcanzado por el agua. El espectáculo se transforma, a veces, en un peligroso embate marino que se lleva por delante cuanto nosotros hemos colocado ante él con la sana intención de proteger nuestras vidas y nuestros bienes.
Las olas son ondulaciones que se originan en la superficie del mar, causadas por el viento que sopla sobre ella. Si el viento tiene poca fuerza, las olas que creará serán débiles; si lo hace con gran potencial, alcanzarán grandes alturas.
Existen, por otro lado, las denominadas mar de viento y mar de fondo. La primera correspondería a las ondulaciones que se forman en un lugar, como resultado del viento que sopla en esa misma región (por ejemplo, durante el transcurso de una galerna). La mar de viento no se traslada apenas, y sólo tiene relevancia en el lugar en donde se origina.
La mar de fondo resulta mucho más importante. Originada por los fuertes vientos que acompañan a las potentes borrascas, conforma largos trenes de altas olas que se trasladan siguiendo la dirección hacia la que sopla el viento que las ha formado. Estos grandes trenes de olas pueden afectar a zonas a las que, en ocasiones, no llega ni el frente que acompaña a la borrasca, ni el viento que rodea a su parte central.
Los grandes temporales de la costa cantábrica han sido originados por una situación de mar de fondo, a la que, en casi todas las ocasiones, se le ha añadido una mar de viento que genera olas que siguen el mismo rumbo que aquella. Así, la suma de la altura de las olas de la mar de fondo con la altura de las de la mar de viento lleva como resultado la formación de grandes tandas de poderosas olas que, generalmente procedentes del noroeste, se estrellan contra nuestras costas y generan esos grandes temporales a los que -decíamos al principio- estamos acostumbrados.
mareas y viento No obstante, hay excepciones, como la actual. Porque, además de lo dicho, existen otras circunstancias que pueden elevar el nivel sobre el que circula el impresionante oleaje que acompaña a un temporal del noroeste en el Cantábrico.
Por ejemplo, la marea. El principal embate marino que afectó a las costas de Bizkaia y Gipuzkoa se produjo entre las 6.00 y las 7.00 horas del martes. A esa hora la marea se encontraba en fase de pleamar (marea alta), hecho que había sucedido rondando las 5.50 horas.
Se trataba de una marea "viva". O sea, más alta de lo normal porque la Luna se ubicaba en esos momentos muy cerca de su fase de Nueva (o sea, casi en línea con el Sol y la Tierra). Y un detalle muy a tener en cuenta, en su perigeo, o mínima distancia respecto a la Tierra.
Indiquemos que es la Luna el cuerpo que principalmente genera las mareas en la Tierra, y que cuanto más cerca se encuentre nuestro satélite de nosotros, con mayor intensidad atraerá hacia él a la masa marina terrestre.
Para colmo, se trata de una marea alta, viva y equinoccial. El equinoccio de primavera va a tener lugar el próximo día 20. Cuando sucede el equinoccio, la Luna, en su fase de Nueva o de Llena -o sea, cuando produce mareas vivas, según hemos visto-, se sitúa sobre el ecuador terrestre, lo que favorece que el agua marina por ella atraída suba aún más que en el resto del año.
El viento soplaba con fuerza desde el mar hacia la costa. Cuando esto ocurre, la masa marina es empujada contra la línea costera y, como, literalmente, "no cabe" tanta agua como llega hasta allí, termina por subir de nivel. La marea resulta así aún más alta de lo que indican los almanaques.
la ola gigante Pero, ¿y la ola? ¿Cómo es que se originó esa gran ola que muchos citan como principal causante de los destrozos, y que se presentó entre las 6.00 y las 7.00 horas?
La ola principal debió ser el resultado de una combinación de factores. Primero debió de formar parte de una tanda. Las "tandas" resultan series de dos a cuatro olas más altas de lo normal que llegan cada 2 a 4 minutos a las costas. Responderían a un fenómeno similar al de la "resonancia" en física, que se produce cuando coinciden varios factores en un fenómeno determinado.
En el caso de las tandas de olas, éstas serían más altas porque cada ola de una tanda recoge otras ondulaciones que coinciden con ellas y, como resultado, se hace mayor que las demás. La enorme ola, por tanto, debería formar parte de una potente tanda. Pero hay más. A la hora en que llegó a las costas guipuzcoanas, ya se había producido la pleamar y, por tanto, la marea se encontraba comenzando a bajar.
Ello supone que la ola que venía desde el noroeste hacia el sureste (hacia la costa) se encontró de pronto con una contracorriente de marea descendente que viajaba desde el sureste o el sur hacia el noroeste o el norte (hacia mar adentro).
Sucede que, cuando un tren de olas se encuentra, de esta manera, con una corriente en contra de ellas (la corriente puede ser igualmente una de tantas corrientes marinas habituales en, en este caso, el mar Cantábrico), se produce un encrespamiento o aumento de la altura en el oleaje, hasta tal punto que puede llegar a alcanzar entre el 50% y el 100% de su altura inicial.
Dicho de otra manera, una ola de 8 metros puede, al encontrarse con una corriente en su contra (aunque ésta sea floja), aumentar hasta 12 o 16 metros. Si tal aumento coincide con la llegada del tren de olas a la costa, obtendremos como resultado una enorme masa de agua capaz de superar con facilidad las defensas y que, además, puede llegar a introducirse en tierra incluso sin llegar a romper, como parece que fue especialmente el caso de A Coruña, en donde lo hizo a modo de ola de tsunami , o el caso del muelle donostiarra, fácilmente superado por la masa marina.
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