Diario de Noticias de Gipuzkoa

Colaboración

La lucha del pueblo

por Mireia C. Zubiaurre enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

Cuando a unas circunstancias socio-económicas desfavorables se les une la incompetencia y abuso de poder de las elites políticas, cualquier elemento exógeno puede convertirse en el desencadenante perfecto para la llamada guerra de guerrillas. A ojos de muchos historiadores, así ha venido sucediendo en distintos países del Tercer Mundo desde aquel fatídico 1936 en el que Mao Tse Dong publicara su Teoría de la Guerra Revolucionaria , pero paradójicamente fue en nuestro entorno más cercano en el que se establecieron las bases de dicho movimiento social. La coyuntura socio-política vasca del siglo XVIII aderezada con la entrada del Ejército napoleónico en la península fueron razones suficientes como para provocar la aparición de guerrillas dispuestas a entrar en combate por causas no del todo coincidentes con las del régimen político de entonces.

Sus tácticas, sus formas de actuar encaminadas a debilitar a un enemigo mayor en número de efectivos y mejor preparado para el campo de batalla, su conocimiento del terreno, pero sobre todo una imperiosa necesidad por luchar y enfrentarse a las injusticias que se estaban cometiendo, hicieron de la guerra de guerrillas una rebelión de cariz popular en la que, por razones aún confusas, las clases más bajas de la sociedad decidieron tomar las armas y echarse al monte en defensa, algunos afirman, de la legitimidad de los fueros vascos, de su patria y sus modos de vida.

A las puertas del conflicto que enfrentaría a carlistas y liberales, la Guerra de la Independencia nos descubre el poder del pueblo a la hora de organizarse y desbaratar con sus escasos recursos materiales a un ejercito experimentado en materia bélica que indudablemente buscaba una invasión segura. Hoy en día las cosas son diferentes, a pesar de que, en mayor o menor grado, las desigualdades sociales y económicas se mantienen y el descontento de la sociedad con respecto a los poderes políticos es evidente. El conflicto vasco, con todo lo que su no resolución conlleva, ejerce de elemento desencadenante en una sociedad confundida que pretende, a su manera, mantener una guerra de guerrillas un tanto desorganizada e invisible para la mayoría de ciudadanos. Una lucha contra el desgaste cultural, institucional y social, con batallas perdidas de antemano y donde la improvisación reivindicativa se paga cara y los juicios por ello se alargan hasta la eternidad, alimentando con esto un conflicto eterno, viejo y desgastado al que ya no se sabe ni por dónde agarrarlo. Es la lucha de una sociedad a la que han sabido adormecer para introducirla en una jaula y encerrarla bajo llave, a la que han sabido engañar haciéndole creer que todo aquello que está más allá de los barrotes de su nuevo hogar no merece la pena, que la seguridad, lo verdadero y más valioso se encuentra dentro de su propia jaula.

Así, toda reivindicación se agota antes de poder traspasar la barrera, pierde su valor y se difumina entre tantas otras tentativas que se ven apaleadas nada más surgir desde el interior mismo de esta sociedad enjaulada, con cada vez más necesidades materiales, ahogada entre problemas de carácter cotidiano, sin fuerzas tan siquiera de prestar atención a su situación actual, a su falsa libertad.

Las iniciativas independentistas malviven frente a un conflicto firmemente enraizado y políticamente reforzado mediante discursos que ya no calan, que no convencen a una ciudadanía agotada, aburrida y desengañada, que constantemente se cuestiona qué valor puede tener continuar así, pero que no sabe si soportaría la traición cometida por abandonar una batalla que se ha convertido en característica definitoria del pueblo vasco. Esa es la fuerza subliminal política, la de convertir a la vasca en una sociedad aburrida, saciada y firmemente apresada que acabe por ceder, por rendirse y no intentar tan siquiera llegar a entenderse a la vez que genera cientos de ideas y opiniones políticas que no sólo no llegan a cuajar, sino que a penas son asumidas y conocidas por el resto de la ciudadanía. En esto se ha convertido el conflicto vasco, en una maraña mediática en la que la sociedad ha acabado por enredarse y de la que aún no sabe ni de qué hilo debe tirar para empezar a liberarse.

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