Editorial
Las fuerzas de la Naturaleza
UELE ser frecuente que la evaluación de los daños provocados por catástrofes naturales vaya aumentando a medida que las cosas vuelven a su normalidad. La valoración económica de los perjuicios causados por el reciente temporal que ha castigado con tremenda dureza la costa vasca está acrecentándose día a día. Lo que fueron dos millones pasaron en un día a doce, y habrá que seguir sumando hasta que desaparezca el último rastro de la embestida del mar. No han faltado quienes han aludido al calentamiento del planeta, al agujero de la capa de ozono y los diversos disparates que esta civilización está perpetrando contra el equilibrio medioambiental para explicar como castigo de hoy lo que ayer eran temporales, extraordinarios, pero temporales a fin de cuentas, fuerzas de la Naturaleza que en una coincidente y simultánea asociación arrasaban cuanto encontraban a su paso. Cuando aquellas viejas fotografías de las calles donostiarras colindantes con la orilla del mar inundadas, muy probablemente las emisiones de CO2 no tenían nada que ver con las actuales. Y, sin embargo, también el agua se llevaba por delante bajeras, comercios, mobiliario urbano y vehículos, pocos porque aquel parque móvil nada tenía que ver con el actual. Por tanto, no sería serio especular con otras causas artificiales o ajenas para explicar un fenómeno natural, tan natural como la propia Naturaleza liberando en plenitud sus fuerzas. Siempre se ha dicho que en nuestras costas, más concretamente en nuestras costas urbanas, se ha ganado espacio al mar para convertirlo en desahogo y disfrute ciudadano, ya sea para transformarlo en paseos, o en locales de ocio, o en áreas dotacionales. El mar, como todas las aguas libres, es capaz de acomodarse al espacio que le dejan, siempre que estén garantizados los mínimos de calidad para aguantar su empuje normal. Pero nunca hay que olvidarse de que ese es un espacio
robado al mar, y que el mar es capaz de cobrárselo cuando coinciden una serie de condiciones meteorológicas. Y es entonces cuando irrumpe como fuerza de la Naturaleza que es, una fuerza imposible de frenar. No hay otra explicación más sensata que ésta, por más que el desarrollismo desaforado pueda llegar a provocar daños imprevisibles.