
Numerosas personas observan cómo las olas sobrepasan el Paseo Nuevo entre vehículos arrastrados por la marea.Foto: sara santos
donostia. El golpe de mar que azotó en la mañana de ayer la costa vasca se ensañó especialmente con el puerto de Donostia. Al menos medio centenar de pequeñas embarcaciones que estaban atracadas se hundieron o desaparecieron en las aguas del muelle de la capital guipuzcoana, según informó el Gobierno Vasco. El Departamento de Transportes y Obras Públicas, no obstante, precisó que será necesario esperar a que amaine el temporal para hacer un recuento más exacto de los daños.
Las pérdidas las ocasionó una gran ola que rebasó el muelle sur y, además de hundir las embarcaciones, se llevó varias farolas, papeleras y el cartel de información del puerto. La marea afectó también al Club Náutico y a su pasarela y los restos del oleaje podían verse incluso en el paseo de La Concha, a la altura del Ayuntamiento y los jardines de Alderdi Eder, donde el agua rebasó la barandilla.
Durante todo el día, además, se prohibió la presencia de peatones en el paseo del muro del puerto como medida de precaución.
Sin embargo, al igual que ocurrió en otros muchos puntos del litoral donostiarra, numerosos curiosos se arremolinaban en torno al cordón de seguridad que protegía el muelle para contemplar el sobrecogedor espectáculo que ofreció el Cantábrico en Donostia.
"La mar está cabreada, se le nota. Golpea porque se quiere llevar lo que es suyo, lo que la ciudad le ha quitado". Vicente, vecino de la calle Puerto, asentía ante las palabras de su amigo mientras ambos jubilados observaban la marea tranquilos, tras comprobar que el bote de Fermín se había salvado del temporal. "Se ha tragado un montón de barcos, yo no recordaba algo así en Donostia, y menos desde que se hizo el rompeolas".
Al igual que Vicente y Fermín, numerosos propietarios de amarres se acercaron durante la mañana para comprobar si sus embarcaciones seguían sobre las aguas del puerto de la capital guipuzcoana. "¡Está ahí! Llámale al aita", le gritaba Anaritz a su hija, a quien había ordenado situarse unos metros por detrás de ella para evitar que la niña se acercara al borde del agua de la dársena.
"Le he dicho que espere ahí. Ya sé, dentro del puerto se supone que no pasa nada, pero da miedo, mira lo que ha pasado esta noche", decía la donostiarra. Anaritz no era la única que temía un nuevo golpe de mar. Ricardo, dueño también de un amarre en la capital guipuzcoana, miraba su bote. "Trabajo aquí cerca y es la segunda vez que vengo a ver si está la barca. Lo peor es que mañana tendré que volver porque a ver qué pasa esta noche". Junto a él, Fermín insistía: "Ya te digo que la mar, al final, siempre gana".
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