Editorial
Sin referente europeo
NO de los mayores quebraderos de cabeza con el que ha tenido que lidiar el Partido Popular, desde que decidiera dejar atrás las siglas de Alianza Popular, ha sido la homologación con los partidos de centro-derecha europeos, reacios a contar entre los suyos a un partido con profundas raíces en la dictadura franquista. Mal que bien, realizó la travesía del desierto a lo largo de muchos años en donde su verdadera obsesión era que se le considerase una formación de centro, algo que nunca logró. Los últimos años, tras la segunda legislatura de
José María Aznar
, han sido una vuelta a las posturas más radicales e integristas de una política marcada por los sectores
neocon , la FAES, la prensa más reaccionaria y los sectores más ultras de la Jerarquía católica. Hasta el punto de que uno de los líderes de la boyante extrema derecha europea llegó a afirmar hace poco que el único partido de derechas europeo que no se había vendido a las tesis socialdemócratas había sido el Partido Popular español. Pero si hay algo que deja en evidencia ese afán del PP por seguir los moldes de una derecha civilizada europea es la decisión tomada ayer por el recién derrotado
Mariano Rajoy . En ningún país occidental de trayectoria democrática el líder de uno de los partidos grandes, es decir, los que optan a formar Gobierno, se presenta por tercera vez después de dos derrotas consecutivas, con el agravante que venía, además, de haber formado Gobierno entre 2000 y 2004. Eso tenía una cierta lógica al inicio del periodo democrático, los dos intentos de
Felipe González antes de llegar a la Moncloa, o, incluso, los de José María Aznar capitaneando a un partido que buscaba el label democrático. Pero una vez pasadas esas dos travesías del desierto, el resto sobran. La decisión de Rajoy todavía se circunscribe a optar a la reelección de la presidencia de su partido en junio, pero pone en evidencia a un partido acomplejado. No se puede imaginar una situación similar en ningún país occidental. Cuando uno de los dos grandes pierde, su candidato, como hizo
Joaquín Almunia en el 2000, se debe ir. El problema, tal vez, es que la derecha española tiene una dilatada historia de luchas fratricidas y el abandono de Rajoy puede llevarles a una situación interna lo más parecida a una guerra civil.