Editorial
Un polvorín en Sudamérica
ayer, en la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA) un equipo de mediadores no implicados directamente en la crisis intentaba que Ecuador y Colombia retomasen negociaciones para solventar la irregularidad cometida por el Ejército colombiano en tierras ecuatorianas, en el ataque que acabó con la vida del número dos de las FARC,
Raúl Reyes
. Sea cual sea el resultado de este esfuerzo diplomático, ya han quedado intoxicadas las relaciones entre ambos países y las del presidente de Colombia,
Álvaro Uribe , con
Hugo Chávez , jefe de Estado de Venezuela. No son nuevas estas situaciones de fricción en el área sudamericana que abarcan los tres estados y que, como históricamente se comprueba, implican también a Perú y Bolivia. En la base de este polvorín recién activado puede estar la convicción del ala más dura del Ejército y del Gobierno colombiano según la cual puede vencerse a la guerrilla con el apoyo logístico de Estados Unidos -por cierto, Washington apoyó la incursión militar de Colombia en Ecuador-. A esta confianza en la ayuda norteamericana hay que añadir la convicción de que tanto Ecuador como Venezuela mantienen algún acuerdo, o al menos alguna complacencia, con la guerrilla colombiana, Ecuador proporcionándole refugio y Venezuela incluso armas. El Derecho Internacional nunca podrá permitir la violación de las fronteras perpetrada por las tropas colombianas y, en esa frontera difusa de montañas y selvas que separa a los tres países, cualquier espacio físico puede convertirse en santuario del narcoterrorismo. El incidente, grave, provocó en primera instancia la ruptura de relaciones decidida por el presidente ecuatoriano,
Rafael Correa , la amenaza de recurrir a las armas por parte de Hugo Chávez y el anunciado recurso de Uribe al Tribunal de La Haya contra Venezuela. Los tres países han echado mano de la crisis mirando a los retos internos que tienen planteados: el deseo de Uribe de aspirar a un tercer mandato, la crisis económica de Chávez y el reformismo empantanado de Correa. Tras las palabras gruesas y los gestos enérgicos de primera hora, el incidente quedará en nada pero resultará gravemente deteriorada la confianza -ya de por sí frágil- entre las tres repúblicas.