
Ricardo López posa en la oficina que la agencia Descubretuviaje.com tiene en el barrio donostiarra de El Antiguo, donde ofreció una charla la semana pasada.Foto: gorka estrada
donostia.Groenlandia acapara cada vez más páginas informativas en el debate sobre el cambio climático. Desde la experiencia que le aportan sus doce años de expediciones, ¿cuál ha sido la evolución de este territorio durante la última década?
Lo que he comprobado es un aumento de las temperaturas. El pasado año fue sorprendente ver cómo en julio, a las nueve de la noche, estábamos a 21 grados en el sur de Groenlandia. Eso es totalmente sorprendente. Los inuits (esquimales) están un poco asustados con lo que está ocurriendo. Y también es significativo lo que está sucediendo con la llamada autopista del hielo. En una bahía de 300 kilómetros, 40 se congelan cada invierno y son cruzados por la gente con trineos. Desde hace 5 ó 6 años, sin embargo, esa superficie no se está congelando y los inuits han tenido que buscarse nuevas rutas.
Hay quien sigue dudando de que estemos ante un cambio climático...
Yo creo que tendrían que ir a las zonas polares, que es donde de verdad se está notando el cambio climático. Aquí, en Occidente, que la temperatura aumente dos o cuatro grados no nos supone nada. Puede aumentar un poco el nivel del mar, pero no está afectando todavía a nuestra forma de vida. Allí eso sí está ocurriendo y la gente que viaja lo constata. Ve cómo, en tres días, un glaciar cambia de forma.
¿En tres días?
En tres días. Es un sonido constante. El glaciar se rompe, pierde volumen y se caen las paredes.
¿Qué otras afecciones está sufriendo la naturaleza?
Está cambiando. En Groenlandia no hay árboles, pero sí he notado que los arbustos están empezando a crecer más. Otra cosa sorprendente fue que hace tres años, en el sur, la nieve empezó a desaparecer de las cumbres en marzo, casi antes que en los Pirineos. Y como los pastos se mantienen con la nieve, si ésta se va antes, dejan de ser tan productivos.
La fauna está siendo la otra gran perjudicada. ¿En qué medida?
Por poner un ejemplo, hay osos que se están muriendo de hambre porque no pueden cazar focas. Cuando se congela el mar, éstas hacen unos respiraderos, los mantienen durante todo el invierno y salen a respirar a través de ellos. Y el oso puede estar 5, 6 ó 7 horas esperando a que salga. Pero si no hay congelación y la foca ya no necesita esos respiraderos, sino que puede salir libremente en cualquier sitio, el oso pierde la oportunidad de cazar.
Resulta paradójico que quienes menos contaminan sean quienes más sufren las consecuencias de esa actividad.
Así es. Ahora mismo, por ejemplo, uno de los problemas que están teniendo allí es que muchas madres no pueden dar el pecho a sus hijos recién nacidos por toda la contaminación que les llega. Groenlandia no tiene industria y no produce contaminación, pero les llega. Además, la contaminación se mantiene en el hielo y, cuando éste se derrite, cae al mar. Hay madres que no pueden dar el pecho a sus hijos porque les estarían envenenando, y hay poblados en Groenlandia que, por todo lo que les llega, tienen una incidencia de cáncer superior a la de ciudades industrializadas de Alemania.
¿Cómo está viviendo la población autóctona todas estas variaciones?
Hay una especie de contradicción. Por un lado están el aumento de temperaturas, las pérdidas de la caza, la muerte de los osos polares... Pero, por otro, se está viendo una oportunidad económica. Se calcula que el 25% de las reservas de petróleo están en el Ártico, y gran parte en Groenlandia. Este territorio tiene gas, diamantes, petróleo, oro... Ahora mismo ya se están haciendo muchos estudios y empezando a vender los derechos petroleros de explotación.
La otra cara de la moneda...
Sí. Hasta ahora no se ha podido hacer nada con esos recursos por los costes de explotación. Las condiciones climatológicas, los volúmenes de hielo... Los costes no compensaban. ¿Es previsible un cambio radical en el futuro paisaje de Groenlandia? Hay quien habla, incluso, de su desaparición a muy largo plazo.
Va a ser difícil que desaparezca de golpe una capa de hielo de tres kilómetros de espesor y dos millones de kilómetros cuadrados, pero sí las costas. Ya se está poniendo alguna plataforma petrolífera y ya se han empezado a vender los derechos de explotación.
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