
Cartas al Director
en España estamos ahora entretenidos con las elecciones legislativas del 9 de marzo y no hemos prestado gran importancia a la desaparición política de uno de los líderes más mediáticos de los últimos 50 años. Fidel Castro entró de forma estrepitosa en la historia y se va de ella casi de puntillas, sigilosamente, recluido en una ignota habitación que retiene todavía la decrépita vejez de ese singular personaje.
Yo era adolescente cuando Fidel y sus barbudos, en 1959, entraron en La Habana. Había seguido los avatares de aquellos guerrilleros en Sierra Maestra y me resultaba grato pensar entonces que alguien podía limpiar Cuba de casinos y prostíbulos o de feroces tiranos como Fulgencio Batista. Seguí también la osadía con la que Castro y los suyos se enfrentaron a Estados Unidos, país al que España debía la faena de haber perdido aquella isla. Y supe que derrotaban a los "alzados" del Escambray, sorteaban crisis diplomáticas o neutralizaban la invasión de Playa Girón.
Tanta heroicidad me llevó a mí y a muchos jóvenes como yo a sentir adoración por Fidel Castro y por el Che Guevara, que pasaron a ser nuestros santos laicos, nuestros paladines de utopías, generosidades, inquietudes y sueños de libertad.
¡Lástima que todo aquello no fuese más que un espejismo! Los propósitos de dignificación nacional con los que el Comandante en Jefe se presentó ante el mundo pronto quedaron reducidos a humo y mentira, a dictadura sin paliativos e incontinencia verbal. De un modo u otro, le fueron dejando los compañeros que bajaron con él de Sierra Maestra y Humberto Matos, por ejemplo, acabó con sus huesos en la cárcel, Camilo Cienfuegos desapareció misteriosamente en un vuelo de avión, y el Che, víctima de su propia leyenda, murió en Bolivia cosido a balazos.
Cuba se trocó en presidio y en escenario de miedos, de hambres y de silencios. Fugarse de allí se hizo obsesión generalizada y la anterior riqueza del país degeneró en ruina y cascotes, en falta de alimentos y de medicinas, en "carros" vetustos y folklóricos…
Cuba es hoy, más que nunca, triste deambular de niñas-jineteras y destino obsceno de hombres en busca de doradas mulatas. Desde su asalto al Moncada, su posterior exilio en México y su vuelta en el Granma , todo lo que ha hecho Castro ha ido encaminado a perpetuarse en el mando. No le ha importado sacrificar al pueblo ni fusilar los sueños de jóvenes que, como yo, vimos en él a un nuevo libertador. Por ello, aunque ignoro cuándo morirá y dónde le enterrarán, me atrevo a predecir que, si no aventan sus cenizas, llegará un día en el que los cubanos sientan la ineludible necesidad de ir a maldecirle en su propia sepultura.
Adolfo Yáñez
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