
Un jovencísimo Barriola logró la txapela del Cuatro y Medio ante Eugi en 2001.
EL 22 de febrero de 1998 llovía. El limpiaparabrisas jugueteaba con la lluvia entre Leitza y Tolosa. Apartaba a los paracaidistas líquidos que se posaban para garabatear sobre la luna. Abriendo el horizonte: el futuro. Unas manos nerviosas agarraban el volante. El corazón, inquieto. Tamborileando un sueño. La piel del rostro, rasurada. Bien afeitada. De domingo. La mirada, abierta. Iluminada de ilusión. Dos faros para guiarse en el primer recorrido. El iniciático. En el maletero, un tesoro: los pantalones blancos. El traje de luces de un pelotari. Su ser. Su sentido. Tolosa tenía la cara pintada. Sonriente. De fiesta. Carnaval. Disfrazada para llamar a la primavera. En el Beotibar, su frontón, colgaba un cartel. Nombres ilustres. Imanes. Poderosos: Eugi, Errandonea, Lasa III y Capellán. Figuras. Esa tarde un chaval "flaco" de 19 años, Abel Barriola, cruzó el umbral. La frontera. Se colgó al cartel en minúsculas. Abrió la puerta del vestuario. De la capilla. Saludó con timidez. Con respeto. Sus ojos, en alerta, localizaron una silla. Solitaria. La única. Espacio jerarquizado. Los residentes le dieron la bienvenida. La enhorabuena. Uno de los nuestros.
Abel (Leitza, 18 de mayo de 1978) mira por el retrovisor. Ve lluvia. Gotas de diez años. "Recuerdo que llovía. Debuté en Tolosa contra Eneko Galarza mano a mano". Es su primer flash con la camiseta de Asegarce. A medida que tira del ovillo de la memoria, regresa a aquel día. "Estaba nervioso. Tenía los tacos preparados desde dos días antes y los miraba una y otra vez. Con eso sigo siendo muy cuidadoso". Los bautismos son únicos: "El debut es algo muy especial. Además yo había tenido algunos problemas con las manos y se retrasó". Barriola se acerca a la pelota, a su profesión, con devoción. Su relación es transcendental. Reverencial. Ama este deporte, pero sobre todo lo respeta.
Una silla libre "Llegué al vestuario con una sensación de mucho respeto y me senté en la silla que había libre". Jerarquía. En el búnker de los pelotaris, un general: Patxi Eugi. "Era junto a Beloki el pelotari que estaba ahí arriba en aquella época. Me impresionó el hecho de compartir vestuario con él". El de Leitza, un tipo risueño y con el verbo ágil, se quedó mudo. "No hablé casi. Tenía 19 años. Era un chaval y estaba nervioso". El cosquilleo que siempre le acompaña, se lo sacudió en la cancha. Su templo. Barriola ganó a Galarza IV, aunque el resultado se le ha extraviado con el tiempo: "La verdad es que no me acuerdo del marcador". Al partido y a las felicitaciones, le siguió una cena y una celebración. "Un día así es muy especial, sólo se vive una vez y hay que disfrutarlo". Se unieron a la algarabía de Tolosa. Su otro pueblo. "Allí hice mis estudios", subraya. Recuerdos de instituto. "El aprendizaje de un pelotari", dice el leitzarra, es como el de cualquiera, "trabajo y más trabajo". Abel se metió en la factoría de piedra. La cantera del manista. Horas y horas. El valor del estajanovista. Y el de Picasso. "Que la inspiración te visite mientras trabajas". "Salva Bergara me apoyó mucho al principio. Le estoy muy agradecido". En los dos años siguientes a su debut, Barriola se hizo una composición de lugar. Una fotografía del paisaje. "Me di cuenta de lo que era el profesionalismo. Al principio no sabes si puedes dar el nivel o no. Desconoces si puedes llegar a Primera. Lo de las txapelas era un sueño. Realmente no son un objetivo cuando empiezas. Luego, con esfuerzo, vas dando pasos".
El entrenamiento de retegi De su primera etapa le asalta una visión majestuosa. Un punto onírica. "Un día me quedé viendo un entrenamiento entre Julián Retegi y Rubén Beloki mano a mano. En aquella época Julián y Rubén estaban a años luz. Fue una pasada. Veía a Julián cómo metía la pelota en la mano, como sin esfuerzo, lo sencillo que lo hacía todo, y alucinaba. No daba ni un paso en balde por la cancha. De Julián admiraba la facilidad que tenía para jugar a pelota". De hecho, fue de Julián Retegi el único autógrafo que quiso siendo aficionado. Abel acompañó al mito de Eratsun en su despedida de los frontones en 2001 tras once txapelas del Manomanista. La lucha mano a mano, palmo a palmo, "la más pura", según Barriola, le situó en la elite. La atalaya.
días de gloria Ese mismo año, el de Leitza se convirtió en campeón del Cuatro y Medio. "Me ha ayudado la postura que tengo de derecha, de medio lado", apunta con humildad y el instinto, el remate y las piernas de un delantero. Aquella jornada de gozo absoluto, en la que descabalgó a Patxi Eugi en el Ogueta de Gasteiz, fue producto del talento, del trabajo y de la ilusión. "Eso no me lo esperaba. Para mí era un sueño. Solo llevaba tres años de profesional". Fue cuando descubrió la elite. El oropel. Focos y protagonismo. "La mayoría de partidos que jugué ese año fueron estelares". Sin el paraguas del anonimato, aún sin tallar su personalidad, alcanzó la txapela del Manomanista al derrotar a Rubén Beloki, la estrella que veía a años luz, por 22-3. "Es el mejor recuerdo que tengo. El día más grande. Es una sensación increíble, en la que se cumple el sueño que había tenido desde que juego a pelota. En que ves que tu trabajo diario ha tenido una recompensa". De la final, disputada en el Atano III, apenas desgrana dos detalles. "Yo jugué muy bien y a Rubén no le salió nada". Alcanzó el éxtasis. La felicidad plena a los 23 años.
demasiado joven La victoria, tan sumamente convincente por su contundencia, alzó una gigantesca marea Barriolista. La prensa, tan voluble e irreflexiba, tan epidérmica y propagandista, proclamó un largo reinado al campeón. Hacía falta un buen titular. Una etiqueta para fijar triunfador. El pelotari que derrotó a Beloki. El que "marcará una época". Esa soflama perseguía al apellido del leitzarra. Un incómodo zumbido. Insoportable. Aunque el 2003 fue un buen año, fichó por Aspe siendo campeón Manomanista y se confirmó entre los grandes, a Abel le fue devorando la vorágine que se había creado en torno a su figura. "La txapela me llegó demasiado pronto. Todavía no tenía la personalidad suficiente para manejar aquello. Las cosas vienen como vienen, pero yo no estaba preparado para responder a tanta exigencia". La ajena y la propia. "No culpo a nadie de lo que me pasó, fue una cosa mía". Maduro como manista, pero un joven todavía en proceso de formación, la facilidad con la que obtuvo su sueño le desvió. No se distrajo, al contrario, llegó a obsesionarse con la pelota. La ansiedad le redujo. Le aplanó. Su remedio, la pelota y el entrenamiento, eran el origen de sus males.
Tocar fondo Aprendió a combatirla con "una caída en picado". En 2004 sus manos le pidieron auxilio. "Sufrí mucho de manos. No conseguía estar a gusto y no rendía. No daba el nivel". Con las manos enfermas, dolidas, un manista se desvanece. Abel se evaporó de la cumbre. "En 2005 toqué fondo cuando perdí contra Leiza en el Manomanista", confiesa escueto. Su mano derecha estaba en guerra fría. El flujo sanguíneo se le congeló. Mano inerte. Con el ánimo a flote "gracias la familia y los amigos" en los peores momentos, en los que pensó "de todo, hasta en dejarlo", Barriola se sometió a una operación para dar vida a su derecha. Santiago Amillo limpió las venas de su diestra en una intervención quirúrgica de orfebre en agosto. De paso, también desenmarañó la mente de Abel, bloqueada. En las largas jornadas de padecimiento, con la incertidumbre en el despertador, el zaguero de Leitza aprendió a vivir de otra manera. A enfocar la pelota con más distancia. Desde otra perspectiva, acaso menos visceral. "Aprendes a relativizar las cosas. Lo de la mano me hizo madurar". La rehabilitación de la mano resultó un proceso penoso por lento. La mano no acababa de funcionar. Gritaba la mano, dudaba la cabeza. Barriola, un manista metódico, infatigable, esforzado y testarudo, se abrió camino a empujones hasta 2006, el año de su resurrección.
vuelta a empezar Renacimiento. Fortalecido mentalmente, con las manos sanadas y su don natural para jugar a pelota, se instaló nuevamente en el ático. Sin galones, comenzó el Cuatro y Medio desde el sótano hasta alcanzar la final frente a Juan Martínez de Irujo. Un pelotari capaz de ganar el Manomanista en el año de su debut, 2004. En una increíble final, profundamente emocional, el delantero de Ibero se alzó el triunfo por la mínima: 22-21. La derrota, aunque dura, emitió una clara señal. Barriola estaba de vuelta. "Perder así es duro, más cuando has tenido el partido en tus manos, pero mirando la totalidad del campeonato ha sido muy positivo. Me siento de nuevo pelotari". Ésa era su lucha. A punto estuvo de olvidarlo durante dos años complicadísimos. El comienzo de 2007 tampoco resultó sencillo. A pesar del espectacular rendimiento de Abel en el acotado, no fue seleccionado para disputar el Parejas por su empresa.
dos finales, una apuesta Fue un duro golpe. Días más tarde le alcanzó otro directo en la mandíbula. Aspe, promotora en la que está adscrito, pidió un examen médico imparcial a Ander Letamendia, un reputado cirujano, antes de ofrecerle la renovación, aunque disponían de los informes favorables de Santiago Amillo, cirujano que intervino la mano de Abel. Algo inaudito. Abel demostró entonces su grandeza. "No tengo nada que esconder, que me examinen la mano", dijo. Ander Letamendia también dio su conformidad y Aspe le realizó una oferta de renovación de larga duración pero muy rebajada económicamente. Barriola la desestimó. Contraofertó con un solo año mejor remunerado "para ganarme un contrato mejor. El que creo que merezco". Lo fio todo a su dedicación y a su capacidad pelotazale. Se proclamó subcampeón del Manomanista tras sacar del torneo a Martínez de Irujo, campeón en curso, Xala, Peñagarikano y Eugi, entre otros. Sólo le superó Aimar en la final de Anoeta. Fernando Vidarte, máximo mandatario de Aspe, no tardó demasiado en cerrar la ampliación de contrato de Abel Barriola, que comenzó a disfrutar de su apuesta ganadora ayer. El zaguero de Lei-tza cerró 2007, "el de la vuelta a la elite", con el subcampeonato en el Cuatro y Medio después de caer ante Titín. Con la plaza fija en el Parejas del 2008, y acompañando a Gonzalez, el zaguero navarro ha festejado su década en la profesión alcanzado la liguilla de semifinales de la competición. Entonces mira para atrás y lanza con cierta nostalgia "Todo ha pasado muy rápido". Como la lluvia en el retrovisor.
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