
C ORRíA el 31 de agosto de la temporada 1997-98, en plena era de despilfarro de los clubes en fichajes por los contratos televisivos, y la Liga alzaba el telón en el Santiago Bernabéu con un apasionante derbi madrileño. Una vez más, como tantas otras, el Atlético fue infinitamente superior a su eterno enemigo, pero salió del recinto de La Castellana con sólo un punto y con cara de tonto. El principal motivo de su escaso botín fue que un italiano recién llegado, grandote y con pinta de torpón, al que la afición rojiblanca todavía no había podido catalogar, ya que no era demasiado conocido y había llegado pocos días antes, desperdició ocasiones de todos los colores. Como cada vez que se cruza con el vecino, el mundo atlético está gobernado por los traumas y los extremismos, y durante los días siguientes la prensa, en su gran mayoría madridista, no dudó en señalar al nuevo delantero como el principal responsable por no haber ganado y dedicarlepiropos varios como "paquete" o "patoso".
Pues bien, sé que juego con ventaja porque conozco el resultado final (pichichi con 24 goles), pero estuve ese día en el Bernabeú y el señor Christian Vieri, que así se llamaba la mala bestia al que fichó el Atlético de un desconocido club italiano llamado la Juventus de Turín por el módico precio de ¡3.000 millones de pesetas!, completó un partido impresionante. Los centrales madridistas, Hierro y Alkorta, no sabían cómo pararle y, aunque, evidentemente, no estuvo acertado de cara a puerta, puso el gol en bandeja a Juninho y no paró de generar peligro.
¿Les suena de algo? Sé que media un abismo entre Vieri y Díaz de Cerio, pero quizá es en esta diferencia donde se debe sustentar la defensa del de Herrera. Iñigol ha salido de Zubieta, no ha costado un duro y se ha hinchado a meter goles vestido de blanquiazul.
¿Qué falla ocasiones? Sí, es verdad, pero la gran mayoría de ellas se las crea él solo. No tiene la puntería, ni la potencia, ni la técnica, ni la sangre fría de un delantero de 3.000 millones, pero sólo nos puede llenar de orgullo que hayan sido los tantos de un delantero de la casa los que hayan permitido al equipo alcanzar la lucha por el ascenso. Díaz de Cerio vive por y para el gol. Lo lleva en la sangre y tiene un don innato para cazar balones en el área (lo ha dicho él mismo esta semana: "No soy de los que se lo piensa mucho, hago lo que me sale").
Su dependencia es de tal calibre que muchas veces termina por traumatizarle cuando no consigue marcar. Está claro que debe mejorar en ese sentido, pero siempre estamos con la misma historia. Si jugara en otro equipo seguro que estaríamos muy preocupados cuando fuera a enfrentarse a la Real. Protejámosle, porque el gol no abunda en ninguna cantera.
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