
Jesús Caldera, ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, posa en el Congreso con diputadas y representantes de las asociaciones de mujeres.
E L próximo 9 de marzo se celebrarán en España las primeras elecciones generales con la Ley de Igualdad en vigor. Su objetivo es equilibrar los escaños adjudicados a mujeres y a hombres como fruto del resultado electoral. Sin embargo, parece que poco va a cambiar.
Si con las listas que acaban de presentar los partidos se repitiera el mismo resultado de 2004, en el Congreso sólo habría cinco diputadas más que entonces. Además, el PSOE, impulsor de esa igualdad de oportunidades entre los géneros, obtendría hoy tres diputadas menos que hace cuatro años.
La ley exige la composición equilibrada de las listas electorales de forma que en su conjunto, y, en todo caso, en cada tramo de cinco puestos, los candidatos de uno y otro sexo no podrán estar representados por más de un 60% ni por menos de un 40%.
pocas cabezas de lista Pese a que la presencia de las mujeres en la política española se ha incrementado a lo largo de los 30 años de democracia hasta ocupar un 36% (se ha multiplicado por seis al pasar de 21 a 126 escaños) de los 350 escaños del Congreso en la VIII Legislatura (2004-2008), PP y PSOE sólo han confiado en esta ocasión a mujeres 13 de los 52 primeros puestos de sus listas a la Cámara Baja.
La cifra de candidatas al Congreso ha pasado de las 2.251 de 2004 a las 3.969 actuales (un 76% más), frente a los hombres, que pasan de 4.356 a 4.580. Pese a este fuerte aumento de la presencia femenina, las mujeres sólo lideran una de cada cuatro candidaturas al Congreso presentadas por los dos principales partidos, un porcentaje similar al de los comicios de 2004 cuando el PP presentó a 12 mujeres en cabeza de lista y el PSOE a 13.
En el Senado, donde la Ley de Igualdad establece que las listas deberán tener una composición equilibrada de mujeres y hombres de forma que la proporción de unos y otros sea lo más cercana posible al equilibrio numérico, son 1.261 (1.188 en 2004) los candidatos titulares, frente a 774 candidatas (514 en las anteriores generales). En 2004, la representación femenina en la Cámara Alta se reducía a un 25%.
Y es que, hecha la ley, hecha la trampa. A los partidos les basta con sencillos trucos en sus listas electorales para burlar el espíritu de la ley. En su mayoría, los puestos de salida los ocupan hombres, y las mujeres se ven relegadas a aquellos que tienen menos posibilidades.
Por ejemplo, los tramos de cinco encabezados y cerrados por una mujer, una fórmula repetida en muchas listas, propician que tres de los primeros cuatro puestos estén ocupados por hombres.
Las listas en cremallera (hombre-mujer-hombre-mujer) también tienen su trampa. En aquellas provincias donde los diputados electos son impares, este modelo pude perjudicar a las candidatas si el tramo de cinco está encabezado por un hombre, y viceversa. Sólo un 25% de las provincias tienen a una mujer como cabeza de lista.
Otro truco es saltarse la alternancia hombre-mujer o mujer-hombre por mujer-hombre-hombre-mujer. En caso de que fueran tres los elegidos, serían dos hombres y una mujer.
Otra opción es colocar como cabeza de lista a un ministro. Esto supondrá que todos los candidatos bajarán un puesto. Si lo que se pretende es una mayor presencia masculina en la lista, las candidatas femeninas ocuparán los puestos inferiores.
cubrir el expediente De esta forma, da la impresión de que los partidos, más que tratar de obtener una paridad en sus listas, han apostado por cubrir el expediente de la ley y, en lugar de buscar una verdadero equilibrio, han convertido el porcentaje mínimo en una cuota. Los partidos ven el tema de la paridad más como una obligación que como un derecho democrático. Da la impresión de que la presencia femenina se sigue viendo como una cesión obligada por ley.
Sin embargo, las mujeres se han ido incorporado a la política y han demostrando lo obvio: que no son ni más tontas ni más listas que los varones, sino que hay de todo.
Así las cosas, no hay que negar que a la mujer se le sigue exigiendo más que a los hombres para alcanzar las mismas metas. La política no escapa del resto de ámbitos laborales. Para que una mujer ocupe el número uno en una lista necesita algo más que una brillante trayectoria política a nivel provincial. La mayoría de las cabeza de lista de los partidos mayoritarios o han sido ministras o volverán a serlo, mientras que entre los hombres, muchos son desconocidos más allá de su circunscripción.
El perfil de las ministras también ha cambiado. En 1977, la mayoría de sus señorías estaban casadas (sólo había cinco solteras) y entre ellas se podían encontrar maestras, periodistas, pedagogas, empleadas de banca e incluso un ama de casa, la profesión más extendida entre las mujeres de la época.
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