
Y tiro porque me toca
mí la independencia de Kosovo no me parece ni bien ni mal, me resulta inquietante más que nada. Es probable que en los Balcanes muera mucha gente y que el odio racial y tribal vuelva a hacer aparición en la escena pública. Algo más desde luego que el ataque, comprensible más que nada, a la embajada de los Estados Unidos en Belgrado. Era algo previsible, preceptivo, de reparto, pues a fin de cuentas ha sido ese país criminal el artífice de la secesión unilateral de Kosovo, arbitraria para unos, claro, de pleno derecho para otros (igualmente, claro). Sin el apoyo del aparato militar americano (su diplomacia no es más que el antifaz de ratero de su industria armamentística) no hubiese habido independencia que valiera. Más preocupante es el Somos tribus, que me decía hace unos días un profesor rumano cuando me explicaba la composición nacional de países de los Balcanes y los Cárpatos, a base de minorías o mayorías étnicas desplazadas y obligadas a la convivencia forzosa y no siempre deseada, según modelos occidentales (jacobinos) que les son por completo ajenos. Que la independencia ponga sobre el tapete el derecho de los pueblos a decidir, como se ha dicho, es algo que me parece una fantasía propia del optimismo incurable de quien anda en esos negocios. No es tan simple. La aprobación o reconocimiento por parte de algunos países de la Comunidad Europea del nuevo estado de Kosovo me parece cuando menos tartufesca y sospechosa. Por ejemplo, ese Maquiavelo hungaroide de Sarkozy jamás admitiría que los corsos hicieran lo propio con Córcega ni mucho menos los vascos, a quienes se les niega hasta un departamento propio para que no incurran en tentaciones independentistas. Es decir, que nos encontramos, una vez más, ante la muy canallesca actitud francesa hacia los problemas de sus vecinos, negando la existencia de los propios o reduciéndolos con el peso de los medios de comunicación a niveles de caricatura. Francia jamás renunciaría a la fuerza para mantener la unidad de su estado-nación. Por eso le da exactamente igual apoyar la independencia de grupos étnicos fuera de sus fronteras y predicar derechos que en su propio territorio niega. A los españoles, en cambio, la independencia de Kosovo les ha parecido algo realmente alarmante. Parece como que dicen que a lo mejor tienen motivos de temer declaraciones unilaterales de independencia. Es mucho temer con todo sin el apoyo de algún matón. Bien es cierto que otros países que tienen pendientes cuestiones identitarias y territoriales también se oponen a que los albano-kosovares decidan por su cuenta. Sin embargo, Turquía, que no duda en violar el territorio de sus vecinos y reprimir al límite del genocidio a los kurdos, reconoce la independencia de Kosovo. Tal vez porque sabe que con los kurdos, dentro y fuera de sus fronteras, puede emplear sin traba alguna la fuerza y tenerlos sometidos. Rumanía es de los países que no reconocen a Kosovo. Pero poco más se puede esperar de un país que tiene su oscura historia reciente por escribir y donde a los serbios les llaman los señores de los Balcanes con indisimulada admiración. A los rumanos, más que que se separaran las minorías nacionales que viven en los territorios que conforman el país, les gustaría echarlas de esos territorios, que no es lo mismo. La România Mare o Gran Rumanía no cuenta más que por la fuerza con sus minorías étnicas. Y sus motivos son los de un país cuya moneda, aun estando de nombre dentro de Europa, ni siquiera es convertible fuera de sus fronteras, lo que rebaja su europeidad a niveles de caricatura política. Una situación, la abierta con la secesión de Kosovo, que resulta vagamente inquietante, pero no más inquietante que otras veces, en la medida en que todo aquello queda lejos y se nos sirve en bandeja de Super Bowl. Nos da igual que la guerra de Troya tenga o deje de tener lugar, mientras haya salsa y se sirva lejos. En los Balcanes siempre se mueren los otros.
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