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Angela Long sonríe mientras vende su artesanía.
E L pasado martes por la tarde me topé con una estampa poco frecuente en la Avenida de la Libertad. Justo frente a una entidad bancaria observé cómo grupos de viandantes se iban parando ante un banco. Dejé de hablar por mi teléfono móvil y me acerqué. Cuando llegué me sorprendió ver a una chica, con aspecto de proceder de latitudes norteñas, que había montado un tenderete en la misma acera. Ella, sentada en el banco, y en el suelo, sobre una pequeña sábana, lo que vendía. Productos que ella misma elabora de manera artesanal.
Como uno es locuaz por naturaleza, no pude dejar de acercarme y entablar una amena conversación. Después de explicarle que era periodista e interesarme por conocer su historia, la sorpresa me llegó en forma idiomática al comprobar que me contestaba en inglés. En fin, rescaté de la memoria las horas metidas ante el Collins Pocket y me lancé en una conversación que resultó interesante bajo la asombrada mirada de los transeúntes, que mientras se paraban para comprarle algún objeto, me miraban con cierto asombro. Me quedó la duda de saber si se asombraban por estar entrevistando a la inesperada protagonista o si lo hacían al escucharme hablar osadamente el idioma de Shakespeare.
Se llama Angela Long y me contó que había llegado horas antes procedente de Shropshire, en el País de Gales, al norte de Birmingham. Lo curioso de la historia radica en que salió de su ciudad natal hace más de dos meses en compañía de un novio, que ha perdido en la ruta, ya que tras haberse aventurado en tierras de los Países Bajos -según entendí- él prefirió quedarse por allí. La chica siguió con su periplo sola, viajando en su furgoneta con intención de llegar hasta Granada, recalando en los lugares que le llaman la atención. De hecho antes de llegar a Donostia estuvo en Arcachón, aunque desconozco si se lanzó a la vorágine de comer las típicas ostras. Total, que el martes llegó a Donostia, y no se le ocurre a la buena mujer más que aparcar su furgona en Gros y montarse el chiringuito delante de la cadena de hamburguesas del Boulevard. Por lo que me contó, unos guardias municipales le invitaron a irse con sus artículos a otra parte. No me quedó muy claro si se enteró de que en esta ciudad no está permitida la venta ambulante, porque ni corta ni perezosa cruzó la plaza de Gipuzkoa y volvió a lo suyo, en la Avenida, donde por cierto, sí que vendió alguna cosilla. Volví pasada media hora para comprobar si continuaba allí y ver cómo le había ido. Ya no estaba.
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