
Tribuna Abierta
"kosovo no tiene precio", afirmaba el primer ministro serbio Kostunica cuando subrayaba que Serbia no aprobará la independencia de su provincia a cambio de firmar una serie de acuerdos con la Unión Europea. Todo ello, a la vez que soltaba la sabida retahíla de cuál era la legalidad vigente en Kosovo y la violación que se comete con la proclamación de independencia y el envío de la misión de la Unión Europea.
Y razón no le falta. Es extensa la lista de países europeos que en su día proclamaron la independencia y que, a pesar de ser independientes de facto , no han obtenido reconocimiento internacional alguno en nombre de la legalidad vigente: la República de Transdniéster (en Moldavia), la República de Osetia del Sur (en Georgia), la República de Chechenia (en Rusia), la República de Abjasia (en Georgia), la República Turca del Norte de Chipre, la República Serbia de Krajina (en Croacia), etc.
Pero todo ello no es óbice para que el gobierno serbio admita la legitimidad que asiste al nuevo gobierno kosovar. Son cosas que pasan, hay momentos en los que los conceptos de legalidad y legitimidad se disocian.
Kosovo es un territorio históricamente poblado por diversas nacionalidades. En los últimos siglos, los grupos étnicos con mayor representación han sido los serbios y los albaneses. Y tras años de disputas de baja o alta intensidad (no explícitas o explícitas), fue Serbia la que integró el territorio dentro de sus fronteras nacionales.
En cuanto a la población, a finales del siglo XIX los serbios eran alrededor del 50%, pero en este último siglo ha arrojado un vuelco importante en los equilibrios demográficos: en 1991 el 81% se declaran albaneses; el 11% serbios y montenegrinos, y finalmente, estaban otra serie de minorías étnicas entre las que destacaban los gitanos.
Durante los bombardeos de la OTAN en 1999, miles de albaneses huyeron de la represión serbia para volver con la victoria de las tropas occidentales. La consecuencia fue el inicio del revanchismo albanés con ataques y saqueos al resto de habitantes de la provincia, motivo por el cual se produjo un éxodo de estas minorías. Persecución albanesa que ha vuelto a aparecer intermitentemente hasta los días de hoy. Tras la victoria militar de la OTAN, se estima que los huidos de Kosovo pueden estar entre unos 200.000 y 300.000 (la gran mayoría serbios, aunque llama la atención también el alto número de gitanos). Habría que aclarar que el motivo de huir incluye las persecuciones albanesas y revanchas, pero también motivos económicos, de penuria social y pobreza general. En consecuencia, hoy Kosovo es una provincia en la cual más del 90% de la población es albanesa. La gran mayoría favorables a la independencia de la provincia.
En este caso, ¿quién tiene más legitimidad que el 90% de los pobladores de un territorio para decir lo que quieren ser? Porque esa es aproximadamente la cifra de personas que están a favor de la independencia de Kosovo. En democracia, no se puede vivir contra la voluntad mayoritaria de la población, y en este sentido, es comprensible que las autoridades kosovares terminaran proclamando su independencia el pasado domingo. Pero además de no admitir el gobierno serbio la legitimidad democrática que asiste al gobierno kosovar, lo que me parece más triste es su desprecio por los serbokosovares. Los estados demasiadas veces se dedican a la defensa de símbolos y orgullos patrios vacíos, que a menudo sólo sirven para alimentar a la casta que ocupa el poder. Y no pocas veces lo hacen en contra de la población y la nación que dicen defender.
En el caso de Kosovo, para Belgrado el futuro de la minoría serbia en la provincia es una cuestión secundaria y en parte, sólo le interesa porque le sirve de pretexto para ir en contra del proyecto independentista. Las persecuciones que han sufrido los serbokosovares o el aislamiento, son una realidad. No le falta razón en este sentido al gobierno de Serbia, es innegable que desde 1999 se está aplicando una política de vencidos y vencedores, en la que los albanokosovares se imponen en todos los aspectos de la vida social a los serbios, gitanos y el resto de minorías. Es una situación de la que en una gran parte, junto al gobierno kosovar y el serbio, son responsables las potencias occidentales.
Pero lo doloroso es que de estas minorías nadie se preocupa. Los políticos serbios sólo se preocupan de su orgullo nacional herido por la amputación de parte de su territorio. Por ello, el discurso que vende Belgrado a los serbokosovares, de confrontación con el gobierno de Prístina, no sirve más que para empeorar la vida de estos y abundar en su situación de aislamiento. En cambio, si el objetivo del Gobierno serbio fuera facilitar la vida y el desarrollo cultural/nacional de los serbokosovares, su postura debería de ser apostar por un estado multicultural en Kosovo.
Pero los políticos serbios han priorizado que Kosovo siguiese formando parte de sus fronteras nacionales y en ningún momento se han planteado negociar seriamente un proyecto para un Kosovo independiente que pudiese asegurar una situación óptima y segura para los serbokosovares.
El resultado, desde el punto de vista de los serbokosovares, ha sido negativo. No en vano, los serbios no paran de perder peso demográfico en la región y, por lo tanto, siempre tienen ventaja aquellos que son numéricamente superiores. Por ello, desde una perspectiva serbia, hubiese sido más inteligente negociar fórmulas que paren este proceso de perdida de peso cuantitativo, e incluso, de búsqueda de retorno de refugiados serbios que están fuera de Kosovo.
En este sentido, no es correcta la interpretación que hacían los serbios de las negociaciones, decían que no era una negociación sino una imposición. Está visión es muy corta de miras, porque sólo se subraya que lo único que admitían los albanokosovares era la independencia. Aunque la realidad es más compleja, había mucho que pactar, y Serbia tenía mucha capacidad de negociación. Si hubiesen negociado la independencia de Kosovo la situación hubiese sido al revés, la sartén la hubiese tenido agarrada por el mango el gobierno serbio.
Los albaneses, con tal de conseguir una Kosovo independiente a todos los efectos internacionales, hubiesen estado dispuestos a favorecer una situación óptima para los serbokosovares y su cultura. Además, la presión internacional en este caso la hubiese tenido que sufrir el gobierno kosovar. Pero las cosas están como están. Es verdad, los políticos serbios no han vendido Kosovo, pero en cambio, hace tiempo que vendieron a los serbokosovares en nombre de las fronteras del Estado.
* Profesor de Ciencias Políticas en la UPV/EHU
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