Editorial
La libertad de Kosovo
El primer ministro de Kosovo, Hashim Thaci, proclamó ayer unilateralmente la independencia de la que todavía era provincia serbia "para satisfacer la voluntad de los ciudadanos". Quizá sea la primera clave: la independencia de Kosovo responde a la voluntad democrática muy mayoritaria de sus ciudadanos -aunque es cierto que el nuevo Estado debe saber acomodar los intereses de la minoría serbia-. Es un ejercicio de democracia, más allá de las valoraciones políticas interesadas de quienes, por razones tácticas o localistas -como el Gobierno español- se oponen a este paso. De hecho, las reacciones del Gobierno del PSOE y del PP oponiéndose a la declaración de independencia de Kosovo no reflejan más que una debilidad política: es un rechazo oportunista por
miedo a que el ejemplo de Kosovo sirva de inspiración al debate social y político que mantiene abierto el Estado español respecto a su vertebración económica y territorial. Pero en esa posición a la contra -que acaba situando a Zapatero con aliados del
calado democrático de Putin-, hay también un ininteligible temor a la asunción de la realidad política de un Estado plurinacional. No se trata tanto de que la solución de Kosovo sea trasladable directamente a Cataluña, Vasconia o Escocia o Flandes -de hecho, cada realidad nacional sin Estado en la UE de hoy puede y debe tener sus propias soluciones-, sino de que de la negativa a la aceptación de un pronunciamiento democrático y libre se deriva un ridículo miedo a la misma esencia del modelo democrático. En Kosovo, los extremistas de la Gran Serbia aplicaron en 1998 el estado de excepción, anularon la autonomía política y cerraron escuelas y universidades: un discurso muy similar al que aquí han utilizado como amenaza dirigentes derechistas y demagogos populistas como Mayor Oreja, Bono y otros. Y la supuesta
limpieza étnica de Kosovo fue uno de los argumentos ante la opinión pública europea para justificar la intervención militar de la OTAN -con Javier Solana de portavoz- que acabó con Milosevic. La decisión de los kosovares es legítima en cuanto que es fruto de su libre voluntad, y no parece de recibo situarse de perfil por necesidades electorales ante un debate de calado democrático. Más aún si el reconocimiento de EEUU y el respaldo en la UE muestra que el Derecho Internacional es abierto, aunque siga sujeto a intereses geopolíticos y económicos antes que a valores democráticos.