Editorial
20 años removiendo obstáculos
el reto de avanzar en la igualdad de oportunidades nunca estuvo en la agenda política de los gobiernos hasta la década de los ochenta. Es más, la necesidad de crear nuevas relaciones entre hombres y mujeres lejos de subordinaciones e impulsar una nueva organización social basada en el principio de la igualdad de género era una reivindicación que se asociaba históricamente al feminismo, uno de los movimientos más importantes del siglo pasado y clave para entender la revolución social de las últimas décadas a pesar de que, como consecuencia de un cruce de intereses creados, viva un manto de desprestigio injusto y poco acorde con sus grandes aportaciones. Porque pocos de los cambios sociales que se han vivido desde la década de los sesenta en el mundo se entienden sin la eclosión del segundo movimiento feminista. Porque muchos de los principios y derechos asumidos con total naturalidad en la vida actual son el logro de reivindicaciones feministas, aunque su origen haya quedado diluido por el devenir de la historia. La creación de organismos públicos a favor de la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres representó en los ochenta la institucionalización del feminismo, el paso de la pancarta a los despachos y la asunción, por parte del movimiento de mujeres, que lejos de rechazar el poder por ser eminentemente patriarcal, había que intervenir desde el poder para poder cambiar las cosas desde las propias estructuras. Emakunde, surgida tras la declaración de la Conferencia Mundial de Nairobi de crear estructuras institucionales para avanzar en la igualdad y fruto de un activo movimiento feminista en Euskadi, fue una de las primeras instituciones que se crearon en todo el Estado con este objetivo. A lo largo de estos 20 años y bajo el primer impulso de la donostiarra
Txaro Arteaga
, fue enarbolando la incómoda bandera de hacer ver lo que pocas personas alcanzaban a ver, ya que como consecuencia del sistema de roles que se ha mantenido casi invariable a lo largo de los siglos, la desigualdad entre hombres y mujeres está tan arraigada en las estructuras que a menudo, excepción hecha de los casos más flagrantes, resulta invisible a primera vista. Uno de sus últimos logros ha sido la aprobación de la Ley de Igualdad, una herramienta de trabajo con la que se abre una nueva etapa en la larga tarea de erradicar la discriminación de género.