Diario de Noticias de Gipuzkoa

Colaboración

Realidad antropológica

por mireia c. zubiaurre enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

Nos tachan de románticos por vivir aferrados a un pasado injustamente manipulado cuando lo psicológicamente saludable es olvidar y caminar en busca de un futuro mejor. El apego que sentimos para con nuestra tierra se ha convertido en tópico fácil y que nos consideremos el ombligo del mundo es ya una sentencia de lo más recurrente, precisamente cuando la globalización en boga busca la ruptura de barreras culturales y la homogeneización socio-cultural. Nos critican por creer (falsamente) que lo nuestro es inamovible, intocable e incuestionable cuando paradójicamente ni nosotros mismos somos capaces de definirnos territorialmente como nación gracias a la minuciosa labor de aquellos que desean vernos desaparecer entre la muchedumbre española.

Nuestras cumbres y valles, nuestros pueblos y ciudades, nuestra cultura, nuestras costumbres, todo aquello que nos rodea y define no es mejor ni peor con respecto a lo existente más allá de nuestras fronteras, pero la concepción que tenemos de las cosas, esa respuesta que busca la autoprotección no es más que una consecuencia de nuestro instinto de supervivencia, de la necesidad de convencernos a nosotros mismos que aún existimos, que aún estamos aquí y que seguimos reclamando lo que nos han ido arrebatando a lo largo de siglos de sufrimientos y luchas.

Todo se encuentra impregnado de esa historia pasada que en su transcurrir natural nos ha ido formando como pueblo, introduciendo en nuestro subconsciente ese sentimiento de pertenencia y de orgullo por ser lo que somos y por haber logrado llegar hasta aquí. Eso es lo que hace que todo sea diferente, que nos sintamos diferentes y que no podamos evitar una sensación de ahogo, de impotencia al ver como nuestra tierra es atacada, como se le falta al respeto, como se deja perder en manos del olvido las experiencias y sabiduría de nuestros antepasados, cuando no las pruebas tangibles (léase arqueológicas) de nuestro pasado más remoto. Mientras nuestros pequeños pueblos se hunden entre oleadas de nuevas viviendas sin personalidad, las ciudades empiezan a perder por sus esquinas lo autóctono e históricamente reseñable, por no hablar del garabato de carreteras y nuevas infraestructuras que nos están dibujando sobre las cada vez menos zonas verdes e industrialmente libres de Euskal Herria. Cualquiera que sea nuestro destino, allá encontraremos las intimidadoras máquinas excavadoras acompañadas de sus inseparables camiones de obra a los que no podemos evitar lanzar una mirada teñida de odio e impotencia. Esto si no nos acercamos hasta Zuberoa o Behe Nafarroa donde la agresión socio-cultural tira por otros derroteros, no por las obras sin control si no por el vaciado de sus pueblos y ciudades. Nadie invierte en Zuberoa o Behe Nafarroa, nadie apuesta por sus gentes y su cultura obligando a los jóvenes a abandonar su lugar de origen para trasladarse a la costa o a alguna ciudad francesa cercana en busca de trabajo y una vida con un plan de futuro factible.

No son más que las sutiles maneras a través de las cuales intentan difuminar lo diferenciador del pueblo vasco, bien mediante el olvido, la dispersión o la introducción del mismo en las garras de las globalización y el desarrollismo sin sentido. Un pueblo que mantiene sus características culturales más características, sus hitos históricos, sus personajes ilustres, sus costumbres y tradiciones ancestrales en botes con formol no va por buen camino si lo que anhela es obtener el reconocimiento internacional de su existencia como nación independiente. Claro está que un pueblo cuyas gentes son constantemente atacadas, faltadas al respeto y en no pocas ocasiones ignoradas, acabarán creyéndose que la verdad que se les presenta es la mejor y más cómoda, que todo lo demás huele a rancio, a viejo y que no merece la pena preocuparse por sus derechos como pueblo. Quienes nos envían esa información qué duda cabe deben ser hombres y mujeres que no sienten apego alguno por su tierra, que no la aprecian como merece; o bien son personas que desde el otro lado de la frontera, llenas de un odio incomprensible y una intolerancia que raya el fanatismo son incapaces de reconocer la existencia, histórica, cultural y lingüísticamente demostrable, del pueblo vasco.

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