Editorial
El poder de los 'neocon'
O es fácil de entender que cuando -según el CIS- sólo el 16% de los católicos de este país practica sus deberes religiosos, la Jerarquía española haga exhibición de poder llegando al enfrentamiento directo con el Gobierno. Cuando las iglesias están vacías, los obispos españoles convocan a llenar las calles y se alinean de manera casi insolente con el partido que se propone como alternativa al poder. Este contradictorio comportamiento va más allá de lo que los obispos españoles representan, y hunde sus raíces en ese medio millón de exaltados seguidores que componen en el Estado español las distintas familias del máximo conservadurismo, de ese poder
neocon que se ha apoderado de la Iglesia y la ha escorado hacia el integrismo. Medio millón de fanáticos activos que se consideran a sí mismos poseedores de la única verdad para salvas a una sociedad cada vez más secularizada. En las dos últimas décadas, media docena de movimientos ultraconservadores han constituido una poderosa fuerza de choque que han desplazado del poder a las históricas órdenes religiosas -jesuitas, dominicos y franciscanos- en las que se ha apoyado el Vaticano. Esas órdenes tradicionales respiraron con disciplina el oxígeno del Concilio Vaticano II y sectores importantes de sus religiosos alimentaron nuevas ideas y nuevos comportamientos, algunos tan vitales y comprometidos como la Teología de la Liberación. Hasta que llegó Juan Pablo II, un Papa tan conservador como receloso, que se echó en brazos de quienes le garantizaban una Iglesia de siempre, una Iglesia evangelizadora del primer mundo en el que no hay más hambre que el poder. En 1998 Karol Wojtyla recibió a los fundadores de esa refundada Iglesia neoconservadora, dando así carta de naturaleza a organizaciones integristas como el Movimiento Neocatecumenal de Kiko Argüello, o los Legionarios de Cristo de Marcial Marcel -recientemente fallecido tras un triste ocaso motivado por las acusaciones de abusos sexuales a seminaristas-, o el Movimiento Apostólico Schoenstatt del alemán José Kentenich, organizaciones todas ellas que han desplazado en influencia sobre la Jerarquía incluso al Opus Dei. Ellos son los que alientan las insolencias ultramontanas de una Conferencia Episcopal que ahora necesita al PP.