
Tribuna Abierta
la Compañía de Jesús, que estos días ha iniciado su Congregación General, en el año que acaba de terminar ha celebrado dos efemérides importantes: el centenario del nacimiento del Padre Pedro Arrupe, S.J., y los ciento cincuenta años del nacimiento del Hermano Francisco Gárate. Sus vidas fueron muy distintas, pero tuvieron en común su condición de vascos y jesuitas, así como su vinculación con Bilbao, donde nació el primero y lugar en el que el Hermano Gárate vivió más de 40 años como portero de la Universidad de Deusto. Por su ejemplo de vida y virtudes, fue elevado a los altares en 1985.
El Padre Arrupe fue un brillantísimo estudiante de Medicina, profesión que no ejerció por haber seguido la llamada de la vocación religiosa, ingresando en la Compañía de Jesús. Como jesuita le destinaron a Japón, donde le tocó vivir la experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Estando en Hiroshima fue testigo presencial de la explosión de la primera bomba atómica que ha conocido la humanidad. Con sus conocimientos médicos, convirtió el noviciado en hospital. Después dio a conocer al mundo aquel horror.
Por sus capacidades y virtudes, en 1965 fue nombrado general de los Jesuitas. No fue fácil su largo mandato, con frecuencia lleno de incomprensiones y rechazos.
Gran conocedor de la situación del mundo, donde la injusticia hacía estragos entre los desheredados, comprendió que la fe, para tener sentido, tenía que ir insoslayablemente unida a una lucha infatigable contra las injusticias que pesan sobre la humanidad. Siendo Papa Juan XXIII, el Padre Arrupe captó sus preocupaciones y su mensaje, al convocar el Concilio Vaticano II, que él y los jesuitas a su cargo apoyaron entusiásticamente. La Iglesia tenía que salir del círculo en que vivía y abrirse a un mundo, que esperaba el mensaje del Evangelio. Desgraciadamente, el Papa murió y las cosas ya no fueron iguales. Sobre sus espaldas recayeron las tensiones derivadas de la llamada Teología de la Liberación, surgida en el escándalo de la pobreza en Iberoamérica y donde los jesuitas tuvieron un papel destacado y, también, las generadas por la oposición de un grupo de jesuitas, fundamentalmente españoles, enfrentados a las reformas acordadas y dispuestos incluso a escindirse.
Sus relaciones con el Papa Wojtyla fueron difíciles. Todo indica que éste no le tenía ninguna simpatía, posiblemente, influenciado por jesuitas y no jesuitas contrarios a las reformas que eran exigencia del Concilio Vaticano II, y que la Curia había guardado en un cajón. El Papa guardó silencio a sus peticiones de audiencia, dejándole aislado. Sólo le recibió una vez y por breves momentos, entre dos audiencias.
El Padre Arrupe sufrió con una gran dignidad y humildad esta situación y llevó a la Compañía de Jesús a buen puerto.
Una trombosis cerebral le dejó apartado de las tareas de dirección y, rompiendo las reglas de la Compañía, el Papa Woityla nombró un delegado personal. Tanto el Padre Arrupe, como la Compañía sufrieron con dolor y obediencia esta injerencia, que duró hasta el nombramiento del actual general.
Aun siendo importante toda esta trayectoria vital, hay un aspecto del Padre Arrupe que me ha llamado la atención, entre cuanto he podido conocer: su faceta mística. Por sus estudios médicos y su personalidad como hombre de acción, no me había imaginado esta vertiente de su humanidad.
Dentro de las conferencias celebradas a lo largo del pasado año, en una de ellas se trató esta cuestión. El conferenciante, un jesuita, se refirió a esta faceta. Fueron apareciendo una infinidad de documentos y cartas, que iban poniendo de relieve la finura y profundidad de su pensamiento y espiritualidad. Eran el testimonio de la entrega al servicio de Dios, sin reservas, de su alma y capacidades. No soy experto en misticismos, pero lo que íbamos oyendo era muy distinto de otros misticismos más conocidos, llenos de éxtasis y levitaciones, llagas purulentas o visiones del más allá.
Todo era muy sencillo; diría, casi lineal. Era expresión de la disponibilidad de un hombre inteligente y humilde, arrodillado ante el Misterio del Absoluto. Es posible que Arrupe conociera durante su estancia en Japón y en sus viajes por Asia, formas de espiritualidad aquí desconocidas y que ello ayudara a configurar esa manera de vivir la espiritualidad. Sea como fuere, el perfil del personaje no podía ser más atrayente.
Me quedé con la impresión de que éste iba a ser el gran legado del Padre Arrupe a la posteridad.
En principio, corresponde a los jesuitas administrar la reforma iniciada por el Padre Arrupe. Pero pensar así sería tanto como no darse cuenta del significado de su legado. Si el vasco Loyola fundó la Compañía de Jesús, pocas dudas hay de que el vasco Arrupe ha situado a los jesuitas en las coordenadas del siglo XXI, siendo el renovador de aquélla. Con todo lo que esto significa, no termina aquí la dimensión del Padre Arrupe. Creo que Arrupe es también un renovador en las formas de la espiritualidad al vincular la fe con la justicia y despojar la práctica de aquélla, de barroquismos con escaso sentido universal. Por ello, la responsabilidad de los jesuitas trasciende de su organización interna.
La iglesia católica no vive una época dorada. El anterior Pontífice Juan Pablo II tuvo una notable capacidad de convocatoria ante las multitudes. Llenó explanadas y aeropuertos, pero las iglesias están cada vez más vacías. Apenas nadie se preocupa del magisterio de una Iglesia, centralizada, burocratizada, y, con frecuencia, vinculada a los poderes temporales y, no pocas veces, lejos de las bienaventuranzas. Algunos de sus mensajes y actitudes producen desconcierto por su distancia con las sensibilidades y necesidades, morales y materiales del género humano. Lo sorprendente es que esto ocurre al mismo tiempo que amplios sectores sociales buscan nuevas formas de espiritualidad y trascendencia, insatisfechos con las vaciedades de la sociedad moderna. ¿Por qué la sencillez espiritual del Dalai Lama resulta tan atractiva?
Es en este plano donde la personalidad del Padre Arrupe adquiere su dimensión actual y universal. Si la Iglesia quiere acercarse a la sociedad, tendrá que tomar en consideración las experiencias de Arrupe: la pureza evangélica de su capacidad de acción, acercándose a la plural sociedad humana; la firmeza de su fe y la sencillez de sus formas de oración. Una vida convertida en testimonio por la coherencia entre la acción y los sentimientos, todo ello aparentemente simple pero desbordante en su hondura. Quizás sea una audacia el decirlo, pero pienso que, una vez más, toca a los jesuitas ser fermento de la Iglesia.
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