Editorial
Triunfalismo desmedido
entre el triunfalismo desmedido que en su balance de legislatura exhibió ayer el presidente
Rodríguez Zapatero
y el catastrofismo permanente del líder de la oposición,
Mariano Rajoy, hay un camino intermedio que apunta a la crítica constructiva, algo que parece haber dejado de existir en los manuales de la política. Y lo primero de todo, por las expectativas sin precedentes que se habían despertado en la sociedad vasca, hay que significar la frustración que ha dejado su apuesta más arriesgada, el final de la violencia. Bien es cierto que el principal responsable de esta fustigación no puede ser otro que quien, obviando el clamor social, sigue empeñado en perpetuar el terror. Pero también tendrá algo que decir el Gabinete de Zapatero tras una gestión excesivamente celosa y tacticista de un proceso que, al fin y al cabo, acabó en fracaso. Esta primera legislatura ha tenido sus luces en materia de política social y de protección a los sectores más débiles, así como en el plano de derechos y libertades, amén de una política exterior que dejó de ser un mero apéndice de EEUU, como acabó
Aznar su mandato. La retirada de Irak, así como la legislación de género, el reconocimiento moral a las víctimas del franquismo, la dignificación de los derechos de homosexuales, la lucha contra el maltrato o medidas para frenar la sangría en la carretera son aspectos que hay que apuntar en su haber. Pero no hay que obviar su rotundo fracaso en el debate territorial, con un Estatuto catalán
maquillado tras su paso por Madrid, el candado con el que ha cerrado la vía a negociar cualquier
encaje vasco o la extravagante cesión ante el PP en Navarra. A esta sensación de decepción se le suman además algunos lastres como su excesiva permeabilidad a la presión de la derecha, una Justicia politizada por los sectores más conservadores que no termina de desactivar o el creciente poder de los sectores
aparateros y
baroniles del PSOE de la mano de los
Pérez Rubalcaba y
Bono . En definitiva, Zapatero corre el riesgo de seguir la senda de un
Felipe González que, tras sacar a la Iglesia y a la derecha más reaccionaria a la calle, se instaló en un cómodo centrismo que nada tiene que ver con la audacia que muchos aún esperan de un presidente que pugna por su reelección.