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La voz y la palabra

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Se había convertido en un deporte molesto. Más que nada porque todos se habían empeñado en rivalizar por ver quién lo hacía mejor. La mayoría, desde luego, se aplicaba a ello movida por una mezcla de devoción, respeto, amistad y… cierta envidia.

Me refiero a esa costumbre por la que muchos de sus compañeros del teatro y el cine, cuando hablaban de Él (ese él resonaba siempre con mayúsculas) no se limitaban a decir lo que decían que Él había dicho. En su caso lo hacían imitando lo inimitable, su Voz: la Voz de Fernando Fernán-Gómez.

De ese modo, durante los últimos quince años he sufrido a mi pesar, en charlas privadas con amigos actores -e incluso con quienes no lo eran-, imitaciones de todo tipo.

Las había incluso terribles. Pero todos, misteriosamente todos, creían que lo hacían a la perfección. Por un instante, imaginaban que la Voz de Él salía de su interior y durante esos breves segundos -algunos pesados se extendían durante minutos- se les veía exultantes, eran -o lo parecían- felices.

La cuestión, lo que importa, es que en ese hecho de imitar a Fernando Fernán Gómez, rubricado por la insinuación de que se era partícipe de su mundo privado -y en consecuencia- se cultivaba su amistad, comprendí dos cosas.

La primera, que nadie como Fernando Fernán-Gómez había conseguido representar el rol del actor con dignidad tan magistral. No es cuestión de establecer molestas comparaciones, pero lo de Fernán-Gómez era distinto. Actor, cineasta, académico de la Lengua, autor teatral y literario... a su modo era ese dios con zapatillas que una vez imaginó José Luis Cuerda en una de sus más delirantes ocurrencias.

La segunda enseñanza era que ese dios que sólo en público, y en los últimos años de su vida, demostró enojos y arrebatos para preservar su intimidad, dejaba hacer que los demás actores fueran un poco como él, o como ellos creían que él era; a su imagen y semejanza. Y de ese modo, les brindaba esas muletillas con las que los actores evitan caer en el desequilibrio y la locura.

Por mi parte no me extenderé aquí en evocar todas sus magistrales interpretaciones ni en repetir una biografía que la encontrarán en estas mismas páginas.

Protagonizó decenas de películas y en ellas conformó un ser vulnerable y tierno, algo sinvergüenza y ciertamente pícaro; un superviviente en un tiempo y una época que no fueron fáciles.

Dirigió películas hermosas, extrañas, singulares... hasta hacer de la suya, la filmografía más personal de cuantas se han hecho en el cine español. Escribió teatro, ensayos, libros de recuerdos personales... y ahora, que me acabo de enterar de que ya no está, el recuerdo que más que acompaña se corresponde no al cine ni a la literatura, sino al teatro.

Más o menos eran los años de su Viaje a ninguna parte. Y él recorría la geografía española al frente de un elenco actoral de discutible categoría. Interpretaban El alcalde de Zalamea y la representación era, digamos, de austera humildad y escaso alcance. Una ingeniosa crítica de la época la tituló algo así -seguro que me traiciona la memoria- como Concierto para virtuoso y charanga. La cuestión era la siguiente. La figura del alcalde, que le correspondía a Fernando Fernán-Gómez tarda un poco en salir. Durante los minutos iniciales, el desastre era evidente, la confusión también y la obra naufragaba de manera lastimosa. Hasta que la Voz se dejó oír. Y con ella, la palabra. Y entre ambas, el secreto de los más grandes actores: el silencio.

A fuerza de pausas y gravedad, el alcalde de Zalamea acababa arrastrando a todos los actores hasta hacerlos dignos de ese nombre. A fuerza de saber administrar los silencios Fernando Fernán-Gómez ha hecho sus más grandes interpretaciones.

Tal vez por eso se refugió en el silencio absoluto en los últimos tiempos. Cansado de que le imitasen a golpe de verborrea sin reparar en que lo que le hacía grande e incomparable residía en esas pausas silenciosas. En esos instantes vacíos con los que llenaba de ritmo y metía en situación a quienes le acompañaron en la escena o en el plató.

Como ese silencio hondo que le devolvía instintivamente el público segundos antes de romperse en una ensordecedora ovación.

Hoy, como siempre, la mejor ovación, la más agradecida se la merece Él, Fernando Fernán-Gómez. Por saber coser la voz y la palabra con un silencio magistral.

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