Diario de Noticias de Gipuzkoa

Tribuna Abierta

¿Qué nos pasa?

por paco roda enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

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STED sabe, porque se lo han repetido una y mil veces, que vive en una de las regiones más ricas y prósperas de Europa. Además, le han mostrado estadísticas de todo tipo y condición para persuadirle de que en casi todo somos los más afortunados y los menos expuestos a que el destino nos juegue una mala pasada. Dicen también los estudios que somos felices. Muy felices. Casi nos vienen a decir que si ahora pudiéramos parar la rotación del mundo, alcanzaríamos el nirvana, una especie de calma chicha neuronal. Es el discurso de la satisfacción. No digo que sea mentira. Sólo diré que es una verdad a medias. Pero además, con trampa. Y es que si usted detiene su mirada en los semblantes de la gente, si usted pudiera penetrar en los agujeros negros de las vidas con las que cada día se cruza, si usted lograra acceder a los infiernos particulares de cada uno, si pudiera escanear los abismos privados de sus vecinos, observaría que esas existencias, incluida la mía, si bien están marcadas por el principio del exceso, la sobreabundancia, la inmediatez, la satisfacción y la disponibilidad de casi todo, se definen por la precariedad y la incertidumbre constantes. Como si caminásemos por una arista afilada en medio de un gran vacío. Y esto cuesta creerlo en este océano de riqueza. Cuesta creerlo, a no ser que echemos un vistazo a uno de los últimos estudios de la Organización Mundial de la Salud según el cual el 13% de los europeos sufrirá una depresión en algún momento de su vida, el 14% desarrollará un trastorno de ansiedad y uno de cada cuatro sufrirá un trastorno mental a lo largo de su satisfecha existencia. Las cifras son similares para Navarra. Más datos, se calcula que en España más de un millón de personas consumen antidepresivos diariamente sin receta médica.

¿Qué nos pasa? ¿Qué nos pasa para que, pese al optimista discurso socio clínico oficial que nos hace creer que tenemos el control de nuestras vidas, éstas se nos vayan por la borda hechas jirones? Uno cree que se ha estudiado muy poco el impacto psicosocial del nuevo capitalismo global sobre las identidades personales. Especialmente de aquellas identidades más frágiles, menos protegidas y más expuestas a la precarización. Richard Sennett, uno de los ensayistas sociales americanos más corrosivos y lucidos de la actualidad, viene a decir que la metamorfosis del capitalismo global está obligando a los individuos a recomponer sus hojas de ruta personales, sus manuales de instalación y su recetario ante la adversidad social. En este sentido, uno cree que en la actualidad la gran mayoría de las biografías personales no son ya itinerarios vitales ordenados, sino el relato de una continua deconstrucción y fuga de deseos; proyectos, narraciones y relaciones fragmentadas que no encuentran ese lugar en el mundo donde anclar la existencia. Y es que nos movemos en una plataforma muy inestable. Nuestras vidas están hoy muy fragmentadas y estamos obligados a reconstruirnos personal y profesionalmente de forma constante ante la ausencia o degradación de las instituciones públicas, las redes sociales tradicionales que nos ofrecían solidaridad ante la adversidad, la carencia de transmisiones familiares o el olvido de ciertas pautas biográficas procedentes de nuestra memoria colectiva. El viejo Estado, garante de nuestras necesidades, casi ha desaparecido en favor de las corporaciones privadas de gestión; la religión, la ideología, la familia y las antiguas fraternidades también se han privatizado o están en ello. Todo ello nos servía para dar sentido a nuestras vidas. Por otro lado, estamos en constante tensión vital al obligarnos a dar la talla día sí y día también. Y es que ni la experiencia adquirida con el paso de los años, ni el autoconocimiento, ni el talento, ni las competencias personales, nos sirven ya como carta de presentación. Porque todas estas estimaciones y referencias carecen de significado para afrontar el destino. Ni siquiera para vivir confiado. Porque vivimos en contextos relacionales, laborales, sociales o sentimentales en los cuales la confianza se ha desmoronado, la seguridad se ha desvanecido y la lealtad a los principios ya no es motivo de orgullo sino de vergüenza.

Así las cosas el discurso hegemónico, el que apuntala al poder, lejos de hacer una revisión crítica, ofrece otras lecturas. Y es que ese estado que en tiempos nos protegió, hoy no solamente nos abandona, sino que además nos culpabiliza de nuestras depresiones y angustias fruto de trabajos agotadores, turnos inmisericordes, sometimiento a infracontratos laborales, dependencia de infrasalarios, endeudamientos salvajes, malquereres personales, relaciones familiares sobrecargadas, agobios sociales y miedos diversos de origen social, económico y político. ¿Dónde buscar refugio entonces? No hay duda. Ante la hostilidad del mundo, acudimos a refugiarnos en el puerto seguro de nuestro yo interior. Y lo buscamos como recurso psicologizante, como explicación última de nuestros problemas y preocupaciones. Exculpando al poder de sus fisuras, despolitizando la reflexión, haciéndola exclusivamente íntima y privada. Y es que si algo ha emergido de esta globalización salvaje, de esta descomunal factoría del consumo, de la egolatría desmesurada y del hiperindividualismo sin medida que vivimos, es la prevalencia de las subjetividades. Todo está en uno mismo vienen a decir los libros de autoayuda, auténticos recetarios del yo que nunca cuestionan la estructura que nos rodea. Pero aquí está la trampa. Porque lo que tiene una obligada lectura política, acaba interpretándose desde la plataforma individualista que nos lleva a psicologizar las claves de tanta miseria social. Esto es fruto de una corriente de opinión clínico-social de marcado carácter neoconservador, inseparable de la postmodernidad nihilista según la cual, la culpa de esta desazón y desinstalación personal, de tanta depresión y ansiedad, de tanta falta de salud mental, es fruto de nuestro complejo mundo privado. De nuestra inhabilidad para la gestión de nuestro yo. Surge así una sociedad fuertemente medicalizada y una modesta pero muy ideologizada red de protección social paliativa que frena en seco todo intento de disidencia y resistencia. Y es que, como dice Teresa Cabruja, ese discurso hegemónico clínico y social, lejos de cuestionar el orden social y político, individualiza el malestar como forma de despolitización y desocialización del sufrimiento. Por eso uno cree que es necesario, además, reinventar la resistencia contra esta cultura de la abundancia en la que el consumismo sustituye a la política, los paños calientes a las políticas sociales y la conformidad intimista del yo a la resistencia colectiva. Porque no podemos permitir que el futuro nos espere, sólo para inmolarnos.

* Trabajador social

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