
e STE año no tendré la oportunidad de sufrir en la planta del pie la sensación de correr con un calcetín totalmente recogido dentro de la zapatilla como un pequeño acordeón. Ocurrió durante mi funesto debut en la Behobia , hace ya nueve años. Ignorante de lo que me esperaba, me presenté en la línea de salida con sólo un mes de preparación y sobrantes kilos de grasa en mi abdomen. Me arrastré por la carretera desde el primer kilómetro. Poco después de Gaintxurizketa estaba tan desgastado que no era capaz ni de agacharme a subir el maldito calcetín. Llegué a meta poco antes del coche escoba y después de los corredores que forman un colorido tren chuchú. Juré que nunca más me ofrecería voluntariamente a sufrir esa tortura. Al año siguiente allí estaba otra vez. La completé con más dignidad, pero supe que dos meses de ejercicios tampoco eran suficientes para alcanzar el Boulevard sin presentar un rostro amarillo y las piernas de una marioneta.
Fue en mi tercera participación cuando logré el equilibrio entre la forma física y la dosificación a lo largo de la carrera. Unos pintxos regados con unas cañas en la Parte Vieja poco después de cruzar la línea de llegada fueron el test para llegar a esa conclusión.
La prueba de comer y beber también fue positiva en posteriores ediciones. Si tienes fuerzas para darte un garbeo gastronómico tras dejar atrás más de 20 kilómetros, has entrenado lo suficiente. No falla.
Este año, sin embargo, no habrá test de estómago y paladar. Directamente, me plantaré en la Parte Vieja a degustar la cocina en miniatura tras completar el recorrido en coche, por autopista y vestido como un pincel.
Cuando conocí que los dorsales comenzarían a adjudicarse en mayo, es decir, con una antelación de siete meses, ni me planteé apuntarme en ese momento. ¿Cómo prever que tomaré parte en una carrera dentro de medio año cuando ni siquiera sé lo que dará de sí mi vida la próxima semana? Siete meses son demasiados. Puedo estar criando gusanos bajo tierra, afinando pianos en Boston, sirviendo hamburguesas en un Burger King o maltratando el teclado en este periódico.
Mi incapacidad para hacer planes más allá de la próxima semana, unido a cierta indolencia han provocado que me quede sin dorsal.
Intentaré animar a los 14.000 ganadores de la carrera cuando vayan llegando a Donostia, aunque no descarto quedarme a dormitar en la cama y soñar con que corro la Behobia.
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