
Foto: n.g.
PERMÍTANME un breve repaso histórico para llegar a una seria reflexión. En 1863 tuvo lugar la batalla de Gettysburg, la mayor batalla registrada en América del Norte. Fue el primer ejemplo de una guerra plenamente industrializada, y representó el primer indicio de lo que podía ser capaz la tecnología con fines bélicos. Por primera vez se utilizaron unas granadas que, con un alcance de unos pocos kilómetros, bastaban para matar a unas cuantas personas. La cantidad de explosivo en la más potente de aquellas granadas era de 10 kg de TNT. En los tres días que duró la batalla murieron o fueron heridos 51.000 seres humanos. Ochenta y dos años más tarde, Estados Unidos empleó las primeras bombas atómicas para aniquilar dos ciudades japonesas; bombas con una potencia equivalente a 10.000 toneladas de TNT, suficiente para matar a unos cuantos cientos de miles de personas. Pocos años más tarde, se desarrollaron las primeras bombas termonucleares, las bombas de hidrógeno, con una potencia explosiva equivalente a 10 millones de toneladas de TNT, capaces de matar a unos cuantos millones de personas. La reflexión es de Carl Sagan, y dice así: "En menos de un siglo, el arma más temible se ha hecho mil millones de veces más mortal. Sin embargo, nuestra prudencia no ha progresado mil millones de veces en las generaciones desde Gettysburg hasta ahora".
Algo parecido nos sigue sucediendo en otros escenarios día va y día viene, año va y año viene, a escalas, afortunadamente, menos dramáticas. En un magnífico artículo titulado Marfil Ártico , publicado recientemente en National Geographic, su autor, Paul Nicklen, relata que algunas poblaciones de narvales están amenazadas, debido tanto a la demanda de sus pieles y colmillos, como por la incorporación para su caza de modernos fusiles, que a menudo son utilizados por individuos inexpertos y poco responsables. "Con los cambios producidos en la sociedad inuit, la comunicación entre los jóvenes y los mayores está fallando. Tuve ocasión de ver de cerca esa realidad en un chico de 13 años que pasó todo un día disparando a los narvales. Hirió a muchos, pero no cobró ninguno. Los mayores no le dijeron nada". Seguidamente agrega: "La cultura inuit ha sido siempre una cultura de cazadores, pero los fusiles cambiaron las reglas de juego. Ignorar los abusos no es bueno ni para los inuit ni para los animales, de cuya supervivencia dependen en gran medida. La reunión que se celebrará este año entre autoridades y cazadores puede ser un momento oportuno para el cambio. A la luz de las nuevas realidades, cada cazador debe redescubrir la antigua sabiduría de preservar la caza. Si no lo hacen estarán negando el legado de sus ancestros". A nosotros ya nos ha pasado; en unas pocas décadas nos hemos quedado sin peces.
Estas dos historias nos sirven como referentes para abordar el problema de la preservación del deporte y sus valores. Hoy tenemos, por un lado, un deporte sujeto a un avance científico y tecnológico no del todo controlado, y mucho de él sometido a las leyes del merchandising, esas que, apoyadas en el espectáculo, anteponen el negocio a cualquier otra consideración; un deporte con altas dosis de agresividad y absoluta dependencia del resultado. En este deporte, en el que la trampa vale si no te pillan, encontrará su negocio, entre otros, el dopaje genético. Los avances en el conocimiento del genoma humano y animal, y un desarrollo mayor de la ingeniería genética podrán llegar a determinar las leyes del deporte de alto nivel, y, por ende, las de todo el deporte de competición. Por el otro lado, tenemos, con mucha menos presencia mediática y muchos menos recursos, el deporte pensado, organizado y practicado para el bien de la persona y de la comunidad. Y en medio queda la indefinición; ésa a la que se refiere Anjel Lertxundi, gure Andu, en El huésped de la noche , cuando dice: "¿Sabéis, señora ventera? Entre el bien y el mal hay vastos territorios por los que transita gran parte del mundo".
Tenemos un problema grave, arraigado en una errónea concepción del deporte, a rebufo de una errónea idea de la vida, la calidad de vida y la convivencia. Estamos disparando con rifles potentes y de manera indiscriminada al alma misma del deporte. Si no cambiamos las actuales reglas de juego no jugaremos más; nuestros hijos y nietos competirán, pero no jugarán. Y entonces nos preguntarán: "¿Cómo era entonces el deporte?" y "¿Por qué no hicisteis nada?".
Necesitamos una reflexión seria y profunda sobre el deporte. Sobre qué deporte tenemos, qué deporte queremos para nuestros hijos, y qué vamos a hacer para mejorar esta situación, si es que de verdad estamos dispuestos a hacer algo. Porque lo que hagamos o dejemos de hacer ahora va a ser determinante para el deporte (o lo que sea que se llame deporte) de dentro de unos años. Estoy seguro de que hay entre nosotros muchas personas comprometidas y capaces de abordar esta cuestión. Quizás nos falte, como a los inuits, más comunicación, la suficiente como para transformar ese comportamiento personal en comportamiento colectivo.
* Doctor en Medicina. Especialista en Medicina del Deporte
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