
TENGO la impresión de que los vascos gozamos de una autoestima bastante raquítica, y que nos viene bien, en ocasiones, que vengan de fuera y nos hagan ver ciertas cualidades que como colectividad seguimos manteniendo.
La cuestión es que esta semana no he comido menús del día, pero sí cené el miércoles en una sociedad, una donde pueden entrar tanto los hombres como las mujeres, sin ningún tipo de distinción.
Tuvimos ese día el concierto de arranque de la temporada Konplizeak en mi ciudad. El concierto transcurrió en un ambiente para mí muy emotivo, y luego, tras cambiarnos y atender a la gente, nos trasladamos a la citada sociedad. Éramos más de treinta personas, incluidos el maestro Pablo Guerrero, sus músicos y el manager que les acompañaba.
Para cuando llegamos -serían las once aproximadamente-, estaban las mesas puestas, con los entrantes preparados, y tres hombres maduros se mostraban dispuestos a comenzar a atendernos.
A los músicos visitantes les encantó la sociedad, el ambiente, la cocina... En un momento, el manager comentó algo sobre un camarero, y aclaré que allí no había camareros, ni cocineros; que se trataba de tres amigos que habían hecho las compras, habían estado toda la tarde -junto a dos mujeres amigas-, trabajando, preparando las cazuelas de bacalao, poniendo las mesas, para luego servir a más de treinta personas con una sonrisa, y todo ello sin ningún tipo de beneficio.
Al principio no se lo creían. Menos aún cuando les dije que la iniciativa había partido de ellos mismos. Tuve que insistir mucho, explicarles que aquí ese tipo de cosas aún existen. Se fueron emocionados. Querían decir algo, aplaudir, transmitir de alguna forma su agradecimiento.
Al día siguiente le estuve dando vueltas a lo que comentaba al comienzo: aquí mantenemos algunas actitudes y comportamientos humanamente admirables, que creo que deberíamos valorar.
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