
Cementerio circular de Apozaga, en Eskoriatza.Foto: a. dominguez
l AS viejas tradiciones y las nuevas conductas se unen con la llegada del 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, que en origen se celebraba el 2 de noviembre, día de las ánimas, pero que se ha desplazado a la víspera.
El recuerdo de los antepasados, en la Gipuzkoa prehistórica, va asociado a ciertas piedras enhiestas, a crómlech, a dólmenes, a estelas. Trikuarri es uno de los nombres del dolmen o de las sepulturas prehistóricas que, según leyendas, fueron construidas por gentiles, amilamias, sorgiñas, mairus, mairis o Tartalo, según los sitios y tradiciones de cada lugar.
Trikuarri es también el nombre de un lugar y del dolmen en él situado de la sierra de Aralar. También reciben otros nombres: jentilarri (sepultura de gentil) en Aralar, jentiletxe (casa de gentiles) o armura (montículo de piedra) en Ataun, Tartalo-etxe (casa de Tartalo) en Zegama...
Las llamadas illarri -piedra de los muertos, estela fúnebre o sepultura- son generalmente piedras largas hincadas en la cabecera de una sepultura.
En Oiartzun, en el término de Adrearriaga, nombre que significa lugar de la mujer petrificada en euskera, cerca del caserío Anderregi, existió una estela o lápida de la época romana que hoy se encuentra en el Museo de San Telmo de Donostia.
A esta lápida y a una ermita del entorno se refiere una leyenda conocida en la zona y recogida por José Miguel Barandiaran. Cuentan que una mujer que pasaba por allí a caballo se paró en la ermita y arrebató a la Virgen allí venerada el rosario que pendía de sus manos. Ya se alejaba sobre su caballo cuando, a un tiro de piedra del lugar, se le apareció una persona que le intimó la devolución de lo robado. Ella negó el hecho, diciendo arribiur , que es una fórmula de juramento que significa "así me convierta en piedra" si no es verdad lo que digo. Y allí se quedó petrificada, convirtiéndose en la lápida de Andrearriaga.
La estela ocupa un lugar importante sobre la cabecera de la sepultura o panteón doméstico en los antiguos hogares pastoriles, al lado de la tumba tradicional, dentro del recinto de las casas. La ofrenda de luz que se coloca aún hoy al pie de la estela en ciertas ocasiones, se ponía antaño al pie del austarri (piedra cenizal): era el fuego bendito del hogar y la luz de la cera que fabricaban las abejas.
de casa a la iglesia
Fuego bendito
Antes de la introducción del cristianismo, la casa y su entorno inmediato (baratza) sirvieron de sepultura familiar. Los dichos populares guipuzcoanos reflejan, además, la creencia de que la persona cuya conducta no se ajusta a normas cristianas debe ser enterrada, cuando muera, en su propia casa.
También estaba arraigada la costumbre de encender velas y de depositar ofrendas para los difuntos de la casa en las ventanas de la misma, es decir, sobre el baratz o supuesto cementerio doméstico. Las luces tenían la función específica de alumbrar a los difuntos y las ofrendas de que fueran consumidas por las almas de los antepasados.
La muerte de un familiar, de manera particular la del etxejauna o laetxekoandrea , se comunicaba antiguamente a algunos animales. Barandiaran recoge lo que se les recitaba a las abejas: Erletxoak, erletxoak/egi zute argiazaria/ Nagusia il da, ta/ bear da elizan argia (Abejitas, abejitas/fabricad cera/se ha muerto el amo y/hace falta luz en la iglesia).
Desde que durante los siglos XV y XVI se autorizó utilizar la elizlurra o suelo de la iglesia para enterrar los cuerpos se parceló el terreno y cada casa situó su jarleku o asiento dentro de la iglesia y durante los oficios la familia encendía una o dos argizaiola s (tablas de cera) en memoria de sus difuntos, con el objetivo de alumbrar el camino de las ánimas.
Hasta finales del siglo XIX, cada pueblo enterraba a sus difuntos en los cementerios de los atrios de las iglesias principales. En Donostia existieron cementerios en San Vicente, Santa María, San Telmo e Igeldo.
cementerios
Razones higiénicas
Fue el rey Carlos III quien prohibió los enterramientos dentro de las iglesias en el siglo XVIII, alegando motivos de salud pública. Aunque desde que se dictó la orden hasta que se cumplió transcurrieron muchos años. Así, Pasaia Donibane inauguró su cementerio exterior en 1800, y Amezketa se hizo esperar hasta 1810.
Los cementerios siguen siendo protagonistas de creencias y leyendas urbanas, al igual que sucediera años atrás. En muchos lugares se cree que no se pueden dar tres vueltas alrededor de una iglesia, ni de un cementerio, ni de una casa. Según recoge Barandiaran, una mujer del caserío Jaulei en Berastegi se convirtió en bruja por haber dado tres vueltas alrededor de la iglesia de aquel pueblo. En Oñati se cree que si alguno da tres vueltas a la iglesia luego es arrebatado por el diablo.
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