Diario de Noticias de Gipuzkoa

Tribuna Abierta

Estatuto de Gernika: diálogo y cesión mutua

por jesús prieto mendaza enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

Ya he perdido la cuenta. Pero creo que son cientos, quizás miles, los foros, debates, reuniones, charlas, encuentros, conferencias, coloquios, discursos, jornadas y disertaciones sobre la paz en Euskal Herria a las que he asistido. En la práctica totalidad de ellas han tenido lugar discusiones encontradas, pero siendo más que probable que los desencuentros superen con creces a los puntos comunes, hay algo en lo que todos, desde representantes de Senideak a portavoces de la Asociación de Víctimas del Terrorismo; desde delegados de partidos abertzales a figuras públicas de fuerzas constitucionalistas, están de acuerdo: la necesidad de dialogar.

Antes de que la organización terrorista ETA decidiera dar por finalizada su tregua, una de las palabras más repetidas en nuestro triste y convulso Euskadi ha sido ésta: diálogo.

Formaciones sociales, pacifistas, partidos, iglesia y una gran parte de esta sociedad han utilizado este vocablo. Unos y otros han alardeado de disposición a dialogar, y unos y otros también, se han acusado de falta de voluntad para ello. Veamos qué significa esta, aparentemente simple, palabra, qué extraño poder encierran estas siete mágicas letras para que la vida política y social de este país parezca girar, como si de un satélite se tratara, en torno a este anhelado constructo. Diálogo es, según el diccionario,una plática entre dos o más personas que hablan alternativamente. Pero cuidado con realizar una lectura literal de la misma; esta definición puede suponer simplemente una serie encadenada de monólogos, hecho en sí que nada tiene que ver con un verdadero diálogo.

Todos coinciden en señalar que cuando nos referimos a un diálogo sin exclusiones que nos permita a los vascos lograr una situación de acuerdo entre las distintas ideologías de una sociedad tan plural como la nuestra, estamos aludiendo a otra cosa. Hablamos de un ejercicio de escucha, de intento bidireccional de acercamiento a la posición del contrario y, por lo tanto, de enriquecimiento mutuo.

Aceptadas estas premisas, la operatividad del diálogo exige a las partes intervinientes algo imprescindible para que el resultado sea realmente de consenso, es decir aceptado -incluso en ciertos mínimos- por todos.

¿Qué es? Un elemento esencial y simple a la vez, pero que al parecer es difícil de conseguir: ceder. Sí señores, para que el diálogo sea fructífero y la solución al conflicto satisfaga a todas las partes; cada grupo político ha, necesariamente, de ceder en parte de sus exigencias de máximos, para aceptar al mismo tiempo un mínimo de los demás. Insisto y subrayo esta idea: todos los grupos han de ceder un tanto por ciento de su bagaje ideológico, para aceptar, por mínimo que sea, un tanto por ciento de la ideología de los contrarios políticos. Solamente este ejercicio de cesión-aceptación puede hacer concebir esperanzas en un final dialogado al supuesto conflicto.

Supongamos, sin que necesariamente sea ésta una dinámica de ciencia-ficción, que en Euskadi se reúnen por fin en torno a una mesa todas las fuerzas políticas con representación en nuestra comunidad. Supongamos también que después de largas y duras jornadas de tenso debate y momentos de estancamiento, al final, fruto de ese verdadero diálogo al que hemos aludido, se logra una solución. Pero, ¡cuidado!, una solución de consenso.

¿Cuál creen ustedes que sería ésta? La independencia de Euskadi no podría ser, puesto que esta supondría una falta de cesión ideológica por parte de los nacionalistas. La vuelta a un concepto jacobino-centralista de España tampoco, puesto que en este supuesto existiría una falta de cesión ideológica por parte de los sectores más duros del bloque constitucionalista.

La solución podría ser, y aquí me van a permitir un pequeño toque de humor, algo parecido a esto: el lunes podríamos ser exclusivamente vascos; el martes, vascos y españoles: el miércoles, españoles; el jueves, vascos y franceses; el viernes, franceses solamente; y sábados y domingos, ya se vería dependiendo de las romerías o fiestas de cada municipio.

Como esta propuesta es un cachondeo; la solución que satisfaga en mayor o menor medida a todos ha de ser por lo tanto algo que permita el ejercicio del autogobierno de Euskadi y la afirmación de su identidad, manteniendo al mismo tiempo unos lazos con un estado común, es decir con el reino de España, y no perdiendo de vista nuestra unión con Europa.

Y he aquí señores y señoras, lo trágico del tema. Digo trágico y digo bien. Esa solución por la que se ha matado a cientos de personas y que ha dejado afectados y huérfanos por miles, esa solución... sería un marco, no me atrevo a definirlo exactamente, muy parecido a lo que desde hace muchos años denominamos Estatuto de Autonomía de Gernika.

¿Cómo se justificaría, si llegásemos a este punto, todo lo horrible que se ha hecho en nombre de la voluntad de este pueblo? Hay algo aquí que un ciudadano de a pie, y yo lo soy, no puede ni comprender ni callar. El 25 de octubre celebramos, una vez más con el silencio oficial de nuestro gobierno, el aniversario de lo que debiera haber sido la fiesta de todos los vascos. La celebración de un régimen de libertades, que desde hace treinta años nos ha dotado del mayor nivel de bienestar jamás conocido en este país. Un marco, el estatutario, que ha permitido de forma transversal la convivencia entre diferentes y que ha hecho de la mezcla pasada la Euskadi del presente y del futuro.

Hablemos, sí, pero con el horizonte de nuestra aceptación plural. Si lo que queremos al final del camino se construye en términos de homogeneidad, como algunos pretenden, ese diálogo no es tal. Es una emboscada. Escribía Antonio Machado en sus proverbios y cantares: "Romero para ir a Roma lo importante es caminar; que a Roma por todas partes, por todas partes se va". Por todas menos por una, añado yo. El camino del asesinato y del terror. Esa vía, desde luego, no nos conduce a ningún sitio.

* Antropólogo y profesor colaborador de las Universidades de Deusto y Salamanca

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