
Tribuna Abierta
primero. El porqué de una fecha señalada. Muchas palabras de cuño cristiano se están apagando en el lenguaje corriente de las gentes. Hay una palabra que todavía conserva parte de su brillo: DOMUND. Evoca rostros de misioneros, templos rebosantes de africanos o asiáticos, religiosas atendiendo a niños y mayores en sus dispensarios, colectas que solicitan un donativo.
Fue Pío XI quien el año 1926 estableció públicamente para toda la Iglesia el Domingo Mundial de la Propagación de la Fe. Su intención era neta: suscitar en todos los católicos el compromiso por las Misiones. El Papa veía que eran muchos los hombres y mujeres generosos de Europa que, dejando a su familia y renunciando a unas condiciones de vida sanas y holgadas, partían para países lejanos para anunciar a Jesucristo, testificarlo con obras de servicio y misericordia y crear comunidades cristianas. Observaba que los misioneros eran admirados e incluso ayudados en sus múltiples iniciativas. Pero los cristianos de aquí no teníamos conciencia de que Jesucristo ha encargado a "toda la Iglesia" dar, con obras y palabras, testimonio de Jesús a "todos los pueblos" de la tierra. Los misioneros son un órgano especializado del organismo de la Iglesia. Todo el organismo debe comprometerse en este quehacer. Una manera fundamental de asumir este compromiso consiste en suscitar un conocimiento y aprecio mayor y mejor de las Misiones, un movimiento de oración por sus trabajos, un cultivo de nuevas vocaciones misioneras y un apoyo económico firme de sus proyectos. Así nació el DOMUND. Para esto nació y para esto pervive.
SEGUNDO. Un servicio de gran alcance. Cuando una mirada objetiva contempla la obra que hoy en día realizan las Misiones, no puede dejar de reconocer su envergadura humana y cristiana. En los últimos 25 años, el número de católicos ha crecido en 342 millones de nuevos bautizados, sobre todo en África, Asia y América. Las obras sociales y educativas entre los más pobres, extendidas por todos los continentes, alcanzan la cifra de 126 millones. Más de 1.000 diócesis del Tercer Mundo reciben principalmente de la colecta del Domund una subvención que les permite evangelizar y practicar el servicio a los últimos. Con ella pueden preparar a los sacerdotes que, mientras han disminuido en Europa, han doblado casi su número en África, Asia y América. Con ella se levantan los templos, los lugares de encuentro, las obras sociales. Sin esta inyección anual, la actividad misionera se debilitaría notablemente.
Nuestras diócesis del País Vasco, además de colaborar con otras iniciativas evangelizadoras y liberadoras, contribuyen con una cantidad muy apreciable a esta Colecta mundial: 1.075.550 euros.
TERCERO. Ofrecer la fe con obras y palabras. Las Misiones ofrecen la fe cristiana a todos los hombres y mujeres. Porque es un gran bien profesar la fe cristiana, conocer el Evangelio, celebrar la Eucaristía, sentirse miembros de la gran familia de católicos del mundo. "Dichosos los que creen", dijo Jesús Resucitado a Tomás, el escéptico. "No habéis visto a Jesucristo y creéis en Él con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la salvación", escribía Pedro a los cristianos recién convertidos de Asia Menor.
¿Quiénes somos nosotros para, en nombre de no sé que prejuicios, privar a unos seres humanos de la dicha de conocer a Jesucristo?
Eso sí: hemos de ofrecer el Evangelio con el mayor respeto a las diferentes culturas que modelan a los pueblos. No se trata de desarraigarlos de su contexto cultural, sino de ayudarles a vivir la fe en Jesús en medio de su cultura propia.
Tampoco se trata de realizar obras sociales y educativas como medio de establecer un contacto con ellos para ofrecerles nuestra fe. La acción social, el ejercicio de la caridad, la práctica de la justicia, no son un "cebo" para que abracen la fe. Son parte de la tarea evangelizadora que consiste en anunciar a Jesucristo, vivir una conducta coherente con nuestra fe y servir y ayudar a los necesitados. Si sólo levantáramos escuelas y hospitales, seríamos beneméritos, pero no misioneros. Si sólo anunciáramos a Jesús y nos olvidáramos de los pobres, seríamos proselitistas, no misioneros. La Palabra de la Fe tiene que ir acompañada de las Obras del Amor. Por eso ayudamos a las Misiones y colaboramos con el DOMUND.
No olvidemos que una parte mínima del Tercer Mundo ha llegado a nosotros a través de la inmigración. A los que son cristianos, acojámosles en nuestras comunidades. A todos, démosles el testimonio de nuestra fe vivida sincera y coherentemente. Procuremos suscitar en ellos el interés por nuestra fe. De este modo, al tiempo que apoyamos a nuestros misioneros de allí, seremos también misioneros aquí.
* Obispo de San Sebastián
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