
Koldo Mitxelena, a la izquierda, junto a Julio Caro Baroja y Jesús Altuna.Foto: cedida por la diputación de gipuzkoa
nI su peor enemigo podría negar que a Koldo Mitxelena se lo pusieron difícil. Buena parte de su biografía se escribió sobre el brusco vaivén de las carreras de obstáculos. Profundizó en el euskera culto porque estuvo enfermo de pequeño. Compatibilizó el estudio del bachillerato con el trabajo en la fábrica y cuando llegó el momento de ampliar sus formación, estalló la Guerra Civil. Combate como militante del PNV, es hecho prisionero, se le condena a muerte, se le conmuta por una pena de 30 años de cárcel y, tras cumplir cinco en prisión, es excarcelado en 1942. Durante ese tiempo, sin embargo, ha prendido en él una inquietud que no desaparecería nunca: el hambre de conocimiento. Le impresiona profundamente el Manual de Gramática Española de Menéndez Pidal y decide estudiar Filosofía y Letras.
Una segunda estancia en la cárcel -más corta, por participar en actividades clandestinas de la CNT- interrumpen de nuevo sus propósitos. Sus antecedentes penales no le ayudan en su regreso. Su amigo Joxean Arbelaitz -"ex de muchas cosas" pero sobre todo "ex profesor de Filosofía"- recuerda que antes de trasladarse a Salamanca, Mitxelena hizo las oposiciones para presentarse al instituto, pero necesitaba un certificado de buena conducta que el alcalde de Errenteria -falangista, para más señas- no le concedía. Mitxelena recurrió al párroco, que le aconsejó que esperase a noviembre, porque el primer edil siempre se iba a cazar en esas fechas. Cuando éste se marchó, el lingüista vasco se lo pidió al teniente alcalde, José Arcauz, que se lo dio. Conseguir un pasaporte le costó algo más: una espera de 30 años y la llamada de André Martinet, que ocupaba la cátedra de Lingüística general en la Sorbona y que le invitó como profesor de Lingüística Comparada.
Da la sensación de que en su vida -de cuyo final se cumplen hoy 20 años- todo tuvo un inicio tardío, pero no se resintió. "Había estudiado filología muy tarde, en la cárcel, pero pronto fue considerado un gran filólogo no sólo en las facultades españolas, sino también fuera de España", señala el escritor Anjel Lertxundi, que dirigió la antología Koldo Mitxelena entre nosotros.
El catedrático de Filología Vasca Joseba Lakarra, que fue alumno de Mitxelena - "fue profesor mío durante muchos años en parte porque lo perseguí. Vine a Vitoria porque él en ese momento volvía aquí, de Salamanca, para trabajar en algo por lo que había luchado tanto: la UPV"- destaca que su aportación "ha supuesto un antes y un después en la cultura vasca". "Su legado es múltiple. A partir de su obra, la Filología Vasca no está más arriba o más abano, sino que está en un plano científico que antes no tenía. Normalizó estos estudios", asevera.
en euskera y castellano
Un estilista extraordinario
"La mejor forma de respetar su memoria es leyéndole, entre otras cosas, porque Mitxelena era un estilista extraordinario tanto en euskera como en castellano. Cuando vivía Mitxelena había pocas plumas tan afinadas tanto en castellano como en euskera. Y en referencia al euskera, es una pluma a la que los escritores de ficción como es mi caso deberíamos de fijarnos constantemente. Es uno de los mejores espejos para nuestro estilo", reclama Lertxundi, que conoció al lingüista vasco a finales de los 70 en unas reuniones de ocho o diez amigos, entre los que se encontraba Xabier Lete -"por quien Mitxelena sentía una predilección especial", asegura Arbelaitz- o Goyo Monreal, que se celebraban en Errenteria. "Allí, en casa de una amiga suya, discutíamos de lo divino y de lo humano. Tengo un recuerdo muy grato de esos encuentros", indica el escritor oriotarra. Después, coincidieron en el consejo de redacción de la revista Muga : "Entonces era otro contexto, pero con Mitxelena todo se convertía en una reunión de amigos y, además, se aprendía muchísimo".
Quizá por esta proximidad, Lertxundi subraya como "máxima aportación" de Mitxelena una cuestión que "tiene que ver con la convivencia: tenía un sentido absolutamente democrático de las relaciones humanas. Luchó durante todo el franquismo en contra de la dictadura precisamente por ese espíritu democrático".
Arbelaitz conocía a Mitxelena desde siempre, ambos vivían en el centro de Errenteria y sus padres tenían el obrador de su charcutería en el mismo edificio que la casa de los Mitxelena. Arbelaitz, que vivió con el lingüista y su familia en París, resalta también su "defensa a ultranza de los valores democráticas, su compromiso político y su integridad". "Era asombroso. Muy cercano, hablaba muy normal hasta que de pronto se disparaba a hablar y hacía miles de conexiones, de una Constitución del siglo XIX a un experimento científico", describe. Porque, contra lo que pudiera parecer, Mitxelena dudó entre Ciencias y Letras: "tenía mucho conocimiento científico y mucha capacidad".
Lector empedernido, amante del cine -escribía críticas-, muy crítico, dotado de una memoria "espectacular", era obstinado y defendía sus posiciones "virulentamente", pero también es verdad que "era difícil que se le cogiera en un renuncio", admite Arbelaitz. Y, aunque tal vez era una faceta desconocida públicamente, tenía un gran sentido del humor, "ácido, irónico y acerado".
la escisión
En zonas fronterizas
En línea con ese interés por el mundo, Lertxundi rescata de entre sus recuerdos que en el trato con la gente muy joven "era muy socrático, en el sentido de que era un hombre que te interpelaba, te preguntaba, no imponía sus posiciones. Daba igual que se hablara de lengua, política o cuestiones sociales, su forma de hablar con la gente era a base de plantear preguntas, y no de responder él, sino que el interpelado pensara y respondiera".
Arbelaitz recuerda de su militancia en el PNV que fue "muy disciplinado pero independiente, se movió siempre en las zonas fronterizas", hasta el punto de que cuanto tuvo lugar la escisión, ingresó en las filas de EA. "Curiosamente, los más virulentos contra él en la cuestión del euskera batua fueron sus compañeros en la nueva aventura política", señala. Lertxundi explica su empeño porque "la cuestión del euskera unificado tenía que ver, como diría él, con su ser intelectual. Veía como una necesidad imperiosa para el euskera la unificación porque sin ella no iba a poder convertirse en una lengua de cultura y Mitxelena sabía perfectamente que sin ser lengua de cultura difícilmente podría sobrevivir".
No se arrugaba nunca. En la Euskal Etxea de París ofreció una conferencia a la que asistió una nutrida representación del Gobierno Vasco en el exilio -Leizaola, Manuel de Irujo, el Padre Olaso, Alberdi...- y defendió con vehemencia la bases del euskera batua, que no compartía todo el auditorio. También se enfrentó al UZEI, el Centro Vasco de Terminología y Lexicografía, porque consideraba que debía ser el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco y Euskaltzaindia -y no el clero- los que se ocupasen del euskera, y que debía haber control público del dinero público, algo que también le granjeó enemistades en la cultura vasca. "Mucha gente no entendió su posición porque el UZEI trabajaba mucho pero él lo hizo por coherencia con su modo de pensar, no por una manía personal. Lo pasó muy mal", rememora Arbelaitz, que rescata un último detalle que demuestra el olfato de Koldo Mitxelena, su condición de infalible detector de joyas. Hojeó cuatro folios de los apuntes de Arbelaitz, cuando éste estudiaba Filosofía en París, y confluyó: "Tu profesor es bueno". Ese por entonces desconocido catedrático de Filosofía que dictaba notas al joven errenteriarra era Jean Baudrillard.
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